Es el creador de personajes como el falso notero Randall López, el presidente-monarca Handel y el partidario recalcitrante de Mauricio Macri, que aparecen en casi todos lados, menos en la tele. El argentino Martín Rechimuzzi se mueve en teatros, en las redes sociales y en medios digitales, como el portal El Destape Web y la radio online Futurröck, en la que conduce el programa Furia bebé junto con Malena Pichot y Señorita Bimbo.

Cuando conversamos, todavía no se habían celebrado las elecciones Primarias, Simultáneas Abiertas y Obligatorias (PASO) que dieron vuelta el escenario político en Argentina. Como entonces el resultado no era claro, Rechimuzzi tenía a muchos de sus personajes “en descanso”, porque la estrategia del Frente de Todos –empezando por la elección de Alberto Fernández como candidato presidencial– era dejar de confrontar con el gobierno, y su humor se basa en la puesta en cuestión y la exageración de las actitudes del macrismo.

Te criticaron por “abrir más la grieta” con Randall, el movilero de CNN que deja en falsa posición a transeúntes partidarios del gobierno.

Sobre todo por el baldazo. Había unos macristas afuera de casa, gritando de todo contra Cristina [Fernández], y agarré un balde de agua y se los tiré. También me criticaron porque Cristina me menciona en Sinceramente. Fue una sorpresa para mí: en un pasaje del libro manifiesta su interés por mi trabajo como Randall. Obviamente, es una lectora de la épica y de la historia como ninguna. Las intervenciones que hizo son bien localizadas. Mi propuesta es artística, no es cerrada, no tiene fines y medios, no es teleológica; los demás la completan desde donde quieran. Lo que ella vio en mi trabajo es la importancia que tienen los medios en la colonización de sentido. Y en la presentación del libro dijo que lo que yo hago no es un fenómeno partidario. Que los macristas no son todos boludos ni los kirchneristas, genios totales; eso ningunos se lo creería. A mí, si me hicieran Randall, entraría como un caballo, porque tiene que ver con una preparación de la producción, con una fórmula a la que respondemos todos.

Tus personajes aparecen en medios “no tradicionales”. ¿Fue natural?

Fue una decisión. Creo que la política nacional y popular no logró cuajar el mundo de segmentos en el que vivimos. No existe hablarles a todos con un mensaje que llegue a todos por igual. Hay canales que tienen más llegada, pero hoy en día no hay mucho por desarrollar. Estuve un tiempo en C5N, pero entendí que la tele es una entidad que ya está medio muerta. No tiene que ver con la crisis económica, sino con una realidad. Lo traslado a todas las expresiones artísticas. Lo del actor instrumento, que es absolutamente permeable, dispuesto a que lo llamen para lo que sea, el actor sensible que puede meterse en distintas situaciones, bueno, eso no existe más. Es muy difícil, y no lo subestimo, pero es la lógica del siglo XX. En mis talleres yo invito a que todo el mundo enuncie desde un mensaje, no a que enuncie un mensaje de otros.

A que la toma de partido sea consciente.

Sí, que expliciten desde donde enuncian, qué es lo que tienen para decir. Obviamente esto requiere de otro compromiso, porque hay que hacerse cargo. Invito a los actores a que se formen, a que lean, a que estén en la calle. Tampoco creo en las redes por las redes; eso son reality shows. Si no hay discurso que te contenga, lo que hacés se evapora al instante. Abono las construcciones colectivas. Nuestra obra de teatro El proyecto Bisman es colectiva: aunque la obra tiene un guion, nos juntamos una vez por semana a debatir las líneas, qué queremos contar, por qué, cómo están nuestras lecturas.

¿Qué es El proyecto Bisman?

Lo hacemos con Pedro Rosenblat, el que hacía el personaje en la obra El cadete. Es un periodista con posicionamiento: enunciamos desde el mismo lugar y es un gran compañero. Él reniega un poco del lugar de actor, pero yo siento que es un gran actor, y se define como un militante. Lo es, es un cuadrazo, somos muy amigos, y eso facilita toda la construcción. Pepe hace El cadete y yo hago a Randall y a Ministra Patricia. Ahí está plasmada nuestra postura respecto del sentido y al brazo coactivo del momento político que vive Argentina. Él hace un recorrido muy interesante periodizando las facetas del macrismo.

