Cuando llegó a Montevideo, Fabián Severo (Artigas, 1982) sintió la necesidad de decir algo que sólo podía hacer en su lengua más urgente: lejos de su casa y su familia, apeló al portuñol y procesó el hallazgo. Y así como lo ensayaron otros autores (Saúl Ibargoyen, Agustín R Bisio), desafió a un dialecto esencialmente oral, a una lengua menospreciada y negada, y la convirtió en una seña de su escritura.

Tanto en sus poemarios Noite nu norte (2010), Viento de nadie (2013) y NósOtros (2014), como en su primera novela, Viralata (2015), Severo instalaba la necesidad de un recuerdo, mientras reelaboraba una búsqueda de identidad, marcada por la soledad. Así, su obra se volvió una clave para comprender el devenir cotidiano de la frontera, los desplazamientos del hambre y la pobreza, en una sucesión de microrrelatos que proyectan escenas y personajes, e infinitas atmósferas concéntricas que conquistan la historia.

En su última novela, Sepultura, Severo vuelve a confirmar su capacidad para establecer certeras polifonías, hallando una secreta armonía entre lo aparentemente irreconciliable: el mundo de los muertos y el presente de los vivos. Los murmullos, las voces de los silenciados, del pobrerío, van coreografiando la transmisión oral, la circularidad del recuerdo, los pliegues de la experiencia compartida.

Así como el Comala, de Pedro Páramo (1955), el pueblo Sepultura sabe a desdicha. Es el “esqueleto, lo que sobra, el resto”, después de haber vivido los desmanes y la seca del río, después de que el Estado silenciara a los niños y los muertos, desapareciera a los rebeldes y construyera un muro, maldiciendo el futuro. Para el narrador, Sepultura es un armario de voces, “unas piedra onde se graban historias. Un espejo de lembrança. En este pueblo no sirven las cosa que usted quiso embolsar. Acá só serve escuchar”.

Un viejo se encuentra con una muchacha, le cuenta estos retazos de cuchicheos y relatos, y a medida que va registrando el vaivén del olvido, el atropello y la censura, evidencia el poder de la palabra. “Las voz, la escuela, el silencio, la revuelta, el incendio, y despós lo posteriormente... Policías, metralletas, botas derrumbando puertas, y los hombre desapareciendo. Vinieron los diario, un presidente, un discurso en la plaza, y otra vez la escuela, nuevita pero de fierro. Trajeron a otras maestra, con las mano más pesada, los colmillo más filoso, los oído más tapado”. Él es la voz del pueblo agonizante que denuncia el flagelo, la mentira repetida. Es el triunfo de la memoria sobre las omisiones y los fantasmas. Es el que logra quebrantar el viejo orden de los dueños de la tierra: a aquellos explotados, sin ánimos de revuelta, hoy les devuelve su historia.

Sueños de ficción

“Hace unos años, soñé que una compañera me mostraba su pueblo, que era un típico pueblo del interior, con la carretera al medio, casas de un lado y cementerio del otro. Y lo que me llamaba la atención era que en la puerta del cementerio había una fila de cortejos esperando para entrar. Cuando en el sueño le preguntaba a mi amiga por qué había tantos entierros, me despertaba”, cuenta a la diaria Severo. En ese entonces sólo anotó el sueño, pero durante años caviló en torno a esta imagen. Hasta que, hace un tiempo, cuando iba por la ruta 30 rumbo a Artigas, pasó por un pueblo llamado Sepultura (“aunque en el de la novela es imaginario”, aclara), y supo cómo nombrarlo.

“Después, vi una entrevista a una muchacha que, como podía perder la memoria, llevaba un cuaderno en el que anotaba su historia. En ella descubrí a uno de los personajes de Sepultura. Después, el proceso implicó ingresar a la cabeza de un viejo que está sentado en una esquina de un pueblo de frontera, y comenzar a escribir los fragmentos.” A priori, quería que el libro comenzara con “escuchar” y concluyera con “decir”. Sabía que lo central era la palabra, la narración. “Al igual que con Viralata y Noite, lo que hice fue escribir fragmentos sueltos que de pronto comenzaron a cobrar vida. Y a medida que escribía, iba surgiendo el resto; esa gente que no se sabe si está muerta o viva, o muerta en vida.”

Desaparecidos

Si en su obra anterior Severo instalaba la emergencia del recuerdo, de construir pertenencia, en Sepultura incorpora una serie de secuestros y desapariciones, que arrasan con las voces disonantes. “Su abuelo quiso mejorarnos y lo desparecieron”, le dice el narrador a la muchacha, antes de preguntarse, “¿dónde están los que están en ningún lado?”.

“Como hijos de la historia, surgieron naturalmente”, dice el autor, y agrega que, durante la escritura, cuando la escuela y las maestras del pueblo le prohíben a los niños que escuchen a los muertos, “la única respuesta posible era que los padres incendiaran la escuela. Y cuando lo hacen, la escuela regresa con tanques y militares, y desaparecen los que participaron del incidente”.

