De vez en cuando, Martín Fierro reaparece desde el futuro en el que vive: malevo y reconciliador, nos sigue conmoviendo con sus hallazgos y desdichas, con su furiosa defensa del gaucho sin tierra, que siempre “anda juyendo / siempre pobre y perseguido; no tiene cueva ni nido / como si juera maldito”, porque, a fin de cuentas, “el gaucho en esta tierra sólo sirve pa’ votar”.

Hundido entre la indiada y los excluidos, la fatalidad de la frontera y la toldería, y la marginalidad de una sociedad que lo expulsa, el gaucho Martín Fierro denunció una realidad signada por el desprecio y la injusticia. Con su eneida criolla –escrita, en su mayoría, en sextetos de versos octosílabos y un habla gauchesca “inculta”–, José Hernández fue acusado de villano, cobarde y mazorquero, y ninguneado por escribir “asuntos del gauchaje”. Mientras, como fiera suelta, su poema arrasaba en fogones y pulperías.

Hernández fue un poeta monumental que se opuso al centralismo porteño, luchó por la patria grande latinoamericana, escribió su mayor obra poética en el exilio (en Santana Do Livramento), fundó y dirigió periódicos, vivió en Montevideo, y combatió por reivindicar la voz del otro.

Si, muchos años después (El gaucho Martín Fierro se publicó en 1872, y su continuación, La vuelta de Martín Fierro, en 1879), Leopoldo Lugones lo recuperó como poema épico nacional en El payador (1916), por expresar “la vida heroica de la raza y su lucha por la libertad”, Jorge Luis Borges, aunque le dedica ensayos y conferencias, admite: “Si en lugar de canonizar el Martín Fierro hubiéramos canonizado el Facundo [de Domingo Faustino Sarmiento], otra sería nuestra historia, y mejor”. Así, en el dilema argentino entre civilización y barbarie, Borges vuelve a ubicar al Martín Fierro –y su politización de la cultura popular– del lado bárbaro. Confirmando la tesis de José Pablo Feinmann, cuando dice que “Hernández era más lúcido que la burguesía de Buenos Aires y no quería que el gaucho fuera” el otro, pero “la civilización ha combatido a la barbarie con la barbarie”, y le ha temido tanto, que “jamás la ha podido integrar”.

Desde ese lugar, Hernández desplegó una incansable carrera periodística apuntando contra sus adversarios (“no queremos asistir en la prensa al espectáculo de sangre que va a darse en la República”, escribió días después del asesinato de José de Urquiza) y las guerras fratricidas, a la vez que analizaba, desde adentro, las embravecidas aventuras revolucionarias y la sangrienta construcción de una nación.

La vuelta gauchesca

Aunque también fue diputado, asesor y activo participante en las luchas federales, Hernández marcó la historia creando la máxima obra de la literatura gauchesca (de hecho, en homenaje a su nacimiento, el 10 de noviembre, en Argentina se festeja el Día de la Tradición): tan es así que, cuando falleció, un diario de La Plata tituló: “Ha muerto el senador Martín Fierro”. Pero, más allá de su obra culminante, su brutal registro de la situación del gaucho y su devenir político, poco se habla de su intensa actividad periodística. Y, aunque resulte sorprendente, recién a fines de 2019 se concretó una edición integral de su obra completa en la Biblioteca del Bicentenario (de la editorial Docencia): 14 tomos que reúnen, junto al Martín Fierro, su “postergado o desconocido trabajo como prosista de combate” y como periodista (en sus varias estadías en Montevideo escribió y dirigió el diario La Patria), ensayista y parlamentario.

“El siglo XIX rioplatense estaba incompleto porque faltaba el pensamiento en prosa de Hernández [...]. Su pensamiento filosófico, y sobre todo político, no se conocía. En parte porque se pasó la vida criticando al liberalismo del Río de la Plata”.

Aprovechando su visita, la diaria conversó con el coordinador y autor de los prólogos de esta hazaña editorial –que comenzó en 2005–, el crítico y docente argentino Ángel Núñez, y la doctora en Letras Alicia Sisca, quien también participó en la edición analizando el espíritu religioso en Martín Fierro.

