Desde que fue golpeado por el Capitán América en la portada de su primer cómic, en 1941, Adolf Hitler ha tenido incontables apariciones en historietas, si bien esa fue la primera aparición notoria del austríaco del bigotito entre viñetas. En un extremo muy distinto, bien lejos de los códigos de los superhéroes, está el manga (historieta japonesa) homónimo que hizo Shigeru Mizuki, publicado originalmente en 1971 y disponible en librerías desde hace algunos meses.

Cuando Hitler resolvió que Alemania se enfrentaría a la Unión Soviética (URSS), el mangaka (creador de historietas) Mizuki atravesaba el final de su adolescencia y veía todo a la distancia desde su Japón natal. “Yo era un chico ignorante de 18 años y la guerra contra la URSS se me antojaba como una gran aventura”, dice con sinceridad en el epílogo del libro. “Imagino que si los alemanes permitieron a Hitler lanzarse a una aventura como esa fue porque estaban emborrachados por su misterioso carisma. Yo también me sentía emborrachado por Hitler a esa edad. Incluso pensé en dejarme un bigotito como el suyo, pero me resultó imposible a mi edad. El primer ministro Hideki Tojo, sin embargo, sí llevaba bigotito e intentó convertirse en el Hitler japonés, pero tuvo mala suerte y perdió la guerra. Sea como sea, en aquella época todos estábamos fascinados por el porte de Hitler”.

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En realidad, esa declaración está al final e implica una postura muy honesta de parte de uno de los autores de mangas serios más respetados fuera de Japón. De hecho, se entiende mejor si se la lee después de atravesar las casi 280 páginas de historieta de este gekiga o manga dramático. Porque Hitler es, en realidad, una especie de documental en formato de historieta sobre la evolución psicológica del hombre del título, desde su juventud hasta su muerte.

“Se trataba de un orador nato, por lo que imagino que cualquier alemán que se preciara se sentía como si hubiera tomado una copa de alcohol después de oírle hablar. Al fin y al cabo, apareció, lideró Alemania y empezó a ganar guerras, por lo que uno no podía evitar emborracharse anímicamente”, escribió Mizuki. Al leer el libro se descubre que esa fascinación del autor fue producto de su tiempo, y que de ella no queda nada.

Hitler comienza con un extenso dramatis personae con los 39 perfiles de las figuras históricas que aparecerán en el libro, desde Winston Churchill hasta August Kubizek, único amigo que el dictador tuvo en su juventud. Si bien estas fichas ofician de mapa de figuras históricas y primera referencia gráfica para identificar rostros, los textos presentan continuamente a los personajes y contextualizan las situaciones, de modo que no siempre es necesario volver para revisar quién es quién.

Documental

Describir a este libro como un documental en formato manga responde a que las situaciones y diálogos dramatizados se van alternando con viñetas más bien explicativas, y mapas y datos históricos que aceleran la trama. Esta forma de narrar parece ser fruto del paso de las semanas y no de una planificación firme desde el inicio, más allá de la abundante documentación que Mizuki detalla al final del libro. Originalmente, la historia fue publicada en capítulos semanales, con un ritmo de trabajo japonés: 16 páginas cada siete días (en Estados Unidos el estándar es de 22 por mes, y en Europa puede ser de 80 o 100 en un año).

De este modo, las primeras páginas se ambientan en la etapa final de la Segunda Guerra Mundial y presentan a un grupo de judíos que se refugia en una buhardilla, guardando silencio mientras los nazis recorren la ciudad. Las situaciones que se recrean se apoyan en diálogos muy conscientes. Uno de los refugiados, dice, hablando de su hijo asesinado: “Sólo [lo mataron] porque nació siendo judío, y eso no era culpa de mi hijo”. En otra página, Martin Bormann, director del Partido Nacional-Socialista, reflexiona: “Ahora ya es tarde para lamentarnos, porque fuimos nosotros mismos, los alemanes, quienes gestamos a ese hombre”.

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Ese primer capítulo oficia de prólogo y también de ensayo de un tono que el autor no emplea después. Ya en el segundo, se decanta por utilizar un narrador omnisciente y por enfocarse en la vida de Hitler, sin usar flashforwards (escenas ambientadas después de la acción central que se va narrando) ni flashbacks (escenas previas). Esto se debe, probablemente, a una intención de enfocar y agilizar la trama, y también al trabajo de reconstrucción de la historia. Lo único que queda establecido desde el comienzo es el cruce de registros gráficos, entre el trazo simple y algo caricaturesco de los personajes y los fondos, y algunas escenas que parecen dibujadas sobre fotos.