¿Cómo es hacer Randall sin interlocutores desprevenidos?

En realidad no quería hacerlo en el teatro, porque es de video. No tiene nada que ver, es pura interacción. Pero medio que los productores me obligaron a hacerlo porque comercialmente era lo que más atraía. La primera vez que lo probé entendí que ese personaje tenía algo para contar. Interactúo con el público, jugando con lo que ven en los videos.

Mi formación como actor fue muy ecléctica. Empecé con [Fabio] Mosquito Sancinetto haciendo improvisación, y estuve mucho tiempo en el under haciendo impro. Después fui a la escuela de Augusto Fernández a hacer la técnica absolutamente opuesta. Tuve una gran crisis interna, porque venía estudiando y trabajando con técnicas más corporales, más resolutivas, más enfatizado en cosas que ahora recuperé después de mucho tiempo. En ese momento era todo muy intuitivo, muy desde el juego. Después empecé a dialectizar con eso, a pelearlo cuando estuve con Fernández, que era de escuela naturalista, absolutamente espeso. Fueron cuatro o cinco años de mucha investigación e introspección, y después tuve varios docentes que me marcaron. Pero el paso por la improvisación y por Fernández es lo que trato de recuperar.

Foto: Pablo Vignali.
Foto: Pablo Vignali.

En paralelo hacía Ciencia Política en la UBA [Universidad de Buenos Aires]. Es una carrera hermosa, pero entendí mucho más sobre lo que se puede entender de política interviniendo de esta manera. Soy parte de una generación que el kirchnerismo interpretó y restituyó a la vida política. No era lo mismo vivir la política desde los libros que desde la transformación real. Le dio una sustancia, un sentido a todo eso que uno miraba de lejos.

¿Tu idea siempre fue juntar el teatro y la politología para hacer humor?

Yo sabía que en algún momento todo se iba a conectar. No sabía cómo. Le tenía mucha paciencia, no quería abandonar nada. Quería todo en simultáneo: hacer la carrera y seguir actuando, con fe en que en algún momento iba a decantar.

Decías que lo tuyo es trabajar sobre el sentido, y creo que es lo que más llama la atención en tus videos. Porque lo primero que uno hace es reírse, pero después aparece una dirección con muchas sutilezas. Hay un nivel de análisis muy fino sobre el sujeto político del macrismo.

No me considero un dirigente, no quiero ser un político, entonces no tengo esas responsabilidades. A mí me gusta salir, joder, chupar, hablar con uno, con otro. Tengo muchos amigos que hacen humor, pero yo los tensiono desde el lugar de “¿De quién te vas a reír? hacete cargo. Decí a quién vas a votar”, porque tenemos una palabra habilitada, y un poco molesta, pero también invita. En un momento entendí que la construcción de discurso tiene un carácter colectivo. Si vos estás solo podés contar solo algunas cosas. Nosotros, por suerte, tenemos un equipo en el que confío ciegamente; confío en sus miradas, aunque no siempre respeto, en el sentido de que puedo mostrarles un video y que ellos me aconsejen no subirlo, pero después de que lo subo se cagan de risa y a la vez yo ya sé por dónde puede llegar a ser cuestionado, porque ya pasó por ese filtro.

Da la impresión de que algunas de tus piezas, además, pueden hacer que alguien reconsidere sus posiciones políticas, en tanto no son obviamente militantes. Funcionan más allá del círculo amigo, tienen potencia como propaganda.

Sí, soy consciente de eso y me hago cargo. Por eso ahora [en el momento previo a las PASO] a los personajes que polarizan más los puse a descansar, porque interpreto que hay algo más importante que las ganas que yo tenga de hacer un chiste. Puedo hacer otras cosas, porque ya volverá el tiempo de hacer esto. De todos modos, no soy muy de callarme lo que pienso.

