“Solemos pensar que Word no es más que una mera máquina de escribir, cuando en realidad es nuestro auxiliar de trabajo, al que le podemos encargar muchísimas tareas repetitivas. El curso que voy a dar tiene como objetivo que aprovechemos al máximo todos los recursos que nos ofrecen las máquinas y que desconocemos. Y eso significa, sobre todo, que mejora nuestra condición laboral y nuestra remuneración. Las mejoras en las habilidades informáticas suponen un cambio importante en nuestra manera de vivir”, dijo Antonio Martín a la diaria en una breve charla, antes de que comenzara el taller “Recursos avanzados de Word para correctores y traductores”, que dio el domingo, organizado por la Asociación Uruguaya de Correctores de Estilo (AUCE). En la jornada, en la que primaron el trabajo intenso y el humor, se refirió a la relación de los usuarios con Word como la de una pareja en conflicto e hizo hincapié en que, para que en ese vínculo todo vaya sobre ruedas, es fundamental “saber cómo preguntarle, cómo decirle lo que queremos que haga”. El tono distendido dominó la charla de Martín, que visitó Montevideo el fin de semana, ya que aprovechó a “cruzar el charquito” desde Buenos Aires, donde participó en el coloquio “El futuro de la edición”.

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, en 1997 Martín fundó el centro de aplicaciones profesionales relacionadas con el lenguaje y la edición Cálamo & Cran, que brinda diversos cursos dirigidos a correctores y traductores. Integra, junto con Alberto Gómez Font, Jorge de Buen y Xosé Castro, el cuarteto Palabras Mayores, que se dedica a la divulgación de temas relacionados con la lengua, la traducción y la edición; con ellos es coautor de 199 recetas infalibles para expresarse bien (2015), El libro rojo de C&C. Prontuario de manuales de estilo (2013) y Dilo bien y dilo claro (2017). Por otra parte, este año publicó La mano invisible. Confesiones de un corrector. Y es fundador de la Unión de Correctores (UniCo), que presidió desde 2005 a 2015.

¿Hay un vínculo fluido entre las asociaciones de correctores de distintos países?

La verdad es que sí. Desde que allá por 2005 en España formamos la Unión de Correctores [UniCo] empezamos a crecer de la mano de otras asociaciones. Al poco tiempo apareció la Red Vértice, una organización de asociaciones de profesionales de la lengua que sigue existiendo y nuclea a casi 20 asociaciones; no es una federación, sino simplemente una agrupación de profesionales, el mismo espíritu que teníamos en UniCo. En 2011 firmamos el Acuerdo de Buenos Aires, una propuesta para apoyarnos entre todas las asociaciones de correctores. Surgieron vínculos muy fuertes entre UniCo y las asociaciones de Perú, Ecuador y Colombia, también con Pleca [Profesionales de la Lengua Correcta de Argentina] y AUCE; nos hemos ido apoyando unos a otros. Ahora se ha sumado la Asociación de Correctores de Texto en Español de Estados Unidos: es el tercer país hispanohablante.

¿En qué etapa está la profesionalización del corrector y del editor en España?

En La mano invisible. Confesiones de un corrector abordo ese tema; es un libro que publicó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas para el Día Internacional del Libro, el 23 de abril, y que puede descargarse de editorial.csic.es. Allí intento contar cuál es esa trayectoria y ese cambio que ha habido en el mundo profesional de la corrección. Salimos del mundo de la imprenta, donde desde mucho antes había correctores, y nos vamos asentando en las editoriales, pero la idea que he ido proponiendo es la de que tenemos mucho más futuro y posibilidades de trabajo fuera del mundo de la edición. ¿Qué tiene que saber un corrector? ¿Necesita una formación universitaria? En parte, sí; en parte, no. Yo celebro que haya carreras, como ocurre en Argentina y en Uruguay. También lo estaba intentando Ricardo Tabárez en Venezuela, y está muy bien cuando se necesita esa acreditación y esa formación. Lo que nos ocurrió en España es que, en su mayoría, los correctores eran personas que venían del mundo de las humanidades, entonces los conocimientos de gramática, de latín, etcétera, eran muy avanzados, pero faltaba lo esencial, que era la metodología en la corrección. En la empresa que fundé hace más de 20 años, Cálamo & Cran, abordamos ese tema: cómo acercarnos al mercado laboral, qué es lo que tienes que saber y, además de la normativa, nociones de contabilidad, de marketing, de recursos. No se trata solamente de que sepas hacerlo, sino cómo. Por eso decimos que hacemos editores y correctores de campo como paracaidistas que, cuando aterrizan en cualquier lado, saben por dónde tienen que pegar los tiros y cómo intervenir. En el sector de letras es una de las carencias más grandes. Casi se cuenta con humildad lo que hacemos; algo que no haría nunca un ingeniero, un abogado o un médico. Nosotros decimos “Bueno, es que soy de Letras”, y a la hora de defender nuestro trabajo y nuestras tarifas es lo que más cuesta. Eso es lo que tratamos de enseñar.

¿Cómo debe pararse el corrector desde la norma, que es una herramienta fundamental, para respetar la diversidad, el cambio?

