Apuro el paso por San José a contramano, desganado y preguntándome a cada cuadra qué necesidad de tener que ir hasta la plaza Independencia el día del desfile inaugural de carnaval. Hace dos temporadas que no participo en conjunto alguno. Suelo decir que es por falta de tiempo –es cierto–, pero no es el motivo principal. En cada bocacalle trato de ver la avenida pero no puedo detenerme: en el punto de encuentro está el fotógrafo de la diaria y otros artistas y técnicos que integran Sucau, el sindicato que nuclea a carnavaleras y carnavaleros de Uruguay, del que formo parte. Sucau, creado en 2018 después de varios intentos, llevará por primera vez un pasacalle en el desfile, cuya leyenda reza: “Por consejos de salarios y negociación colectiva. Sucau-PIT-CNT”. Al pasacalle volveremos dentro de unas cuadras y algunos cientos de caracteres.

Meto pata. Hasta ahora no he podido ver in situ el alumbrado dispuesto por la organización, pero, gracias a la pericia de los fotógrafos Instagram y sus maravillosos filtros, sé que está buenísima. La dinámica es la de siempre. Cuando uno llega a desfilar como integrante o colaborador de un conjunto, debe hacerlo a la hora estipulada por la Intendencia de Montevideo (una hora y media antes del comienzo del paso de cada grupo por 18 de Julio) a los puntos norte o sur de la plaza. La espera allí es una auténtica introducción a la polirritmia y un desafío a la tolerancia a los decibelios. Los saludos entre carnavaleros de distintos conjuntos (mientras miran y comparan sus respectivos vestuarios) se mezclan con baterías de murga, cuerdas de tambores y el merengue ejecutado por bandas apostadas en el techo de algún ómnibus. Por la plaza circulan curiosos, turistas, borrachos, cuando no las tres cosas juntas. Mientras camino me viene al recuerdo de aquel primer desfile, hace 28 años. En ese entonces contaba las horas de alguna siesta de un febrero caluroso (sí, el desfile era en febrero, como creo que debería ser: sigo sin ver la parte buena de la cocarda autoimpuesta del carnaval “más largo del mundo”) para poder ir al club Atlántico, desde donde salía La Milonga Nacional. Aquella murga era un combinado de gente con experiencia, de esa que tenía años de tablado arriba: el Abrojo Cadena, JJ Pereira, Juan Ayusto, Polanco... Se habían juntado a ensayar apenas un mes antes, el 2 de enero de 1992.

El humor picaresco de aquel repertorio hoy no encontraría lugar. “Le dicen ‘bolsa de residuos’ porque le gusta que la recojan”, decía el Abrojo y la platea festejaba. Esa línea de humor, rica en doble sentido, no se percibía ofensiva, o bien porque los ofendidos no eran tantos o porque no hacían tanto ruido, en la medida en que significaba algo parecido a una sensación liberadora en aquel ecosistema carnavalero. Aquel lenguaje, propio del horario de protección al menor, podía ser escuchado en un lugar público y con acceso a toda la familia. Uno no sabía de la vida de los murguistas, eran como héroes distantes. Ahora los letristas calculan –calculamos– los posibles efectos de cada sílaba en el estado anímico de un público equis (que en nuestro imaginario siempre es el mismo: el del Teatro de Verano o el del Velódromo, más activo en las redes). En cualquier momento los libretos van a incluir advertencias en letras blancas sobre un hexágono negro como el que les aplican a las galletitas o a la polenta transgénica. Mientras tanto, seguimos escuchando repertorios que incluyen, como un mantra, los vocablos “bacanal” y “locura”. Descontrol domesticado.

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Escribía Carlos Modernell, el Dios Verde (también conocido por su personaje radial El Gauchito del Talud), y tengo el recuerdo de verlo en una mesita sumando y corrigiendo cuartetas de cuplé para luego entregar la hoja a los utileros para que la pasaran al nailon con rodillo que oficiaría de teleprompter (descripción por extensión de un dispositivo que los murguistas han bautizado como “burro”) para aprender la letra de un repertorio que se confeccionaba día a día. La noche anterior al desfile, Modernell tomó el micrófono y dijo que iban a precisar muchachos para llevar los pasacalles de los auspiciantes de la murga en el desfile. Por la tarea me haría acreedor a una remera y diez nuevos pesos. Miré a mi viejo en busca de aprobación y, segundos después, Modernell anotaba mi nombre en una libretita. Mi primer desfile fue sosteniendo otro pasacalle en el que una casa de repuestos anunciaba que presentaba orgullosamente a La Milonga Nacional. Lo había logrado: estaba desfilando por primera vez. De aquel entusiasmo desbordante de los 13 años hasta hoy pasaron muchos carnavales y sus respectivos desfiles. Me acerco a la plaza, inexorablemente. Finalmente, pude empatizar con aquellos veteranos que desfilaban con las mismas ganas con las que uno va al dentista a hacerse un tratamiento de conducto. Salvo, claro, cuando se pasa frente al jurado y frente a las cámaras de televisión. Ahí soy todo frenesí.

