Aunque la traducción literaria tiene una larga tradición en Uruguay (ya en la década del 30 del siglo XIX, por ejemplo, Luciano Lira incluyó en El Parnaso Oriental versiones de algunas odas de Horacio realizadas por Francisco Acuña de Figueroa), lo cierto es que la reflexión teórica sobre la práctica traductora en general ha sido muy escasa, casi limitada a comentarios sobre la calidad en notas críticas o menciones a sus dificultades en prólogos.

Aunque últimamente pareciera haber un nuevo impulso en ese sentido, sobre todo con la aparición de algunos libros, como pueden ser La casa de polvo sumeria (2011), de Circe Maia, y Un huésped en casa (2013), de Teresa Amy, que, escritos por poetas que traducen y con una fuerte impronta personal, indagan los alcances, los problemas y las posibilidades de la traducción. Así, a estos libros los acompañan otros como Ella sí (2014) o Ganas y letras (2017), de Amir Hamed, que tocan la cuestión de la(s) lengua(s), lo que también hacen varios ensayos personales, como los reunidos por el argentino Jorge Fondebrider en el volumen Poetas que traducen poesía (2015), en el que se encuentran los uruguayos Maia, Roberto Echavarren (cuyo libro Las noches rusas, de 2011, también puede pensarse como un monumental ensayo sobre la traducción) y Roberto Mascaró. Si este es el caso de los creadores, además, no es menos importante notar la creciente presencia de este tema entre críticos y académicos, sobre todo gracias a eventos especializados en la literatura comparada como el coloquio Montevideana, que en 2018 tuvo su décima edición.

Ese año, sin ir más lejos, Leticia Hornos y Rosario Lázaro Igoa coordinaron el curso extracurricular “Traducción literaria en Uruguay: por un abordaje crítico de traducciones y traductores” en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, en el que, con la colaboración del brasileño Walter Carlos Costa (fundador del Posgrado en Estudios de la Traducción de la Universidade Federal de Santa Catarina), se reunió a traductores, investigadores e interesados con el fin de estudiar algunos casos de traducción en una amplia selección que abarcó todos los géneros literarios: narrativa (Con el vaqueiro Mariano, de João Guimarães Rosa, traducido por Washington Benavides y Eduardo Milán), poesía (“Requiem para una amiga”, de Rainer Maria Rilke, en la versión de Mercedes Rein), teatro (el primer acto de Dos nobles de la misma sangre, de William Shakespeare, en traducción de Hamed) y, saliéndose de las fronteras nacionales, cómic (la versión de Agustina Blanco y Leopoldo Kulesz de Asterix y los Godos, de René Goscinny y Albert Uderzo) y ensayo (con la traducción de Jorge Schwartz de “Transluciferación mefistofaústica. Contribución a la semiótica de la traducción poética”, de Haroldo de Campos).

Cuando se las consulta sobre esta experiencia, Hornos y Lázaro Igoa comentan que una de las conclusiones a las que llegaron fue, precisamente, la necesidad de seguir trabajando en esta área. Y con esto en mente, en 2019 volvieron a juntarse para coordinar la charla informativa “Ayuda a la traducción”, que será mañana a las 18:30 en el Goethe-Institut con la presencia de los especialistas Micaela van Muylem, Fabio Lima y Sinéad Mac Aodha, y el evento “Jornada de traducción literaria, prácticas editoriales y crítica en la prensa”, que tendrá lugar el viernes de 9.00 a 18.00 en el Centro Cultural de España y contará con la participación de expertos uruguayos y argentinos.

La traducción ¿en el margen?

¿Qué lugar ocupa la traducción literaria en el catálogo de las editoriales uruguayas? ¿Ocurre lo mismo con las editoriales independientes? ¿Qué se traduce, cómo se comercializa, quiénes son los profesionales involucrados en el proceso? ¿Cuál es la respuesta de la prensa cultural local a las traducciones publicadas? Estas son algunas de las preguntas que guiarán la actividad y que Lázaro Igoa resume como claves para comprender las distintas aristas del tema.

A través de estas cuestiones, la idea es, según la organizadora, instaurar “un espacio permanente de diálogo entre traductores, editores, periodistas y académicos”, rasgo tal vez notorio en el apoyo recibido por Educación Permanente de la Universidad de la República, la revista Lento y la Criatura editora (que, significativamente, no publica traducciones). Siguiendo esta voluntad de articular áreas (academia, prensa, mundo editorial), los invitados van, por nombrar a unos pocos, desde la docente argentina Griselda Mársico, del Seminario Permanente de Estudios de Traducción, a Diego D’Onofrio, director de la editorial La Bestia Equilátera, y desde María José Santacreu, directora de Cinemateca y ex editora de la sección cultural del semanario Brecha a la traductora Lil Sclavo.