Este recurso es parte del estilo de Mizuki y, además, es bastante frecuente en el manga. En el caso de este autor sirve también como una manera de manifestar gráficamente su intención de cruzar lo real con lo recreado. Para el caso de Hitler, el recurso es funcional al cruce de los diálogos entre Hitler y la gente que lo rodeaba, y las escenas que se ambientan en la calle, en el frente de batalla y en otras circunstancias.

Mizuki fue una de las figuras de referencia para la evolución del manga histórico y autobiográfico, aunque recién empezó a hacerse conocer fuera de su país hace menos de una década. Lo que le ocurrió a él ha sido moneda corriente para una gran cantidad de autores japoneses que no hacen series de éxito adaptadas al animé. Los casos emblemáticos de mangakas que tardaron relativamente poco en hacerse conocer en todo el planeta gracias a las series de televisión fueron los de Akira Toriyama, creador de Dragon Ball (1984-1995), y antes, Osamu Tezuka, creador de Astroboy (1952-1968; y otro mangaka que hizo una extensa obra ficcionada sobre Hitler). Otros nombres que también contaron con un descubrimiento tardío en el mundo occidental fueron Jiro Taniguchi, Hideshi Hino y Junji Ito.

Operación autobiográfica

La creación más popular y comercial de Mizuki es el manga Kitaro, que si bien se editó en español hace pocos años, es de 1960. Kitaro es un niño fantasma que vive numerosas aventuras con sus amigos yokai, espíritus tradicionales del folclore japonés, y se trata de un cómic que podría oficiar de antecedente de la serie El pequeño vampiro, del francés Joann Sfar. Aunque Kitaro tuvo su propio animé y también videojuego, tardó 50 años en salir de Japón.

La parte más conocida de la obra de este mangaka suele relacionarse con sus propias vivencias, aunque haya explorado otros terrenos (entre sus obras menores hay un manga breve de 1973 que cuenta exactamente la misma historia de la popular serie Death note, hecha casi cuatro décadas más tarde). Operación muerte (1973) trata sobre sus traumáticas experiencias en el servicio militar de la Segunda Guerra Mundial; NonNonBa (1990) repasa su infancia en un humilde pueblo rural, junto a la anciana que le da título al libro y que, precisamente, le despertó una temprana fascinación por el mundo de los yokai; y tiene, además, una autobiografía extensa en seis tomos. En Hitler él no aparece como personaje, pero en el epílogo queda claro el motivo por el que lo retrató.

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La historia es un género complejo para la historieta, del mismo modo en que para las demás artes, ya que hay episodios que se vuelven muy difíciles de adaptar si se quiere respetar todos los hechos y, a la vez, emplear con naturalidad e intensidad los códigos del medio. No hay más que repasar la web History Vs Hollywood para comprobar la frecuencia con la que los hechos o personajes son alterados con el objetivo de agilizar una trama, simplificar una narración o darle mayor intensidad a un drama. Mizuki tomó 16 libros como base para su argumento, y resolvió el desafío haciendo un libro de historia en formato manga, pero con textos ajustados, breves y certeros.

Hay poca acción en el plano visual, y la mayoría de las viñetas presentan escenarios o cabezas parlantes. Sin embargo, la lectura fluye con agilidad, impulsada por el foco en la evolución de Hitler, desde sus tiempos como aspirante a pintor, cuando dormía en las plazas, hasta la ola de muerte que le dejó a Europa antes de suicidarse. El autor les presta atención a detalles pequeños, como el episodio que lo inspiró a dejarse el bigote con el que el mundo lo conoció, por qué eligió una dieta vegetariana o la manera en que presionaba y se movía para conseguir lo que quería. Aunque, de todos modos, esta es una historia sobre su vida pública y no tanto sobre la privada.

Hitler vale más como libro de historia y ágil introducción a la personalidad de uno de los dictadores más fuertes del siglo XX que como entrada al mundo de Mizuki, que es como fue presentado en los cómics de superhéroes estadounidenses. Si se quiere descubrir a un mangaka tan personal como este, tal vez valga más la pena acercarse a su obra mediante otros títulos, como la fantasía de Kitaro.

Hitler, de Shigeru Mizuki. España, Astiberri, 2018. 288 páginas.