¿Por qué comenzaron la colección con una impresión facsimilar de la Instrucción del estanciero [1881]?

Ángel Núñez (AN): Fue un estudio que hicimos con Eugenio Gómez de Mier [director de la editorial Docencia]. Nos entusiasmamos con ese ejemplar por su cosmovisión, salpicada de anotaciones sobre cómo cuidar un burro o sembrar maíz. Por eso es un libro raro y poco estudiado. Y hay un prólogo sobre su visión, el hombre –es decir, el gaucho– como continuador de la obra de Dios, que tiene que dominar la naturaleza. Y en ese libro dice que “ningún pueblo es rico si no se preocupa de la suerte de sus pobres”. A diferencia de todo el pensamiento liberal, para él es central qué hacemos con el gaucho que no tiene trabajo. La concreción de su antropología es crear instrumentos de trabajo.

Alicia Sisca (AS): El gaucho debe tener iglesia, escuela y derechos. Es la incorporación que reclama Martín Fierro. A grandes rasgos, lo que descubrí es que el Martín Fierro está sustentado sobre principios religiosos católicos. Pero, a su vez, refleja la vida de los gauchos de esa época. Y si bien Martín Fierro es un gaucho paradigmático, no es un modelo cristiano. Pero comparte principios y valores que fueron inculcados por la iglesia católica, que, en el caso del hombre de campo, fueron asimilados ancestralmente. Lo que hice fue cotejar el catecismo de la iglesia católica –que se redactó en el 92– con las distintas partes del Martín Fierro.

Alicia Sisca. Foto: Ernesto Ryan
Alicia Sisca. Foto: Ernesto Ryan

Hablando del catolicismo, a usted un padre le hacía memorizar versos del Martín Fierro cuando estaba en el liceo

AN: Sí, nos hacían aprenderlo de memoria. Y había un sacerdote que era un personaje importante, porque había estudiado en las misiones jesuíticas, y te paraba en el patio, recitaba un verso y preguntaba cómo seguía. Si no lo sabías, te pedía que al otro día se lo fueras a decir. Había una veneración por el texto, tradición que ahora continúa en la Universidad de El Salvador, a la que pertenece Alicia (yo soy de la Universidad de Buenos Aires), en la que hay un grupo de estudiosos muy importantes, con mayoría de mujeres. Es un dato curioso, porque en el siglo pasado se preguntaban si era un libro en el que se podían interesar las mujeres. Una vez le preguntaron a Victoria Ocampo si se trataba de un libro para mujeres, y ella, indignada, dijo que no había literatura para hombres o para mujeres; que era literatura.

Me sorprendió que recién ahora se haya reunido la obra completa de Hernández.

AN: Es que el siglo XIX rioplatense estaba incompleto porque faltaba el pensamiento en prosa de Hernández: estaba [Esteban] Echeverría, [Domingo Faustino] Sarmiento, [Juan Bautista] Alberdi, Carlos Pellegrini, pero no el pensamiento escrito, o en prosa, de Hernández, salvo su poema, que es famoso, histórico y se estudia en todo el mundo. Pero su pensamiento filosófico, y sobre todo político, no se conocía. En parte porque se pasó la vida criticando al liberalismo del Río de la Plata. En 1874, cuando Hernández vivió en Montevideo, dirigió La Patria, y estuvo casi todo el año (de abril a noviembre) analizando la política de [Bartolomé] Mitre en el Río de la Plata, además de la guerra del Paraguay, y etcétera, con una crítica rigurosa. Arranca sus artículos diciendo que aprovechará para abrir fuego contra Mitre. Y lo tenía completo, porque Mitre ya había sido gobernador de Buenos Aires, presidente, jefe militar de la triple alianza, y en el período que él está escribiendo, Mitre hace una revolución contra el presidente [Nicolás] Avellaneda, que acababa de ser elegido. O sea que tiene el modelo perfecto de la ambición de este jefe de la oligarquía porteña que pretende, incluso, voltear a un presidente electo.

