Dentro del complejo y diverso mundo del libro, la distribución es un elemento clave que a veces apunta a lo inmediato, y otras, a la permanencia. Desde que se fundó, en 1979, Gussi Libros encontró la complicidad de lectores que iban a contramano de su tiempo: en el Uruguay de la dictadura, Gustavo Fuentes –junto a su pareja, Silvia González– decidió abrir una distribuidora en el garaje de su casa. Tenía 17 años y nada de dinero, pero sí la convicción de que encontraría su lugar en el medio.

Antes de las multinacionales y las concentraciones editoriales, “cuando no había casas matrices de ningún sello y se importaba libremente”, Gussi emprendió su proyecto: “Primero se centraron en los libros infantiles, y como Gustavo era menor, su suegro le prestó la firma para que vinieran los primeros encargos –que se hacían por carta a España–”, cuenta Álvaro, su hermano, y uno de los pilares de la distribuidora (Gustavo falleció a comienzos de 2016), quien en aquella época se tomaba un ómnibus y entregaba los ejemplares en librerías, quioscos y salones de barrio.

Con la democracia, en 1985, se mudaron a un pequeño local de la Galería Costa (en el Cordón) y comenzaron a apostar por sellos y autores locales, cumpliendo un rol central en la difusión de la literatura nacional, de autores desconocidos y títulos olvidados, a la vez que se convertían en los primeros distribuidores de Anagrama en América Latina –que, en 2019, también cumplió 50 años (ver recuadro)–, junto a emblemáticos sellos de la región como Ediciones de la Flor, con un catálogo que incluía a Quino, Roberto Fontanarrosa, Rodolfo Walsh y Umberto Eco.

Foto: Ernesto Ryan
Foto: Ernesto Ryan

Durante décadas, muchos han destacado la sensibilidad y generosidad de Gustavo, su audacia para impulsar ideas y proyectos impensados, para compartir hallazgos y potenciar el intercambio. Lo que, a fin de cuentas, contribuía a la formación de libreros y lectores (“en ese mostrador hice muchísimas materias de mi carrera como editor; agradecer sería poco”, dice siempre Martín Fernández, director de Hum-Estuario).

En el prólogo de 40 años. Gussi Libros (volumen de cuentos que reúne una selección de los autores más representativos de Anagrama, como Raymond Carver, Vladimir Nabokov, Patricia Highsmith y otros más recientes como Mariana Enriquez), el uruguayo Fernando Estévez –en su momento director general de Santillana– define a Gustavo Fuentes como un “agitador cultural”, y evoca que, desde el comienzo, Gussi ha viajado por distintas ferias del mundo “seleccionando lo mejor que encuentra”, y a veces, además de importarlo, también lo imprime; alentando “la creación de librerías”; aconsejando a escritores y noveles editores; creando “decenas de fuentes de empleo, proveyendo de libros a ‘valijeros’ que se ganaban la vida inundando de libros a empresas, oficinas públicas y universidades”, poniendo el “libro en la conversación”. Pero, a su vez, dice, y en esto coinciden todos, “nadie lo hizo con menos aspaviento y tanta eficacia”.

El primer salto

Si bien comenzaron vendiendo libros infantiles, no vacilaron en dar el siguiente paso: “En esos años vendíamos mucho Legasa, que era una editorial argentina que publicó Fidel Castro y la religión. Conversaciones con Frei Betto [1985], que fue uno de los primeros boom que tuvimos, y después conseguimos Ediciones de La Flor, que en ese momento era importante, y acá tenía los derechos de El nombre de la rosa [Eco], que, junto con Fidel y la religión... creo que deben ser de los libros que más vendimos en ese momento”, cuenta Álvaro.

Foto: Ernesto Ryan
Foto: Ernesto Ryan

Cuando Gussi comenzaba a extender sus vínculos con los sellos españoles, fue decisiva la actitud de Gustavo durante la crisis de la tablita del dólar, en 1982, “que dejó en bancarrota a todo el que importaba. Las grandes importadoras de libros desaparecieron y muchas de sus representaciones quedaron libres. A Gustavo también lo afectó pero en menor medida, aunque a su escala fuera importante”, aclara. Aun así, resolvió que, de a pocos dólares, se iba a ir poniendo al día. “Y no dejó una peseta sin pagar. Eso le valió para el futuro”, subraya su hermano, con la satisfacción de la continuidad laboral y los vínculos establecidos durante tantos años.

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¿Y cómo llegó la apuesta por el libro nacional?

Nos fuimos corriendo hacia los lugares que podíamos. Cuando acá se instalaron todas las multinacionales nos fueron desplazando, y apostamos más a la distribución de los sellos uruguayos (Trilce, Banda Oriental, Fin de Siglo y después Hum-Estuario). Las multinacionales todavía no tenían ediciones locales; eso recién se dio después, con Fernando Estévez en Santillana, que empezó a publicar los tres tomos de Historias de la vida privada en el Uruguay [1996-1998; dirigidos por José Pedro Barrán, Gerardo Caetano y Teresa Porzecanski], y las demás vieron que los libros nacionales funcionaban. Pero hasta ese momento éramos nosotros los que nos encargábamos de la parte comercial de las editoriales uruguayas.

