Cuando el escritor ruso Eduard Limónov falleció el 17 de marzo en Moscú, los rápidos obituarios virtuales, que brotaron como hongos después del chaparrón, machacaron con su carácter polémico e incendiario, subrayando su condición de político extremista y su odio visceral al presidente Vladimir Putin. No faltaron las referencias a la exitosa novela Limónov, que el francés Emmanuel Carrère publicó en 2011 y que convirtió al artista guerrillero en una suerte de leyenda recargada, de la que el propio Limónov fue el primero en distanciarse.

Aunque fue un poeta de cierto renombre, autor de celebradas novelas (Soy yo, Édichka; 1979; Historia de su servidor, 1981; y Diario de un fracasado, 1982, entre otras) y colaborador destacado en diversos periódicos, muchos obituarios prefirieron centrarse en su condición de fundador y dirigente del Partido Nacional Bolchevique, o en controvertidos episodios de su vida política, como su apoyo voluntario a la causa de los serbios en la Guerra de los Balcanes (el cineasta Pawel Pawlikowski lo registró en 1992, acompañado por el líder serbobosnio Radovan Karazdic, disparando una ametralladora en Sarajevo).

Poco antes de su muerte, apareció en español un volumen de memorias de Limónov que, fiel a su carácter trashumante y ególatra, se diferencia bastante de las autobiografías de otros escritores. “Cada cosa tiene su tiempo, eso es todo. Hay uno para las tetas y los muslos de Maggie, reina de la cocaína, y otro para el fusil de asalto Kaláshnikov”, escribió en un pasaje de su libro más atípico quien un día vaticinó, sin éxito, que el día de su muerte sería de luto nacional.

La clave del agua

En el poema ‘Los ríos’ (‘I fiumi’), Giuseppe Ungaretti recorre su existencia en función de los ríos que lo marcaron. Así, en la traducción de Oreste Frattoni, leemos: “He repasado / las épocas / de mi vida. // Estos son / mis ríos. // Este es Serchio / del que saca agua / desde hace casi dos mil años / la gente mía campesina / y mi padre y mi madre”. Y a continuación: “Este es el Nilo / que me vio nacer y crecer / y arder de inocencia / en las extensas llanuras”. El poeta sigue nombrando los cauces fundantes –el Sena, el Isonzo–, volviéndolos a transitar con la memoria, “ahora que es de noche / que mi vida me parece / una corola / de tinieblas”.

Algo parecido emprendió Limónov en su volumen de memorias El libro de las aguas, pero a diferencia de Ungaretti, que comprimió su vida triste e inquieta en un manojo de versos por un puñado de ríos, Limónov no se contentó con tales corrientes de agua y les sumó mares, estanques, lagos, bahías, fuentes, lluvias, huracanes y hasta baños y saunas. La consigna de contar su vida en función del flujo de las aguas que la atravesaron fue otra de las tantas empresas abordadas por el escritor y revolucionario, que en la presentación no duda en definir el volumen como una mezcla entre el Diario de Bolivia del Che Guevara y las Memorias de Giacomo Casanova.

Desde la cárcel

Cuando en 2011 Carrère publicó la novela Limónov, volviendo al personaje mucho más conocido en Occidente, hacía rato que Limónov, nacido en 1943, venía metiendo suela por varios continentes, lejos de su Dzerzhinsk natal, entreverándose en revoluciones, fundando partidos políticos, redactando panfletos, publicando libros y padeciendo, además, palizas, burlas y temporadas en la cárcel. Justamente en la prisión moscovita de Lefórtovo fue donde escribió el libro que acá se comenta, mientras aguardaba ser juzgado bajo la acusación de crear un grupo armado y preparar un levantamiento en Kazajistán. Los dos años y medio que permaneció confinado en Lefórtovo fueron especialmente fructíferos para Limónov, ya que además de El libro de las aguas redactó otros nueve manuscritos.

Sin cuadernos de apuntes a los que recurrir ante la duda, sólo con el prodigioso mecanismo de la memoria, en este libro que la editorial española Fulgencio Pimentel ha publicado con cuidada factura Limónov repasa una serie de sucesos claves en su condición de escritor, revolucionario, político, hijo y marido, en estrecha relación con el vital y líquido elemento. La estructura del libro refuerza su condición atípica en la prescindencia de un orden cronológico, ya que en vez de emprender el relato ordenado desde su nacimiento en 1943 hasta el presente de la escritura (2001), los caprichosos saltos temporales le dan forma a un objeto de aristas variadas, como un cubo chino operado por manos falsamente torpes.

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Desde sus años como mayordomo de un millonario en Nueva York, a finales de la década de 1970, que le permitieron auscultar las aguas del río Hudson, hasta sus 14 años de residente en París, donde recorrió el Sena de punta a punta; desde su época en Roma, cuando comprobó que la Fontana di Trevi es una especie de obra de fontanería oxidada y resbaladiza, que tiene mejor pinta en las postales, hasta sus baños semanales en un establecimiento de la calle Masha Poryváyeva, en Moscú, en 1968, cuando los sueños de escritor se empeñaban en no concretarse y debía ganarse el pan recurriendo a su oficio primigenio, como sastre, El libro de las aguas muestra a un Limónov contradictorio y cambiante, mucho más humano que el personaje construido por Carrère y por algunas de las semblanzas publicadas en los días siguientes a su muerte.