Reviendo ese contexto, da la sensación de que Hernández se murió entre el desprecio de los intelectuales y escritores de la época.

AS: Sí, en ese momento sí. Leopoldo Lugones, en su momento, le hace una crítica bastante desagradable. Pero después [el Martin Fierro] es reivindicado en 1910, y Lugones es uno de los que lo rescata como gran poema. Y en este segundo momento lo rescata diciendo que era el modelo del héroe nacional [en la serie de conferencias de El payador].

AN: Es toda una discusión. Pero, en general, los escritores cultos lo consideraban un marginal, y tuvo un éxito popular impresionante. A algunos escritores cultos les llamó la atención. Al peruano Ricardo Palma le mandaron de regalo un Martín Fierro y se quedó sorprendidísimo con lo que leyó. Entonces, por ejemplo, él hace un comentario muy breve pero muy elogioso, si bien en general no lo tuvieron muy en cuenta. Aunque hay excepciones, como [Pablo] Subieta, el intelectual boliviano que vivía en Argentina y, tempranamente, hace varios artículos destacando su importancia, que luego Hernández reproduce en sus siguientes ediciones del Martín Fierro. Porque él siempre publicó por separado al Martín Fierro de La vuelta..., que es la segunda parte. Y en vida, hizo 12 ediciones legales –porque también lo plagiaron–, en las que iba agregando comentarios y cartas que recibía, y que se publicaban en los más variados periódicos de pueblos del interior argentino o de Montevideo. Y así, por ejemplo, agrega el de Subieta, que es muy extenso.

Contribuyendo con su legitimación.

AN: Eso mismo, como legitimación.

AS: Y también incluye los comentarios malos.

AN: Publica una carta demoledora de Bartolomé Mitre, en la que le dice que es todo malo: la filosofía, el estilo, el fondo del poema.

He leído que, en su momento, ni bien se publicó el Martín Fierro se popularizaron fragmentos hasta en el sur de Brasil.

AN: Yo viví en Brasil muchos años como exiliado, y hay constancia de que algunas partes del poema se folclorizaron en Rio Grande do Sul, traducidos literalmente al portugués, además de que los brasileros siempre se quedaron con esa falla de no contar con un poema épico gauchesco.

También se dice que lo empezó a producir mientras estaba recluido en Santana do Livramento.

AN: Hay constancias de que ahí empezó a establecerlo. Porque él era un memorista, y como hay constancias de que recitaba versos de su autoría, se puede pensar que ya lo estaba armando. Están publicados los manuscritos en los que se ve que, ya cerca de 1872, él lo sigue elaborando.

AS: Y hablando de la folclorización, en el noroeste argentino hay coplas que toman versos del Martín Fierro, y son partes de la copla como si fueran producto de esa zona. Esto indica la difusión que tuvo a lo largo de todo el país.

Cuando se trataba de un mundo predominantemente analfabeto.

AN: Lugones cuenta que había un recitador de Martín Fierro, porque los gauchos eran analfabetos y no podían leer el poema. ¿Por qué se divulgó? Porque alguien lo leía y los demás escuchaban. Algo muy interesante Y algo que Hernández publica en esos informes curiosos es que en las pulperías pedían yerba, azúcar, tabaco y ejemplares del Martín Fierro.

¿Se puede desentrañar un gesto político en esa desestimación de su obra periodística?

AN: Clarísimo. En Argentina, atacar a Mitre en el siglo XIX y XX no es fácil, con todo el sistema cultural en contra. El poema pasó, porque era un poema, pero esto de escribir contra Mitre y además hacerlo con ironía... Cuando Mitre hace la revolución contra Avellaneda, Hernánez publica uno de esos artículos en La Patria, de Montevideo, que dice: “De presidente a revolucionario, de revolucionario a pirata”, porque resulta que los rebeldes habían tomado dos embarcaciones del Estado argentino. Y Hernández aprovecha para decir “son piratas, robaron barcos del adversario”. Su periodismo es de ideas, pero también de ironía, de combate.

AS: Algunos de sus pensamientos, incluso, son muy homologables a los de Artigas en cuanto al federalismo y la representación popular. Es una sintonía de gran peso conceptual.