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Con el tiempo, Gussi fue acompasando los cambios sociales y las variaciones de los consumos culturales, intuyendo perfiles de lectores, amplificando y visibilizando pequeños sellos independientes que sobreviven al margen del poder del mercado. También fue ensayando distintas estrategias que favorecieran la circulación de libros y escritores en un mercado reducido como el uruguayo. Guillermo, uno de los hijos de Gustavo, recuerda que su padre iba con un catálogo a que las librerías le marcaran lo que les interesaba, y luego esos eran los títulos que compraban, porque no existía la consignación, “el riesgo lo asumía el librero. La instalación de las multinacionales empezó a generar ese cambio de comportamiento”, plantea.

Una de sus estrategias ha sido sumar una nueva etapa a la cadena y comenzar a imprimir algunos títulos extranjeros, ya que esa apuesta les permite, por ejemplo, pelear una vidriera, al reducir los costos de la edición. “Por un lado”, señala Álvaro, “es un mercado que para ellos no existe, porque es muy chico. Pero, por otro, acá están todos; no hay una multinacional que no tenga casa”. Una pauta de que el mercado uruguayo es, al menos, interesante.

Movida madrileña y posdictadura

“En 1986, cuando recién llegaba la democracia, vino la época del destape, después de tantos años en los que no circulaban libros. En los últimos años de la dictadura yo trabajaba en una librería frente a la Universidad, y siempre entraba alguien preguntando por Las venas abiertas [de América Latina; Eduardo Galeano, 1971]. ‘Algún día vendrá’, le decíamos. Y cuando preguntaban por El Estado y la Revolución [1917], de Lenin, ni te digo. Después, Pueblos unidos [editorial uruguaya del Partido Comunista] empezó a traer todas las obras de Marx. En ese momento explotó todo porque, hasta entonces, en la dictadura los éxitos eran El triángulo de las Bermudas [1974, que, con los años, llegó a vender unos 20 millones de ejemplares], de Charles Berlitz, que vino a Papacito a firmar ejemplares y había ocho cuadras de cola porque era lo único que había, junto con [Erich] Von Däniken [autor de estudios pseudocientíficos que ha sido condenado por fraude y malversación], y algunos resabios del boom que todavía quedaban, pero nada más”, cuenta.

En su primer año (1970), Anagrama publicó Tupamaros: estrategia y acción, de Antonio Mercader y Jorge de Vera. Cuando lo descubrieron en el catálogo, no dudaron en que tenían que distribuirlo. Y a partir de ese libro se inició la relación. “Lo vendimos enseguida, pedimos más, y nos dijeron: ‘Miren que además están todos estos títulos’, que era la colección Cuadernos de Anagrama, en la que había libros sobre el estructuralismo, marxismo, neomarxismo, [Louis] Althusser, Mary Douglas. Lo trajimos, y después sumamos la colección de narrativa”.

Así llegaron a Montevideo autores que marcaron las letras del siglo XX: John Kennedy Toole, Paul Auster, Roberto Bolaño, Martin Amis, Antonio Tabucchi, Patricia Highsmith. Y con el sello Contraseñas los escritores con los que Anagrama se consagró como editorial independiente: Charles Bukowski, Hunter S. Thompson, William Burroughs, Jack Kerouac, Terry Southern (coguionista de Easy Rider), Tom Wolfe, el peruano Alfredo Bryce Echenique –un desconocido en España en esa época–; además de autores como Patti Smith, Ian McEwan, Roald Dahl, Tom Sharpe.

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¿Se vendió cuando trajeron Tupamaros... en 1986?

Muy de a poco. Lo primero que se vendía eran los libros políticos, como Conversaciones con Marx y Engels [1974], y después, de a poco, se sumaron los libros de Contraseñas, como la serie de Bukowski, pero muy de a poco. Y Douglas Adams, libros de humor, Tom Sharpe...

En 1990 lograron que viniera Sharpe.

Vino a la única feria del libro que se hizo en el Palacio Peñarol. Y fue increíble [“mi viejo no hablaba una palabra de inglés, y cuando se lo llevó a La Pasiva se comunicaban haciendo dibujitos en las servilletas”, apunta Guillermo]. El tipo se quedó varios días, iba a jugar ajedrez al club inglés en la Ciudad Vieja [en la esquina de Buenos Aires y Treinta y Tres], y con otros colegas de la Cámara fueron a comer asado a una estancia. Estaba copado y se fue a recorrer varios lugares. Y estuvo bueno porque en ese momento no venía casi nadie. Los otros que siempre estaban eran Quino y Fontanarrosa, que les encantaba estar acá [muestra una foto en la que se los ve juntos]. Se armaban colas enormes de gente para que firmaran libros, porque les hacían dibujitos a cada uno. Y Fontanarrosa también se reunía con conocidos: por ejemplo, venía [José] Pepe Sasía, con quien eran amigos por Rosario Central, y así se juntaba con mucha gente. Me acuerdo de que fuimos a ver Inodoro Pereyra, el renegau [1995, dirigido por Héctor Guido], que le encantó. [Jorge] Esmoris, que hacía de Inodoro, dejó el alma ese día. También, en 1994 fuimos con ellos al Estadio a ver las eliminatorias. Después, más acá en el tiempo ya vinieron Rébecca Dautremer, Pierre Lemaitre y Antonio Manzini.