En la radio te divertís más y el planteo no es tan cerebral, ¿no?

La radio es ir a la secundaria todos los días. Estamos muy tranquilos y eso nos permite jugar. Igual atravesamos muchos momentos: Furia bebé va por la cuarta temporada, y no tiene nada que ver con la primera. Perdió cosas, ganó otras, nuestro vínculo ganó más y sostiene el programa, cuando antes producíamos más editoriales.

¿Cómo se conocieron con Señorita Bimbo y Malena Pichot?

Con Bimbo nos conocimos cuando nos convocaron para hacer unas series de política comunicacional del Estado. Había muchos canales con la ley de medios, entonces había muchas series desde las universidades. A Malena la conocí a través de Charo, una amiga a la que conocía desde las clases con Mosquito. Obviamente, nos conocimos más profundamente desde que trabajamos juntos. Nuestros lenguajes se empezaron a amalgamar; a veces nos damos cuenta de que el otro está hablando en uno. Ellos venían de una experiencia anterior en radio, en Nacional Rock, y yo me sumé después. Fue una suerte para mí poder aprender tanto, no sólo desde lo discursivo, sino también cómo llevar adelante una militancia, un compromiso. Es casi una particularidad de toda la radio: reventar el sentido común, lo ya dado por sentado, poner en cuestionamiento las bases. Obviamente, en algunos puntos accedemos hasta cierto lugar por algunas limitaciones propias, de clase, de privilegio, de género, de un montón de cosas, y lo explicitamos y lo enunciamos porque sería ridículo no hacerlo, pero tratamos de incluir otras realidades.

¿Militás en algún sector concreto?

Yo milito lo que nuestro grupo y Cristina digan. Mi grupo es con quienes trabajamos, los artistas en la radio, en la obra, Pepe, Malena, Bimbo, [Julia] Mengolini. Entre todos producimos ideas que defendemos grupalmente. Ni siquiera en la Universidad militaba en agrupaciones, porque sentía que no era para mí. Me parece que eso tiene un gran valor, que se necesita muchísimo, que está costando mucho, pero es una época muy difícil para ser militante. Porque, por el clima histórico, al militante se lo estigmatizó como chorro y es muy difícil volver a enamorar a la gente con una propuesta superadora.

¿Qué es el macrismo?

Nos costó mucho leer qué era el macrismo. Porque también en algún punto fue una fuerza novedosa. Recuperaron las tradiciones más oligárquicas de la Argentina. Bastaba mirar la composición del gabinete o al mismo Macri: esto de enfatizar que Mauricio es Macri y esconder que también es Blanco Villegas por parte materna, o sea, heredero de las mil familias que tienen tierras en las zonas núcleo de la aristocracia argentina, esa que no tuvo ningún reparo en matar a los indios. Son eso: en el gobierno están los Bullrich, los Pueyrredón, los Larreta, pero, al mismo tiempo, aparecían como despojados de ideología. Eso fueron los primeros años: la alegría, los globos. Él como un tonto común, presentándose fascinado ante una máquina. Fue difícil para nosotros leer qué estaba del otro lado. Ahora está claro. Pensábamos que había discusiones saldadas, y no era así. En Argentina desaparecieron a gran parte de una generación política fundamental, torturaron, se quedaron con hijos de los que desaparecieron, endeudaron al país, establecieron una ideología nefasta. Pensamos que lo que hizo la dictadura estaba saldado y no, nos dimos cuenta de que ese discurso está latente en la sociedad, y que ellos saben cómo hacer que crezca el odio. Es un tiempo muy difícil. También están las miradas más optimistas.

¿Es más fácil hacer humor cuando la situación social es complicada?

Sí, por una cuestión técnica: todo el mundo visibiliza eso de lo que te vas a reír. De todos modos, si me das a elegir, yo prefiero vivir en una Argentina más justa, esa Argentina que supo restituir el matrimonio igualitario, la asignación universal por hijo, que repartió netbooks en los colegios. Prefiero eso a un país pauperizado en el que los chistes cuajen. Prefiero resignar todos los chistes y volver a vivir en un país feliz.