Hay lugares comunes, como la afición nacional al mate y la murga, y también sutilezas, como observaciones sobre el giro minimalista de Fernando Cabrera o sobre la poca atención que se les presta a los famosos en la calle. Todo convive en Casi uruguayo (Penguin Random House), el más reciente libro del argentino Gustavo Sala.

Detalle importante: Sala es de Mar del Plata, no de Buenos Aires: “Eso quizás me haya hecho zafar de esa mirada canchera y pedante de muchos porteños a todo lo que son ellos mismos. Siempre me molestó esa mirada sobradora sobre Uruguay, hablando de ‘el paisito’ o de ‘una provincia nuestra’, dicho de manera despectiva. Para mí, Uruguay es un paisote”.

Se trata, en parte, de una recopilación de material ya aparecido en nuestro país en la revista Túnel y en Lento, la publicación mensual de la diaria, más creaciones especialmente ideadas para este volumen. Uno de los “inéditos” es buena muestra del mecanismo que, junto al absurdo, abona el humor de Sala: la exageración. En concreto, se trata de una “Discografía completa de Jaime Roos” en la que aparecen ¡112 discos! El conjunto redondea la idea de que el artista recurre con demasiada frecuencia a los discos en vivo, antologías de hits y compilaciones de obra conocida con pequeños agregados.

¿Autorreferencia de Sala a su propio compilado? “No es una crítica. Jaime Roos puede hacer todos los compilados que quiera y todos van a ser bienvenidos”, se ataja Sala. “Un poco, en todo caso, habría una crítica a quienes lo critican por eso, gente que piensa que necesariamente cada disco tiene que tener material nuevo. Él, como el artista que es, puede hacer lo que se le venga en gana con su propia obra. Pero es cierto, ¿qué otra cosa es este Casi uruguayo que un asqueroso y repugnante refrito? Las cosas como son, vamo arriba”, agrega.

En todo caso, estamos ante un uruguayófilo confeso desde hace años, como cuenta en el prólogo del libro. Sin embargo, admite que no es fan de absolutamente todo lo uruguayo: aunque publica en Túnel, en realidad no es un hombre del deporte (“soy de los que el fútbol no le importa nada”). Además, dice, “tampoco me emociona el carnaval ni la murga ‘pura’, que me gusta pero como elemento de la obra de Roos, por ejemplo”.

La música, queda claro, es una de las obsesiones de Sala: “En la música uruguaya hay una ‘verdad’ o ‘simpleza’ realmente conmovedora, algo muy difícil de obtener. Pienso en músicos como [Eduardo] Mateo, El Príncipe [Gustavo Pena], [Alfredo] Zitarrosa y ejemplares más recientes como [Alberto] Mandrake [Wolf] o Franny Glass. Son una gran compañía mientras dibujo”.

Entre sus varios libros (El amor enferma, Amasala, Desgracias totales y Parto de nalgas, en colaboración con el uruguayo Ignacio Alcuri) están los cinco volúmenes de Bife angosto, una publicación que se autodefine como “humor con olor a rock”.

Esa búsqueda del humor dentro de la cultura rock –que muchas veces parte de juegos de palabras, como “VampiRoos”– emparienta a Sala con las creaciones de Diego Capusotto y Pedro Saborido, quienes también desembarcaron en Uruguay con sus producciones para el proyecto Flúo. “Peter Capusotto y sus videos fue inspirador como mirada feroz y lúcida sobre las cosas del rock que nos aburren y que resultan estúpidas viniendo de gente de más de 40 años. En este caso, cuando apunto a estas cosas en lo uruguayo también es reírse de las cosas que aparecen siempre como generalidades de la cultura rioplatense, de Uruguay para adentro y para afuera. Todavía no vi el ciclo que estaban haciendo Capusotto y Saborido en Montevideo. Voy corriendo a verlo”.

Antes, o después, Sala presenta este libro en Montevideo, en el Espacio Matriz (Juan Carlos Gómez 1420), junto a Natalia Mardero, Riki Musso, Alcuri y Agustín Ferrando.