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En cuanto a los distintos perfiles editoriales, Gussi siempre ha mantenido nichos dentro del mercado, y editoriales difíciles de comercializar, como Acantilado, Siruela, Adriana Hidalgo o Páginas de Espuma. Para ellos, es la posibilidad de ofrecer un diferencial. Y aunque trabajen con sellos que, a priori, no se venderán muy bien, sí les prestigia el catálogo; algo que valoran tanto una librería independiente como un lector especializado. Así que, entre sus propuestas, se añade el énfasis en especializarse en este tipo de literatura.

En paralelo, la distribución debe enfrentar los constantes corrimientos del mercado, que si hace un tiempo ya venía concentrado por las fusiones de las grandes empresas, a comienzos de este año Penguin Random House, que cuenta con 275 editoriales en seis continentes, adquirió Salamandra (obras de autores como Margaret Atwood, Chico Buarque y Andrea Camilleri), luego de haber comprado Santillana y Ediciones B.

Para ellos, que ahora distribuyen alrededor de 80 editoriales, esa es la tendencia y “cada vez será peor, porque no sólo es un movimiento latinoamericano; en España la disputa de los sellos también es muy fuerte. Y no miran sellos ni catálogos: en general se quedan con los tres o cuatro títulos que más venden y el catálogo de la editorial se va muriendo. En ese proceso también hay una pérdida. Pero te guste o no es lo que está sucediendo. Cada vez que sale un autor que más o menos vende, ya su segundo libro es difícil que se mantenga en una editorial independiente. Y acá pasa lo mismo”.

Posibles alternativas

En el ámbito del libro, muchos subrayan el rol activo de Gustavo, ya que como distribuidor no se limitaba a que las editoriales le presentaran sus propuestas. Con ese espíritu, y en un escenario tan complejo como la crisis de los años 2000, que generó importantes modificaciones en los hábitos de consumo y las condiciones de trabajo, crearon Grupo Editor, una serie de bolsillo para competir con las ediciones de bolsillo extranjeras, que Gussi reunía y distribuía, lo que a su vez se convirtió en un respiro para las editoriales locales: “Cal y Canto salió, por ejemplo, con La mosca es un incesto, de [José María] Firpo, y una selección de cuentos de Paco Espínola; Banda Oriental con libros como Las manos en el fuego [Ernesto González Bermejo], ¡Bernabé, Bernabé! [Tomás de Mattos] o Historia de los orientales, de Carlos Machado (un sólo vendedor llegó a vender 500 ejemplares de cada tomo); Tae, con los tres tomos de Memorias del calabozo [Mauricio Rosencof]; Fin de Siglo, La locura uruguaya [Gustavo Ekroth], y también estaba Viejo Vasa (de Ignacio Martínez). Cada uno elegía dos o tres libros de su catálogo para esta serie. Había pocos libros pero se vendían de a miles; La locura uruguaya debe andar en los 40.000”.

Dicen que en su rol de intermediarios es fundamental la complicidad con las librerías; y aunque el panorama sea incierto, reconocen que nunca quisieron vender directamente al público porque el mercado es chico y prefieren cuidarlo. Y así, a sus 40 años, la distribuidora sigue estimulando la imaginación y la curiosidad de esa aventura que entra en juego a la hora de leer un libro.

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Amor amarillo

A comienzos de 1969, el catalán Jorge Herralde (1935) creó una de las editoriales independientes más prestigiosas del mundo hispanohablante, la que marcó a tantas generaciones, con más de 3.000 títulos que incluyen nombres tan distintos como Juan Villoro, Paul Auster, Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño, Amélie Nothomb, Pedro Lemebel, Vladimir Nabokov, Ryszard Kapuscinski, Groucho Marx, Julian Barnes, Michel Foucault y Pedro Almodóvar, cuando muchos aún estaban lejos de los grandes focos.

En Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales, Herralde repasa los 50 años de su editorial y su oficio, el despertar de la cultura en España durante los años 60 y la transición (1973-1982), pero también incluye notas sobre escritores, viajes, discursos, anécdotas, homenajes. Comenta su admirado catálogo, cuando logró descubrir nuevas voces y tendencias, y las particularidades de cada época: en los 70 empezaron publicando, sobre todo, ensayos y textos políticos, colecciones de literatura y textos marginales (con colecciones como La educación sentimental, Contraseñas, y la mítica Cuadernos), y, a partir de los 80, panoramas dedicados a la literatura traducida y narrativas hispánicas, crónicas de no ficción y ediciones de bolsillo, entre tantas.