El libro muestra, además y por sobre todo, a un escritor poderoso, que hace del detalle un punzón del estilo, y que nunca pierde el tono de disgregación que hace a cualquier espíritu trashumante, como cuando al llegar a Abjasia, en las costas del mar Negro, se maravilló por “sus cipreses petrificados, enraizados en templos antiguos, la sencillez de sus piedras y la delicadeza montaraz de su comida. Los vinos densos y la salsa de agracejos, con la que los magos persas, e incluso el mismo Zoroastro ignícola, solían untar la carne de cerdo desde la antigüedad. Los patriarcales abjasios me gustaban hasta tal punto que nunca los interrumpía, y de todo aquel tiempo sólo recuerdo lo que decían ellos, nada de lo que decía yo. En realidad, esa es la conducta que se espera de un trotamundos”.

El ego

Página tras página, río tras río, el narrador de El libro de las aguas afianza su impronta aventurera, reflejo de una larga vida inquieta, sin abandonar el impulso de un elemento clave en toda su biografía: el ego. Ante Limónov no hay editor que le diga que no a cualquiera de sus disparatados proyectos literarios, ni mujer que no caiga prendada ante sus encantos. Además, en un pasaje se aboga ser el iniciador de una nueva escuela de periodismo de guerra y en otro, tras contar una recorrida por el Jardín de las Tullerías hasta dar con el sitio donde se emplazó la guillotina, no puede evitar contar la muerte de Luis XVI pero refiriéndose a cómo relató él mismo el episodio en otro de sus libros.

La clave del gesto ególatra para emprender cualquier acto de la vida le llegó a Limónov muchos años atrás, cuando mendigaba en Nueva York, cubriéndose con un abrigo encontrado en la basura. Tarde en la noche, minúsculo paseante apátrida bajo el reflejo invertido del World Trade Center, se sintió de golpe un hombre inmenso. Y escribe: “Escrutar el lejano horizonte es muy saludable para la vista y para los delirios de grandeza. Si quieren un consejo, y sin profundizar demasiado: ¡mimen sus delirios de grandeza! Hagan lo posible para cultivar todo aquello que los distinga de los demás. No les hace falta alguna acabar confundiéndose con toda esa aburrida gentuza”. Este libro demuestra que Limónov lo ha logrado.

Fragmentos

Mar Blanco / Severodvinsk

“[...] Seguimos adelante; el venenoso y tibio viento industrial del mar Blanco apestaba a sulfuro de hidrógeno. Era aquel un panorama putrefacto, brumoso, con bosquecillos húmedos de arbolado bajo y vastas estepas negras de hierbas altas, plomizas y pestilentes. Pareció apoderarse de mí una profunda añoranza de la vida ascética, de la congelada moral de los apóstoles, y me fui quedando rezagado. Aquel era el lugar adecuado para excavar una cueva y salir con una vieja red barredera a las hundidas orillas. Y caminar un buen rato por el caldo gris del mar. Y dejar caer a su hora la red barredera. Par quedarse en la cueva ante un fuego de leña húmeda, ahumando pescado, pensando en lo Eterno, en Dios bajo la forma de un paisano de cuerpo blanco y enjuto. ‘Tenéis el alma llega de gusanos’, como dejó escrito el protopapa Avvakum”.

Mi riachuelo, el Járkov

“[...] En aquellos años, la playa Zhuravliovski era ni más ni menos que la playa de la ciudad. Es probable que lo siga siendo. Lo curioso es que cerca de la playa había una curtiduría, y las bellezas de la ciudad, deseables y desdeñosas, se bañaban en un agua teñida a ratos de un rojo acastañado, o de un marrón verdoso, que apestaba a productos químicos. Es verdad que la sociedad de aquella época no estaba tan bien informada con respecto a la ecología como la de hoy en día, y que la gente seguía bañándose allí, refunfuñando y profiriendo juramentos. A lo sumo se quejaban los buceadores de lo complicado que les resultaba bucear y de que les escocían los ojos”.

El Moscova

“[...] ¿Dónde encaja en todo esto el Moscova? Cada 7 de noviembre, convertidas en vapor, sus aguas suelen ascender a los cielos, ya que bajo el puente no acaban de congelarse del todo. Aguas llenas de mierda, a las que van a dar los hirvientes chorros de toda suerte de vertederos. Siguiendo con la vista el curso del río, se alcanzan a ver la rechoncha y hortera catedral de Cristo Salvador, la ridícula estatua de Pedro el Grande, obra de Zurab Tsereteli; las aguas inmundas y degradadas. El río Moscova no inspira nada, no produce emoción alguna. Es un extraño cementerio de aguas muertas, de orillas sucias y grises, incrustado en mitad de la ciudad. Venenoso como el mercurio”.

El libro de las aguas, de Eduard Limónov. Traducción y notas de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea. Madrid, Fulgencio Pimentel, 2019. 354 páginas.