En diciembre de 1939, cuando se publicó la novela fundacional que daría un giro radical a las letras uruguayas, llevaba un dibujo de Pablo Picasso en la portada. Algunos dicen que esa tapa de El pozo había sido dibujada por el mismo Juan Carlos Onetti (otros, que fue su editor, Casto Canel, y algunos llegaron a atribuírsela a María Julia, su esposa), que, en un nuevo operativo de verosimilitud, desde la tapa de su novela subvertía los valores de la mentira, la verdad y el alma de los hechos, cuando, para Picasso, el arte era la mentira que nos ayudaba a ver la verdad. Si con el transcurso de los años la impronta de Onetti es la de un escritor engendrado por su propia obra, la de Picasso es la de un pintor que, pensando en imágenes, cambió para siempre la historia del arte.

Hoy el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) vive un día histórico: a las 19.00 inaugura Picasso en Uruguay, la primera retrospectiva del artista malagueño, ideada a partir del conflictivo vínculo entre Picasso y Joaquín Torres García, la estadía montevideana de su amigo y secretario personal Jaume Sabartés, y otras resonancias que alcanzan, incluso, a Pedro Figari. Así, luego de un largo trabajo de coordinación junto con el Museo Nacional Picasso-París (al que pertenece la mayor parte de las obras) y el Museo Picasso de Barcelona, se concretó esta muestra de 45 piezas, entre las que se encuentran 26 pinturas de mediano y gran formato, siete esculturas, cuatro cerámicas, tres dibujos, una acuarela, un grabado, fotografías y documentos, distribuidos en seis secciones: “Barcelona modernista”, “El cubismo en escena”, “Metamorfosis de entreguerras”, “El triunfo del erotismo”, “Cerámicas” y “El último Picasso”.

Picasso en Uruguay incluye significativas obras, como El beso (1925), Busto (estudio previo de Las señoritas de Avignon; 1907), Durmiente cerca de las persianas (1936) y Retrato de Marie-Thérèse (1937), hasta una filmación inédita que lo registra jugando con su hijo Paulo, trenzando esa mirada potente y sensual en la que todo parece a punto de estallar. Como se sabe, la experiencia es apabullante y de una sensibilidad indecible. Precoz e intenso, Picasso dispone su obra y su vida, signada por las mujeres, la guerra, el sexo, la ciudad, el cuerpo, los símbolos, la convivencia simultánea de todas sus etapas, su fuerza estética, su constante actualidad.

Un artista múltiple

El curador y director del Museo Picasso de Barcelona, Emmanuel Guigon (Francia, 1959), también es museólogo y doctor en historia del arte, y ha estado al frente de importantes retrospectivas, como la que dedicó a Torres García en 2002. “Estamos haciendo esta entrevista en una sala que se llenará de películas inéditas que tenía la famosa Olga”, dice el curador, en referencia a la bailarina rusa Olga Khokhlova, la primera esposa de Picasso, que lo filmó mientras jugaba con su hijo a principios de la década de 1920. Y agrega que, desde el principio, Picasso confirmó que era un genio, “con más de 80 años de creación y reinvención de sus mundos. Porque el mundo picassiano se reinventa cada año, en cada cuadro, cada época y cada práctica. Y no sólo es un gran pintor que marcó el principio del arte moderno con Las señoritas de Avignon, que pintó en 1907 –y del que aquí tendremos versiones y estudios–, sino que también reinventó el collage y las sombras, y que tuvo muchísima influencia en la escultura del siglo XX. Y fue, además, el que renovó una técnica tan popular como la cerámica; fue un grabador excepcional, y hoy en día ni siquiera se sabe cuántas obras ha pintado, ya que dedicó su vida entera a la creación”.

Cuando asumió la dirección del museo planteó que quería impulsar una red de museos Picasso a nivel internacional, con dos cabezas, París y Barcelona. ¿Esta muestra es consecuencia de eso?