Yo cambié el punto de vista hace muchos años: quien más me importa es el lector. Considero que trabajamos en el proceso de comunicación emisor-receptor clásico: el emisor intenta contar algo y debemos, por supuesto, ayudar al emisor a contar lo que intenta decir pero, sobre todo, ayudar al lector a entenderlo. Ese es nuestro trabajo. Ahí se da un contexto y en ese contexto hay normas. Pero nosotros insistimos en que nos interesa muchísimo más el lector que la norma, obviamente sin menospreciarla, porque es esencial, pero la norma varía y hay que adaptarla al contexto. Tienes que adaptarte sin romper el proceso de comunicación. Es frecuente que nos pregunten: “¿Esta palabra existe?”. Pues si la estás usando es muy probable que exista. Hay que ver si se entiende lo que quieres decir. Muchas veces hay jerga que es coloquial, que la sacas de ese entorno y nadie entiende de qué estás hablando. Esa es una labor, un nuevo trabajo que tenemos los correctores, que es la adaptación de esos lenguajes para que podamos entendernos. En las primeras clases de corrección ponemos el acento en el equilibrio y la flexibilidad: tienes que ser como un junco, como una caña.

¿Tenés una postura definida con respecto al lenguaje inclusivo?

El lenguaje inclusivo es un paso más en lo que hace años se llamaba “lenguaje políticamente correcto” o “lenguaje no sexista”. Creo que es necesario aclarar que no se trata únicamente de visibilizar a la mujer, sino a todas las opciones de género. Las medidas que se toman para hacer un cambio gramatical ya no afectan sólo al léxico, sino a la maquinaria misma del lenguaje, y eso es muy difícil cambiarlo. Insistir mucho en cambiar la maquinaria del lenguaje trae consecuencias de propagación de esa misma mecánica, que genera errores lingüísticos y enunciados que a veces no se comprenden; creo que ese es el punto débil de una gran iniciativa. Somos muchos los hombres que estamos también en esa corriente desde hace años pero consideramos que si se cambia el sistema de morfemas gramaticales, se genera un sistema en el lenguaje hablado que es muy difícil de mantener y que nos va a costar muchísimo. Ahora, otra cosa es estar radicalmente en contra; como lingüistas también decimos: “Es pura evolución. Déjalo. Veremos qué pasa”. No lo vamos a prohibir, de la misma manera que no me gusta que me condicionen a que obligatoriamente tenga que hablar con lenguaje inclusivo. Cuando se vuelve normativo, se está haciendo precisamente lo contrario de lo que se pretende, porque además despista: se lleva el debate de los derechos a una discusión lingüística.

Otro aspecto interesante de este trabajo es cómo manejar la diversidad del mundo hispanohablante.

Quien lo está haciendo mejor es Paulina Chavira en The New York Times, quien ha dicho: “Aquí tenemos editores y redactores de todos sitios y están utilizando sus variantes”. Si no lo entiendes, pues agarras el diccionario y lo buscas, como hemos hecho toda la vida. Si leo un texto del siglo XVII también voy a tener dificultades y no lo entenderé con claridad, pero no me planteo que sea un problema, no me enojo y digo “pero esto está escrito como en español del XVII”. Tenemos una actitud, el deseo de que haya un lenguaje, un español común para todos, que puede parecer ideal, pero la evolución lingüística va por caminos diversos. Mi compañero Xosé Castro suele decir que el español neutro es el que detestamos todos por igual. Ves una película en mexicano, estupendo; en argentino, estupendo; pero esa cosa neutra no le gusta a nadie, es horrible. Por ahí estuvo la polémica en torno a la película Roma, de Alfonso Cuarón: por qué subtitularla si no hacía falta. Pero sí que hacía falta. Por lo general lo entiendes todo, pero hay muchas palabras que son coloquiales y no las entiendes. Las academias se ocupan del lenguaje culto, que es casi igual en todos los sitios: podemos hablar el mismo español y todos los hispanohablantes nos entendemos perfectamente. Pero con el coloquial es diferente: el español coloquial de 2019 y el de la década del 80 no es el mismo ni en España. El subtitulado es una opción para que puedas entenderlo y luego puedas ir amoldando el oído a lo que significan esas palabras.

La asociación

En diciembre de 2011 se creó la AUCE. Ese nacimiento concretaba una vieja aspiración de los correctores de textos y surgía fruto de los bríos renovados de la flamante primera generación de egresados de la Tecnicatura Uruguaya de Correctores de Estilo (TUCE), que comenzó a funcionar en 2008 en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República. El entusiasmo que significó concurrir, en setiembre de 2011, al 1er Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español “Unidos por el mismo idioma” –que tuvo lugar en Buenos Aires, organizado por la Fundación Litterae, en cooperación con las asociaciones de correctores de Colombia, España, México y Perú– fue determinante para que AUCE se hiciera realidad.

Con casi ocho años de trabajo, la asociación, que nuclea tanto a egresados de la TUCE como a correctores “de oficio”, es decir, aquellos que se formaron ejerciendo la tarea, provenientes de diversas carreras vinculadas con el estudio de la lengua, ha dedicado parte de sus esfuerzos a sostener una oferta de formación específica, dirigida a sus asociados y a todas las personas interesadas en la temática. Las argentinas Virginia Avendaño, Diana Gamarnik y María Marta García Negroni, y las uruguayas Marisa Malcuori y Carmen Lepre han sido algunas de las exponentes en las jornadas de formación que tuvieron lugar desde 2012 hasta la fecha. En noviembre de 2018, junto con Pleca, AUCE organizó, en Colonia del Sacramento, el 5º Congreso Internacional de Correctores de Texto en Español.