AN: Esa idea que Hernández levanta en 1881, “hagamos colonias con hijos del país”, con gauchos, es Artigas.

¿Cómo surgió el proyecto de publicar la obra completa?

AN: Tiene su larga historia. En 2005 publicamos Instrucción del estanciero, el libro en el que él sostiene la tesis de hacer colonias con hijos del país (“así como se han hecho colonias con extranjeros inmigrantes en Entre Ríos y distintos lugares, hagamos lo mismo con gauchos”). Y el término “estanciero” no lo utiliza para el dueño de la estancia, sino para el que trabaja en la estancia. Él rescata el término que usaban los jesuitas, que hacía referencia al indio que trabajaba en el campo. Una especie de abuelos-padres del gaucho. Entonces, en ese libro él rescata esa idea.

Que revaloriza al gaucho.

AN: Revalorizarlo, defender al hombre. Para él, el hombre argentino o rioplatense no era una abstracción: el hombre pobre era el gaucho. Y en este libro está la historia de cómo nació todo esto: cómo ubicamos un archivo que estaba en Berlín.

Donde trabajaba un profesor argentino, Alejandro Losada, que transcribió casi 200 artículos.

AN: Sí, y nunca lo publicó. Los descubrimos porque hay una biografía de Hernández, hecha por el prestigioso historiador argentino [Tulio] Halperín Donghi, en la que se refiere a Alejandro Losada, le dedica su trabajo y le agradece por la información. Fuimos atrás de Losada –que había fallecido–, como docente, en la Universidad Libre de Berlín [en 1985]. Allá nos dieron copia de todo ese material, que fue uno de los puntos de partida. Porque no fue que estaba todo; había mucho por hacer. Pero lo primero que hicimos fue reunir todo.

Y después convocaron a investigadores de cuatro universidades

AN: Equipos de Córdoba, Misiones, La Plata y Buenos Aires. Y lo de Alejandro Losada eran curiosos papelitos dactilografiados. Incluso, en Berlín descubrieron que tenían ese archivo a raíz de que nosotros nos pusimos a buscarlo. Encontramos, además, fotografías, estudios sobre el gaucho; una cantidad de materiales.

Foto: Ernesto Ryan
Foto: Ernesto Ryan

A la Instrucción del estanciero la escribió por encargo, ¿no?

AN: El gobernador de Buenos Aires, Dardo Rocha, muy amigo de Hernández –que fue diputado y senador en la provincia de Buenos Aires, no en la capital–, le propone que viaje por Australia, Europa y todo el mundo para ver cómo podían mejorar la producción rural en la provincia. Y Hernández le dijo: “No gaste plata, yo le escribo eso que usted necesita”. Y escribe la Instrucción del estanciero, una especie de manual de usos rurales: cómo un gaucho organiza una estancia. Tan simple como eso: qué hay que hacer con los animales, las siembras, el material. Esa es la instrucción para el estanciero, el que trabaja en la estancia. Así, ese famoso viaje por el mundo Rocha se lo encargó a dos economistas conocidos, que escribieron cerca de 11 volúmenes que nadie leyó. En ese libro, Hernández demuestra, muy de pasada, que conocía perfectamente bien el negocio rural en el mundo: en Inglaterra, en Argentina, en Australia.

Es muy revelador eso.

AN: Él tenía la idea de que teníamos la capacidad para organizar y la técnica para armar bien una estancia.

Pero fue la única obra que publicó en libro, ¿por qué?

AN: Curiosamente fue el único libro que publicó, cuando debería haber sido en folletos. Lo que sucedía es que estaba dirigido a Dardo Rocha y a la clase dirigente. Incluso es un libro hasta lujoso. ¿Por qué, si él hacía folletos y el Martín Fierro son unas hojitas de papel ordinario? Es una contradicción, pero responde a quién está dirigido. Según la información del hermano de José Hernández, él muere muy joven, a los 52 años, porque se enferma yendo al norte, haciendo la campaña de Rocha por la presidencia, cuando termina la primera presidencia de [Julio Argentino] Roca. O sea que es un militante político hasta en esa etapa, en la que hace una gestión por Tucumán y Jujuy para reunir electores para Rocha. Y es una gestión exitosa, porque son electores que votan por él en la preselección como candidato. Y, según el hermano, allí es donde se enferma. Pero él militó activamente toda la vida: estuvo en la tropa [militar], en Cepeda, en Pavón, con [Ricardo] López Jordán; hizo gestiones, fue ministro en funciones cuando Evaristo López era gobernador de Corrientes.