Por más que, al repasar catálogos, diarios y revistas, sea claro que el lugar de la traducción en Uruguay dista de ser central, cuando le pregunto a Lázaro Igoa sobre la “marginalidad” de la traducción literaria local, su respuesta es categórica: “La traducción no tiene un lugar marginal en el Uruguay; lo marginal es el lugar que ocupa en cuanto asunto de crítica especializada, investigación, reflexión y reconocimiento de sus actores. Leemos traducciones, pero no son hechas acá”. Aunque no cree que sea “algo sólo nacional”, advierte que “ser una plaza editorial tan pequeña no ayuda” y que en Uruguay “hoy casi no se traduce literatura, cuando sabemos que la Generación del 45, por ejemplo, fue muy activa en la traducción de autores extranjeros y en el diálogo establecido con otras tradiciones”.

En efecto, alcanza ver los índices de revistas como Entregas de La Licorne (1947-1961), Número (1949-1964) o revisar ejemplares al azar de Marcha (1939-1974) para comprobar (como sucede cuando se mira publicaciones periódicas anteriores como, por ejemplo, La Cruz del Sur –1924-1931– o, incluso, posteriores, como Posdata –1994-2000–), para comprobar el gran número de versiones de obras de autores extranjeros que se encontraban en sus páginas, publicadas en un momento en el que la traducción también servía como forma de introducción, al público uruguayo, de un autor todavía no masivo. Así, aunque hay esfuerzos recientes por sistematizar estos esfuerzos (cabe mencionar la tesis de maestría de Hornos, por ejemplo, dedicada a la recepción de Franz Kafka en Uruguay), lo cierto es que, como sostiene Lázaro Igoa, “en términos académicos, el hecho de que solamente en 2006 haya habido, desde la Facultad de Derecho y de Humanidades, un posgrado en Traducción Literaria que nunca se reeditó, habla de la importancia marginal que tiene la disciplina en nuestra universidad”, aun cuando “a nivel privado hay algunas iniciativas”.

Traductora de autores como Mário de Andrade y autora de artículos sobre las versiones, en español, de narradores como Machado de Assis o poetas como Haroldo de Campos, cuando se le pregunta a Lázaro Igoa sobre la poca presencia de literatura brasileña en el mercado uruguayo responde que “tal vez esa dificultad tenga que ver con la escala de nuestra plaza editorial y con una tradición de darle la espalda a todo lo brasileño”, que “no se reduce a una cuestión de lengua...”.

En ese sentido, destaca que en Argentina “hay otro contacto con la literatura brasileña, porque existe una academia que la estudia, editoriales que la traducen, una crítica que se ocupa de ella. Si observás los números de las becas de la Biblioteca Nacional de Brasil, Argentina es el país que, después de España, más ha traducido a Brasil con estos fondos. Ahora bien, no sé por qué esas obras no llegan a nuestro lado del charco. Tenés el catálogo de Corregidor, El Cuenco de Plata, Manantial, Adriana Hidalgo, Beatriz Viterbo, Eterna Cadencia, que entre todas hacen un panorama de clásicos y contemporáneos bastante notable”, mientras que en Uruguay “el contacto con Brasil se reduce a iniciativas puntuales, como el trabajo de Pablo Rocca, el catálogo de Banda Oriental, la colección Boca a Boca de Yaugurú, el trabajo de la revista Pontis, y alguna que otra cosa más”.

A la vez, el problema de la traducción y de las lenguas es cada vez más central en un mundo que parece tender hacia la adopción del globish (por la contracción de global + English) como lengua franca. La reflexión, entonces, que a menudo se posiciona entre privilegiar el texto de partida o el de llegada, se vuelve cada vez más importante. Sobre esto, Lázaro Igoa responde que comparte la idea de Haroldo de Campos “de que el texto traducido siempre instaura un diálogo con la tradición literaria en la que se inserta”, aunque no cree que él “proponga el énfasis en el texto de llegada, sino en la posibilidad de que dialogue con el reservorio existente de literatura vernácula, a veces de manera violenta”.

Siguiendo en las ideas del brasileño, Lázaro Igoa se detiene en el concepto de “transcreación”, que define como “una búsqueda por la ‘lengua pura’ de Walter Benjamin, que adopta diferentes operaciones según las demandas del texto a traducir”. Así, la investigadora marca sus preferencias: “Prefiero tomar de De Campos el concebir a la traducción como operación crítica, como una forma de incidir en la tradición vernácula, de poner a disposición y crear un diálogo con lo ya existente. Me interesa esa traducción que desestabiliza, que crea afinidades y que renueva lo vigente. Eso inspiró, por ejemplo, mi traducción de las crónicas de Mário de Andrade que integran el libro Crónicas de melancolía eufórica (Alter, 2016). Estos textos desestabilizan la noción más generalizada del género crónica que tenemos en el Río de la Plata, dialogan con cierto Felisberto Hernández, así como traen, en su historicidad y nuevo conjunto, un archivo mediado e intervenido al presente de la producción periodística uruguaya”.

De este modo, entonces, la traducción no es meramente una forma de acercar a un público un autor de lengua extranjera, sino que se presenta como un gesto crítico que busca hacer participar a ese autor en una tradición en la que no estaba inscripto y, de esa manera, ampliar su alcance y, al mismo tiempo, poner en cuestión los límites de las llamadas “literaturas nacionales”. Y es en ese sentido que la traducción se muestra en su centralidad, no como actividad secundaria y servil a la lengua de partida, sino como práctica del lenguaje en sí misma.