Es parte de eso. Es evidente que hay muchos museos Picasso, hay una red picassiana que siempre se debe reforzar junto con la familia y los museos internacionales que tienen una gran colección (como el Museo de Arte Moderno y el Metropolitano de Nueva York, y el Centro Pompidou de París), aunque el más importante, en cuanto a la colección global, es el de París. El Museo de Barcelona, por su parte, fue el primero [se inauguró en 1963 con el nombre Colección Sabartés, dada la oposición de Picasso al régimen franquista]: durante su adolescencia y juventud, Barcelona fue su ciudad de adopción, en la que entabló numerosas amistades, muchos diálogos, y donde empezó a exponer y consiguió sus primeros éxitos, que fueron de la época académica a la etapa azul. Después mantuvo la relación con la ciudad. Hace exactamente un siglo, le regaló su Arlequín [óleo de 1917] a Barcelona, y ese fue el primer cuadro suyo que entró al museo. Picasso quiso a este museo, y en los años 50, en plena época del franquismo –por supuesto que era un personaje no grato–, cuando no podía ir, lo pensó para dárselo al pueblo. Por eso, tiene en su ADN el haber sido el primero, y está conformado por regalos del propio Picasso. Para esta retrospectiva trabajamos con el Museo Picasso de París, y, como soy hispanista y conozco bien a Torres García y a [Rafael] Barradas, pensé esta exposición dentro del contexto uruguayo.

¿Desde el comienzo se pensó en incluir todas las etapas?

La muestra presenta una visión bastante global, desde el comienzo hasta el final, con pinturas, esculturas, fotos, una película y cerámicas. Es una exposición de tamaño mediano pero con obras de peso. En el catálogo, y en el contexto de este museo, hemos subrayado la vinculación de Picasso con Uruguay por intermedio de su secretario y gran amigo de la época de Barcelona, Jaume Sabartés, que vivió en Montevideo a fines de los años 20, y en el catálogo se incluyó la carta que le envió a Picasso, en la que le decía que quería dedicarle una exposición aquí, en Montevideo, algo que recién pudo concretarse 92 años después. Y Torres, que era diez años mayor, y con el que se conocieron en Barcelona, con fuentes en común, como [Ramón] Casas, el pintor catalán, Puvis de Chavannes, y toda esa Cataluña universal. No quiero decir que fueran grandes amigos, pero se conocieron: Torres escribió varios textos sobre Picasso, y en 1932 tuvo el proyecto de hacer un libro, que aquí se expondrá, de la mano de la Fundación Torres García. En resumen, alrededor de esta exposición, junto con Enrique Aguerre [director del MNAV] hemos incluido algunos cuadros de Torres, y también de Barradas, que si bien no tenía ninguna vinculación con Picasso, sí lo tuvo con la España de las vanguardias por medio de [Federico] García Lorca y Salvador Dalí.

Montaje de la muestra Picasso en Uruguay en el Museo Nacional de Artes Visuales.
Montaje de la muestra Picasso en Uruguay en el Museo Nacional de Artes Visuales.

¿Cómo pensó esta selección?

