Hace un tiempo, al transcribir una entrevista a la escritora argentina Cristina Macjus, cometí un error que no noté sino días después, cuando encaraba la edición y la odiosa tarea de cortar. Donde Cristina decía “que había aprendido a hablar el yámana”, en referencia al botánico decimonónico Luis Spegazzini, que se había aventurado a la lejana Patagonia, yo había escrito “que había aprendido a amar el yámana”.

Más allá de la primera reacción –el asombro ante el error hermoso, una especie de gema hallada inesperadamente–, la anécdota decantó para traer a mi memoria un viejo equívoco. Hace unos veinticinco años, primera mitad de los 90, por intermedio de Laura, una amiga con la que hice toda la carrera de Lingüística en la Facultad de Humanidades, un escritor veterano y prestigioso me contrató para que le tipiara unos manuscritos. Eran tiempos en que las computadoras todavía no eran un artículo habitual –de hecho, yo cumplía con este encargo en la computadora de mi hermano, porque no tuve mi propia PC hasta 1996–. Transcribí todo el original, cerca del centenar de páginas, y puntualmente se las llevé. El tipo era amabilísimo; a mí me intimidaba un poco porque en esa época todo me intimidaba. Me pagó por mi trabajo, me agradeció y todos contentos. Al día siguiente, me llamó por teléfono. “¿Podrás venir?”, me preguntó. “No te alarmes, no es nada grave, pero hay un problema con tu trabajo”. Y fui, muerta de culpa y de miedo. Cuando llegué, me pidió que leyera un fragmento de lo que había tipiado, y lo hice. Enseguida, me leyó el mismo fragmento del original. Era casi igual, pero difería en una palabra. “Al principio no me di cuenta”, me dijo. “Después descubrí que volvía a pasar. Quizá hasta el cambio haya favorecido al texto, quizá lo hayas mejorado, pero no era la idea”, agregó, y estuvimos un buen rato cotejando un texto con otro: para mi estupor, había decenas de cambios de una palabra por otra, siempre con idéntica cantidad de sílabas, rima y un significado que no chocaba en el contexto. Un camuflaje perfecto.

Tiempo después, empecé a trabajar en la revista Posdata. El correo electrónico era una rareza –en toda la redacción sólo una máquina tenía módem, de aquellos externos, que se conectaban al teléfono de línea y hacían un ruido bastante peculiar– y las notas de los corresponsales en el extranjero llegaban por fax y había que tipiarlas, una tarea bastante aburrida. Por lo general, me tocaba hacer ese trabajo, a pesar de las quejas de mi jefa, que defendía que no debían pedirme que hiciera tareas que no fueran las específicas de corrección. Un viernes, alguien me advirtió de que la corresponsal en Argentina estaba furiosa porque había salido un error garrafal: se ve que al tipiar su artículo mi imaginación voló, pensé en mi tío Carlos y en su apartamento sobre la avenida Independencia, qué sé yo; la cuestión es que había habido una cumbre de ministros en San Pablo, Brasil, y yo escribí San Telmo, y así salió, en papel satinado e impreso a cuatro tintas. Lloré toda la tarde –sí, solía ser muy exagerada– hasta que el director le sacó peso al asunto con una sonrisa y un “qué cagada te mandaste, flaca”. Así, aprendí tempranamente que no podía confiar en mí como tipiadora. Tenía que andar con cuidado, como quien pisa campo minado, porque no cambiaba por cualquier palabra, siempre lo hacía con un criterio métrico y rítmico impecable, lo que volvía difícil encontrar el problema. Era la poeta del error. Hasta hoy me aterra. Y hasta hoy, por supuesto, la macaneo dos por tres.

Hace veinticuatro años que soy correctora, un oficio en el que me fui haciendo en redacciones de periódicos y que después me llevó a otros ámbitos editoriales. Ser correctora es tener un vínculo amoroso con las palabras. Sin embargo, aprendí que el error ocurre. Acecha. Que, por más que lo cerquemos y lo combatamos, insiste y se sale con la suya, para nuestro desconsuelo. Debo confesar que, después de tantos años, a veces el celo indoblegable de los inicios cede ante una postura más laxa, más permisiva. Pero ahí me veo, a veces, empeñada en librar batallas que ni el Quijote. Una de ellas: la fiereza ante la tendencia a sustituir verbos como “dirigir” o “recibir” a partir de los sustantivos relacionados “dirección” y “recepción”, que dan lugar a “direccionar” y “recepcionar”. Una vuelta de tuerca atroz, fea, innecesariamente compleja. Y mientras, obcecada, cambio “redireccionó” por “redirigió”, con rabia, como si me fuera la vida en eso, me siento un poco ridícula al darme cuenta de que hay un paradigma, de que ahí opera una comunidad de hablantes, de que es un cambio que ocurre dentro del sistema de la lengua.

La lingüista se rebela y se revela. Y me reconcilio con el amor por las palabras cuando recuerdo que hablar una lengua es amar una lengua. Como se impregnó en mí desde chiquita al maravillarme y, así como mis hermanas coleccionaban servilletas y mi hermano, todo tipo de cosas, yo coleccionaba palabras. Pienso que en eso tuvo que ver mi abuela Amanda –cómo no amar las palabras si tenés una abuela que se llama así: la que ha de ser amada–, que no era lingüista y fue hasta cuarto de escuela pero era una orfebre que atribuía adjetivos como “fané” y tenía detalles increíbles, de una belleza extraña, como la precisión para nombrar los colores: “heliotropo”, “alhucema”, “rosa viejo”, “herrumbre”. Una precisión que le venía de las manos impregnadas de anilina y de los ojos chiquitos puestos en el teñido, en busca de la perfección, del color imaginado.