“Lo que procede es aprender a reírse de uno mismo (de nosotros), poner en marcha las vitaminas de la autoironía y reír a carcajadas como lo hicimos, históricamente, con This Is Spinal Tap o con Peter Capusotto y sus videos”. Así presenta Andrés Calamaro el último libro de su compatriota Gustavo Sala, Desgracias totales, “una guía ilustrada de la cultura rock”, y da en el clavo con los dos ejemplos que pone –uno yanqui y otro criollo–, ya que son los cantados a la hora de mencionar productos humorísticos con el rock como referencia –aunque el programa de Capusotto va mucho más allá de la música, obviamente–, la parodia infinita y, lo más importante, la desacralización de un género musical que muchos se toman como una religión inmaculada e intocable, actitud que Sala se pasa por donde no le da el sol, y, paradójicamente, no hay nada más rockero que eso, es decir, burlarse del rock.

Sala nació en 1973, es historietista y ha publicado su trabajo en diversos medios gráficos, como Rolling Stone, Página 12, y quizás algún lector de este diario se haya topado con sus viñetas en la revista Lento. Su estilo es reconocible al instante por sus dibujos grotescos y exagerados –con una marcada obsesión por lo fálico– y por su humor irreverente, hiperbólico, corrosivo, escatológico y, sobre todo, muy, muy gracioso.

Todos estos condimentos se encuentran con creces en Desgracias totales, un libro que sin dudas podrán disfrutar, más que nadie –obviamente, por su naturaleza–, quienes tengan un conocimiento medio de la cultura rock (tanto rioplatense como anglosajona), dado que muchos de los chistes parten de paráfrasis de nombres, títulos, situaciones, etcétera, típicos de ese ámbito. Sin ir más lejos, salta a la vista que el nombre del libro surge del famoso “gracias totales” que largó Gustavo Cerati en 1997 en el último concierto de Soda Stereo –que al final no fue el último–. También lo disfrutarán mucho quienes no tengan ningún tipo de prejuicio con el humor y piensen que nos podemos reír de esto, de aquello y de todo lo demás –esta acotación parece de Perogrullo, pero en realidad está lejos de serlo en los tiempos hipersensibles que corren y vuelan–. Para muestra basta leer la cita con que se abre el libro, que a este periodista le hizo largar una carcajada sin culpa, como corresponde: “Buenas, ¿me dice el precio de aquella escopeta de allá arriba? ¿Se puede pagar con tarjeta?”, Kurt Cobain.

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Como quien no quiere la cosa –aunque debe de querer–, Sala nos hace reír pero también reflexionar sobre el statu quo de la cultura rock, con sus vicios, sus mañas y su megalomanía marquetinera que a veces vende humo en cantidades industriales, como con la proliferación de shows internacionales de músicos laterales a bandas de rock. Por ejemplo, en la página en la que Sala anuncia los “próximos shows internacionales de Buenos Aires”: “El hermano menor de Ringo Starr”, “el cuñado uruguayo de Elton John”, “el compañerito de banco de la primaria de Roger Waters”, y así, en un crescendo hiperbólico cada vez más gracioso: “La señora tucumana que se fue a vivir en el 2001 a Estados Unidos y todas las mañanas pasea el doberman autista de Lady Gaga”, “un ex participante de Gran Hermano que sufrió un ACV por tomar mates muy lavados y sólo responde moviendo el dedo meñique cuando escucha la música de Madonna”. Entre risas, es difícil no recordar que en noviembre de 2018 un boliche montevideano anunció a toda pompa la llegada por primera vez a Uruguay de Dave Evans, “el vocalista original de AC/DC”, un dato que estrictamente es cierto, pero en realidad el tipo sólo cantó en dos temas de un single –con los que no pasó nada– antes de que Bon Scott se uniera a la banda.

Las 160 páginas del libro se pasan volando, ya que además de resultar muy gracioso, los formatos humorísticos están bien dosificados: de repente, nos topamos con una breve historieta que ocupa dos carillas (que puede tener como protagonista a Iggy Pop o a un fanático de los Redondos que, obviamente, pide que se vuelvan a juntar, ya que Sala, además, tiene una más que obvia fijación con los Redondos y el Indio Solari) y luego con la caricatura de un músico, en la que traslada hacia el falo algunos de sus símbolos artísticos: Jimi Hendrix con su pito prendido fuego; o con tapas de discos paródicas, disparadas por juegos de palabras –algo que también hace mucho y muy bien Capusotto–: The Clash, Sandrinista, tributo a Luis Sandrini; OK Computa, versiones picarescas de los clásicos de Radiohead; Lady Gagaleano, Las tetas abiertas de América Latina.

Como vemos, las referencias no son sólo al rock, y además se mezclan a placer entre las rioplatenses y las anglosajonas, aunque hay combinaciones más específicas, como “las etapas argentinas de David Bowie”, y tampoco faltan los guiños a la música uruguaya, como “Un día en la vida de Hugo Fattoruso”, algún palo ácido para El Cuarteto de Nos y la sección “Cómo es la caca de los músicos”, que finaliza con una referencia a Rombai que mejor no develar para no quemar el chiste, ya que es uno de los mejores.

En definitiva, un libro lleno de desgracias totales tan graciosas como interpelantes y desmitificadoras del statu quo rockero, y obviamente mucho más necesario que los “947 títulos sobre rock argentino que salieron para la última Feria del Libro de Buenos Aires”, que Sala describe en la página 124 como El lado careta de los redondos, “un análisis de las tres canciones de los Redonditos de Ricota que no hablan de la cocaína”, o 30 años al pedo, “Biografía del peluquero del Indio Solari”.

Desgracias totales. Gustavo Sala. Gourmet Musical, 2018. 160 páginas.