Las muestras de Picasso siempre se renuevan, porque la visión nunca es la misma, y un cuadro al lado de otro vive de manera distinta. La visión que nos hemos planteado es bastante retrospectiva: la época de Barcelona, con los dibujos y retratos; las influencias de [Henri de] Toulouse-Lautrec; y, en la primera sala, aproveché a poner un autorretrato con mucha influencia del modernismo catalán, al lado de un autorretrato de Torres. La segunda sala es la invención del arte moderno, el cubismo y el precubismo, con todos sus bocetos, acuarelas y óleos a partir de Las señoritas de Avignon, algunos papiers collés, y una escultura cubista de madera, hecha en ensamblaje, que fue una gran revolución. Se sigue con su pintura más erótica de los años 20, como El beso, obras que dialogan con el surrealismo, ya que, a pesar de que Picasso no se definió surrealista, fue muy importante dentro del movimiento. Luego se pasa a la fase más familiar, y se llega a una gran sala dedicada al período que va de la década de 1930 hasta 1945, desde el momento en que compra el castillo de Boisgeloup, en Normandía, donde comienza con su obra escultórica de hierro (es que se trató, también, de uno de los grandes escultores del siglo XX, que tuvo mucha influencia, incluso, en la escultura americana), con un magnífico retrato de su amante Marie-Thérèse, y eso se extendió hasta la hija que tuvieron juntos, Maya, en un cuadro en el que aparece jugando a las muñecas con los ojos cerrados; y el retrato de Dora Maar, otra novia suya muy importante, gran fotógrafa surrealista que documentó la gestación del Guernica. Luego, se sigue con el período de posguerra, en el que Picasso se instaló en el sur de Francia, en Vallauris, un pueblo dedicado tradicionalmente a la cerámica. Allí revolucionó a la cerámica moderna utilizando las formas clásicas para implantar sus propias figuras, su propia iconografía. Finalmente, se llega al último Picasso, que, a los 80 años, se reinventó de la manera más espontánea, haciendo varios cuadros al día. En su momento, esas obras fueron escandalosas –algunos, incluso, lo catalogaron de viejo senil–, pero se trata de cuadros con una modernidad que es cada vez más reivindicada por los artistas. Para esta sección prestamos una obra maestra: a fines de los 50 pintó una serie de cuadros a partir de grandes obras del pasado, entre las que se encuentran Las meninas, de Velázquez. Cuando murió Sabartés, regaló al museo de Barcelona las 58 versiones que Picasso hizo a partir de esta obra: se trata de la única serie completa que existe en el mundo. Y aquí llegarán dos de esas meninas, con una gran reinvención de su propio mundo. Esto, además, incluirá esculturas de cada época.

Luego de haber comisariado exposiciones de artistas como Torres García y Paul Klee, ¿qué particularidades implica pensar una muestra de Picasso, alguien tan prolífico y tan empeñado en el cambio?

Picasso es un artista múltiple. El año pasado, en París se hizo una exposición que se llamó 1932. Año erótico, en la que se ve que pinta al cuerpo con ganas, con amor, y haciendo pintura antes que todo. Es algo genial, porque son obras a partir de una visión totalmente deformada del mundo: reinventa formas extrañas y, al mismo tiempo, presenta figuras muy realistas. Pero siempre es Picasso. Dentro de cada época siempre se dan estas particularidades y reinvenciones.

Una de las primeras exposiciones que organizó como director del museo se dedicó a la cocina de Picasso. ¿Apuntó a explorar otros modos de mirar el arte?

Eso es muy importante, si bien las exposiciones se hacen con obras, no con ideas. Si tienes ideas buscarás determinadas obras, pero el discurso siempre nace a partir de ellas. A mí, en lo personal, me gusta la mirada transversal, ya que me interesan la poesía y la literatura. Un museo siempre es un patrimonio que hay que cuidar y gestionar para el futuro, acompañar de publicaciones y exposiciones que se vinculen a su colección. Pero el museo también es el público, y para cualquier director de un museo es importante buscar nuevos públicos.

Me imagino que, en definitiva, una muestra apunta a entablar una comunicación.

Sí, una exposición para especialistas no sirve para nada. Se trata de compartir un saber y, sobre todo, una emoción.

Si Picasso decía que practicaba un arte que se ocupaba, ante todo, de las formas, y que cuando una forma era realizada ya podía empezar a vivir su vida, ¿esto también implica un dejar ser?

Sin duda, porque en el caso de Picasso la creación y la vida son lo mismo. Por eso, su vida es una obra de arte en sí misma.

Picasso en Uruguay. Desde el 29 de marzo hasta el 30 de junio, de 10.00 a 20.00, en el MNAV. La entrada ($ 250) a la exposición se compra por Tickantel y en los locales de Redpagos, y hay precios bonificados para jubilados, mayores de 60 años, jóvenes de 12 a 18 años y docentes. Los martes el ingreso será gratuito, con una reserva previa en Tickantel (los menores de 12 años tienen entrada libre).