1926 fue un año intenso para la literatura del Plata: mientras que en Buenos Aires se publicaron Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, El juguete rabioso, de Roberto Arlt, Los desterrados, de Horacio Quiroga, y El tamaño de mi esperanza, de Jorge Luis Borges, de este lado del charco, en la ciudad de La Paz moría Javier de Viana y en Montevideo hizo lo propio Carlos Roxlo; Francisco Espínola publicó su primer libro, Raza ciega, y también apareció un volumen de poemas de 62 páginas, titulado La guitarra de los negros, firmado por un joven abogado de 27 años, llamado Ildefonso Pereda Valdés (1899-1996), que merecería un recriminatorio y paternal comentario del poeta olimareño Pedro Leandro Ipuche en una reseña: “Yo le dije que los negros sólo tocan el tamboril, el acordeón o la marimba. Que la guitarra es gaucha, árabe, andaluza, etcétera. No le importó la cosa. Y salió con la suya”. Y en las páginas del diario El Día, el temido crítico Alberto Zum Felde expresó: “No nos parece explicable que un escritor tan universitario, y dos veces blanco, como el autor de este libro, se dedique a esas pintorescas negrerías, sin admitir aquel influjo despertado en nuestro ambiente artístico –y especialmente entre los jóvenes– por los candombes de Figari”.

Detrás de aquel pequeño libro, que la historia de la literatura uruguaya engulló entre sus fauces sin mayor atoradura, se encontraba uno de los autores más inquietos de las letras vernáculas: un poeta e investigador que además fue político en las filas del Partido Nacional (fue elegido diputado por Montevideo en 1922) y que integró innumerables asociaciones nacionales e internacionales, que fundó revistas y se carteó con gente como Vicente Huidobro y Manuel Bandeira, y que en la recta final de su longeva existencia protagonizó un bochornoso episodio institucional cuando en 1981 se le otorgó el Premio Nacional de Literatura y a principios del año siguiente el Poder Ejecutivo de la dictadura militar anuló el fallo por razones políticas (tres años después, ya en democracia, llegarían la reparación y el acto de desagravio).

En el libro Negrismo, vanguardia y folklore. Representación de los afrodescendientes en la obra de Ildefonso Pereda Valdés, Rodrigo Viqueira (1987) aborda las diversas aproximaciones que Pereda Valdés emprendió sobre la cultura afrouruguaya, primero como poeta –La guitarra de los negros (1926), Cinq poèmes nègres (1927), Raza negra (1929) y Lucha (1933?)– y posteriormente (aunque también paralelamente a su escritura lírica) como antropólogo y ensayista en El negro rioplatense y otros ensayos (1937) y Línea de color (1938), entre otros textos fundantes que la variedad y cantidad de estudios posteriores sobre el tema no han despojado de su original trascendencia.

Si bien Viqueira acota su estudio (producto de su tesis de Maestría en Ciencias Humanas, opción Literatura Latinoamericana, presentada en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación) al período comprendido entre 1925 y 1935, una década especialmente intensa en la escritura, investigación y difusión del negrismo para Pereda Valdés, su libro, escrito con una prosa ágil y atrapante, con profusión de datos y en base a un amplio abanico de fuentes, se retrotrae a la conformación de Uruguay como nación para alcanzar, en un salto hacia el futuro, nuestro deslucido presente.

Desde los dos primeros poemas negristas de Pereda Valdés, incluidos en La guitarra de los negros (‘La guitarra de los negros’ y ‘Los tambores de los negros’) hasta su vasta obra ensayística desarrollada en las décadas posteriores, que lo llevó a convertirse en una figura de referencia en los estudios de la cultura afrouruguaya, entran en tensión diversos tópicos que hacen no sólo a la temática racial y cultural, sino al sistema de apropiación de costumbres y valores de una comunidad históricamente relegada.

Para entender el interés de Pereda Valdés por la cultura de una comunidad que no integraba, Viqueira analiza las “canciones de negros” de un lejano precursor: Francisco Acuña de Figueroa (1791-1892), otro inquieto hombre de letras que en poemas como ‘Canto patriótico de los negros, celebrando a la Ley de Libertad de Vientres y a la constitución’, publicado en 1834, o en ‘Canción guerrera de los batallones de negros’, compuesto durante la Guerra Grande (1839-1851) pero publicado póstumamente, el autor del Himno Nacional, valiéndose de rasgos lingüísticos que imitaban el habla de los negros, reprodujo la problemática de la raza, al igual que en la poesía gauchesca de la época se imitaba el habla del gaucho. En un texto narrativo que Pereda Valdés publicó en 1934 en la Revista Multicolor de los Sábados (suplemento de Crítica), el poeta y antropólogo en ciernes se burlaba del poeta nacional a través de la voz de un personaje que decía que “tenía versitos para todo el mundo” y que “en su juventud se había pasado a los españoles, después a los portugueses, después a los brasileños”. A diferencia de Acuña de Figueroa, en sus poemas negristas Pereda Valdés adopta siempre la voz de un testigo o comentador de los hechos, sin parafrasear desde el habla la voz del negro.

La otra figura de peso en el tratamiento de la temática afro, que gravitó con mayor fuerza sobre la obra poética de Pereda Valdés, es la de Pedro Figari (1861-1938), cuyo modelo pictórico, señala Viqueira, “había alcanzado amplia aceptación entre los intelectuales renovadores del Río de la Plata, entre quienes el abogado y filósofo era venerado como maestro en la década del 20”.

El libro, desde luego, es mucho más que lo que esta pálida reseña pretende dar cuenta y funciona, entre otras cosas, como una manera de acercarse a la cultura nacional (palabra defenestrada si las hay, y con razón) desde una mirada al mismo tiempo marginal y determinante. Y pone en circulación, además, la obra de Ildefonso Pereda Valdés, uno de los autores injustamente olvidados de las letras uruguayas.

Negrismo, vanguardia y folklore. Representación de los afrodescendientes en la obra de Ildefonso Pereda Valdés. Rodrigo Viqueira. Rebeca Linke Editoras, Montevideo, 2019. 174 páginas.