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Pasacalle del Sindicato Uruguayo de Carnavaleros y Carnavaleras del Uruguay (Sucau), previo al desfile de Carnaval. Foto: Ernesto Ryan

Pasacalle del Sindicato Uruguayo de Carnavaleros y Carnavaleras del Uruguay (Sucau), previo al desfile de Carnaval. Foto: Ernesto Ryan

Esta vez las cámaras no tomarán el pasaje del pasacalle sindical, y lo sabemos de antemano. Uno de los objetivos del sindicato es conocer en qué términos se ha negociado –y renovado– el contrato por el cual los directores de conjuntos afiliados a Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay (DAECPU) ceden los derechos de imagen de los componentes para la televisación del desfile inaugural, el desfile de llamadas y el concurso oficial del Teatro de Verano a la empresa Tenfield. Hasta ahora, sin suerte. En aquella primera asamblea en la sede del PIT-CNT, en julio de 2018, apareció como problema saliente el de las deudas que muchos directores de distintas agrupaciones mantenían con sus componentes. Las instancias de negociación entre el sindicato y los directores dieron frutos –muchos artistas pudieron cobrar el dinero acordado– y otro logro añadido: que aquellos directores que mantengan deudas con componentes y técnicos no puedan seguir sacando conjuntos de carnaval (y arrastrando deudas infinitas; el dicho “el carnaval que viene arreglamos lo que te debo” es más escuchado que el “buenas noches, auditorio”). Este no es un fenómeno exclusivamente capitalino. La gremial carnavalera tiene también representantes de varios departamentos del interior donde los carnavales tienen gran afluencia de público, conjuntos de nivel y duración acorde, además de las dificultades de una actividad que mezcla las nociones de afición y profesionalismo, de diversión y trabajo, del “me encanta participar” al “vamos por todo que quiero ganar”.

Pero no todo es brillantina televisada, y en pocos días se concretará el proyecto Más Carnaval, con apoyo y organización del Sucau* y la Cooperativa Cultural Capurro. Se trata de un espacio de carnaval autogestionado que nuclea a distintos colectivos de artistas, que tendrán un escenario donde mostrar sus espectáculos y que permitirá recuperar algo de aquel tiempo en que el tablado de barrio se armaba con aporte de las vecinas y los vecinos. El tiempo en que los integrantes de aquella Milonga Nacional de 1992 eran botijas cuyo mayor anhelo era ser murguistas.

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El pasacalle inicia su marcha, llevado por ocho integrantes del sindicato, entre ellos su presidente, Eduardo da Luz, integrante, compositor y arreglador de la comparsa Yambo Kenia, quien luego desandará el camino por San José hacia la plaza para volver a desfilar. “¿Cómo que van a desfilar?”, le había preguntado el director de su conjunto, escéptico de que el sindicato lograse su cometido. Quizá en el trayecto repase su propio historial. Hace 20 años, me dio el cuerpo para desfilar dos veces: al inicio con Demimurga y, una hora después, con La Gran Siete, en la que me desempeñaba como uno de los letristas. También recuerdo que con la Demi llegamos a “ensayar” el desfile. Tomamos una calle poco transitada del Buceo y practicamos la rutina durante varias cuadras. Obtener uno de los primeros cinco puestos en el desfile era como tener un auspiciante extra, un ingreso que permitiría saldar deudas o pagar una segunda jornada de maquillaje si la etapa del Teatro de Verano se suspendía por lluvia. Siempre nos metíamos entre los primeros puestos. Hacer una demostración de energía, alegría y juventud que convenciese a un jurado era nuestra modesta victoria, para que, días después, casi todos los conjuntos nos superaran en tablados y puntaje. En el desfile me encontraba cada año con mi amigo Gustavo. Era como un ritual saludarnos y sacarnos la foto en la plaza Independencia. En 2004 habíamos hecho juntos el libreto de la murga Real Envido, y el universo del espectáculo era el propio desfile. Gustavo murió en 2014, cuando yo ya desfilaba porque no había más remedio. Más aplausos. “Arriba, compañeros”, “A no aflojar”, se escucha desde las veredas. Es raro pasar por 18 de Julio disfrazado de gente sin cantar, sin bailar, sin pedirles agua a los utileros, sin el hastío de las últimas cuadras ya sin luminarias coloridas. La iluminación –hasta la plaza Cagancha– es, en efecto, espectacular, y me alegra haber podido verla por dentro. Instagram tenía razón. Vuelvo a casa contento de haber estado allí para, ahora sí, encarnar al espectador que este año sale en las páginas de la diaria. Pongo la radio y un comentarista aprovecha un “bache” entre conjunto y conjunto para pasar la nota a un integrante de una murga con impronta joven de buen suceso reciente. Le pregunta cómo viene el espectáculo. Respuesta: “Esperamos meternos entre los cinco primeros, como el año pasado”. Todo se mezcla una vez más: arte y concurso. Las ganas de subir, las ganas de que llueva. No ver la hora de que empiece y de que termine. Carnaval.

(*) Sábado 1º de febrero en el parque Capurro a las 17.00. Actuarán La Gran Siete, Falta y Resto, La Debutante, De Bigote Pa’ Arriba, Mamá Está Presa y Mi Vieja Mula. Entrada libre (espectáculos a la gorra).