¿Y cómo fue el proceso de los 14 tomos? ¿Siempre tuvo claro cómo organizarlos?

AN: Se dio el milagro de que el editor nos apuraba a nosotros, en vez de lo contrario. Y a medida que se iban haciendo se iban publicando. A Andrea Bocco, la titular de la cátedra de la Universidad de Córdoba, le pedí que me consiguiera gente que tuviera ganas de trabajar, y creó un equipo de cinco personas, especialistas y conocedores del tema, que se dedicaron a revisar los periódicos. Y así también fue en La Plata. En Misiones, una profesora titular se ofreció a revisar y corregir lo de Losada sobre [el periódico] El eco de Corrientes. Vos pensá que la mayoría de estos artículos no llevan firma porque él usaba seudónimos, y de los que publica en Montevideo, por ejemplo, hay siete que firma como Un Patagón. Y está estudiado que es su seudónimo. En Paraná usa Vincha, y como es claro, es algo que ya sabés.

Pero en los demás ya es más complejo.

AN: Sí, se complejiza todo. En El Río de la Plata, como tenía un sector especial además de la dirección, aunque no está la firma también sabés que se incorpora por ahí. Pero en los demás periódicos hay que rastrearlo. Y ahí tuvimos una polémica con la profesora de Misiones, Silvia Ferrari de Zinc, porque ella dice que Hernández empezó a publicar sus artículos antes de ser director. Y yo, revisándolos, le dije que me parecía que esos no eran suyos. O sea que no sólo se trata de copiar, que es muy trabajoso, sino además de discutir y afinar criterios. Si es suyo, argumentar por qué. Se trata de un trabajo técnico.

¿Lo sorprendió algún hallazgo?

AN: Sí, yo redescubrí a Hernández como pensador. Porque durante el siglo XIX el pensamiento se volcaba en el periódico: El Facundo se escribió por capítulos en un periódico chileno. Por decir algo. De manera que el periódico no sólo era transmisor de noticias sino también de pensamientos.

Y formador.

AN: Claro. ¿Por qué esta obsesión de Hernández de estar escribiendo y creando diarios? Cuando va a Corrientes termina siendo director de El eco..., un diario que ya existía desde mucho antes. O sea que tenía una preocupación por transmitir un análisis político más allá de la noticia, y en función de su objetivo de país, que era superar la etapa de la lucha armada y de facciones, para encontrar un lugar de armonía de la ley, imponer la Constitución federal para que los problemas se arreglen dentro de la ley y no en batallas. Entonces, hallar ese pensamiento, ese proyecto nacional personal, y cómo lo va acompañando en el periodismo, fue un gran descubrimiento.

Se podría decir que la historia argentina se va registrando en las distintas lecturas del poema.

AN: Porque todas las generaciones intelectuales han necesitado, necesitan y necesitarán posicionarse frente al Martín Fierro. Y el liberalismo, aun elogiando al poema, no lo traga.

Obra de consulta

Para aquellos interesados en la edición de su obra completa, que incluye, por ejemplo, su periodismo gauchipolítico, ediciones facsimilares de todos sus manuscritos conocidos y otros hallazgos, en Buenos Aires, los 14 tomos se venden en la librería Hernández y en la editorial Docencia.

En Montevideo, la biblioteca de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación tiene dos tomos donados por el coordinador: uno dedicado al periódico El Río de la Plata, “material que fue recogido por el uruguayo Walter Rela, y que nosotros nos dedicamos a interpretar y agregar otros insumos”, explica Núñez, y otro sobre la vida de Mitre, que escribió en 1874.