Foto del artículo ''

A medida que avanza la historia, estas referencias adquieren otras dimensiones: “Hay un tema simbólico: quise trabajar sobre el poder de la palabra y de la narración; vos no existís si no contás tu historia. Quería trabajar esto, pero también dónde están las voces de los que no están en ningún lugar. Esto se vincula a los desaparecidos simbólicos, que es ese estado intermedio de los muertos en vida; esos que están vivos pero en realidad están muertos, y no cuentan para nadie.” Esta reconfiguración consolida un proyecto creativo que analiza la magnitud de la memoria, y da cuenta de los alcances de la experiencia, de un vivir periférico y postergado.

De pronto, en Sepultura, algo tan íntimo e individual como la muerte se vuelve un susurro colectivo. El narrador, como Virgilio, nos guía por los círculos de ese mundo polvoriento y seco (uno de los epígrafes de la novela corresponde a la Divina comedia, “Torpe gente, que nunca estuvo viva”), sosteniendo varios hilos de una trama que amplifica sus resonancias. Extiende su influencia en las sombras, como si hubiera regresado de esa otra dimensión, y decidiera hablarnos del improbable sueño de estar vivo.

“Quería reconciliarme con la idea de la muerte”, plantea Severo, luego de que en Viralata abordara la muerte de su madre. “Un día”, recuerda, le vino una frase, “la muerte es un día, el amor, todos los días”. Y en base a este concepto fue “tejiendo la novela, el seguir escuchando las voces, seguir hablando con nuestros muertos. La importancia de mantener la memoria; éste es otro de los aspectos que quise trabajar. Los caciques de la tribu, con los que antes se iba a hablar para que te relataran la historia, para que te transfirieran el legado narrativo. Recordar de dónde venimos”.

“Siempre parece que mañana”

Dice que la voz y los recuerdos del narrador vienen y van, que “dice y se desdice”. Algo de esto sucede al comienzo del libro, cuando se advierte cierto reproche al “no poder luchar por falta de tiempo”. “Reprocha porque a él le sucedió eso de estar encerrado trabajando, y cuando se dio cuenta ya era tarde. Varias veces, a lo largo del libro, hace mención a eso: en su pueblo la gente pasa diciendo que va a hacer muchas cosas pero en verdad no hace nada. Ese juego de defender en público lo que no se hace en la vida privada... Hay una denuncia en ese sentido. En un momento, dice, 'nosotros éramos más que la maldad, la rodeábamos, y sin embargo, nos quedábamos detrás de una cortina'. Ahora podríamos decir, 'nos quedamos dando un 'me gusta'. [Zygmunt] Bauman la llama 'la rebeldía sin dientes', ya que, cuando nos indignamos con algo, lo que hacemos es twitear.” Diluirnos en el miedo de perderlo todo.

“Hay cierto reproche al no hacer”, observa. “Ahora, en la cuarentena, se vive mucho esa idealización del tiempo, de la falta de tiempo. Porque ahora se tiene más tiempo pero tampoco se hace nada. El narrador lo reprocha porque le sucedió, pero cuando se dio cuenta ya era tarde. Y hace ese juego con los jóvenes.”.

Referentes

Entre los murmullos y los fantasmas, la migración forzada, los explotados y los dueños de la tierra, los pobres sin ánimo de revuelta, ¿qué tan presente estuvo la obra de Juan Rulfo? “Es uno de los escritores de mi vida, pero nunca pensé en hacer algo similar a Pedro Páramo; no lo tenía presente. Lo que me sucedió fue que, de repente, empecé a dudar si mi narrador estaba vivo o no, y lo mismo con los demás personajes; por eso alcanza esa hibridez”.

En esa línea, Severo reconoce la referencia de Milton Fornaro, a quien le dedica esta novela. Y cuenta que el autor de La madriguera ha tenido una gran importancia en su “vida literaria”: “Cuando terminé Viralata, lo leyó y corrigió mi esposa, Laura, y enseguida se lo mandé a Milton. Cuando terminé Sepultura, siguió el mismo recorrido. Pero, esta vez, él me hizo una sugerencia que tomé en cuenta, porque la primera versión incluía un portuñol que casi sólo yo podía entender. Y enseguida lo modifiqué”.

Rumbo de frontera

Sepultura, ¿termina "enllenando de memoria"? “Es difícil hablar de lo que uno escribe porque no tiene distancia, pero quería que la historia fuera un canto al poder de la palabra y de la narración. Al hecho de que nosotros sólo nos encontramos cuando le contamos nuestra historia a alguien, y esa persona nos escucha y, a su vez, nos cuenta la suya. Sólo nos podemos encontrar a través de las palabras. Y en un mundo en el que las palabras están casi censuradas, en el que todo es emoji, ese encuentro se vuelve complejo.”

Reconoce que, antes de asumir esta puesta, él ya reivindicaba la memoria de su barrio, de su familia, de la frontera. “Me gustan unos versos de Gilberto Gil que dicen, 'Bahia ya me dio / regla y compás'. La frontera ya me dio el rumbo, y por eso yo mismo trazo mi camino por el mundo. Este es un canto a la memoria, a los viejos, a la experiencia. Pero, en unas de las capas de lectura, también quise hacer una alegoría del acto de escritura; eso del tipo que escucha muchas voces e intenta traducirlas. De la dificultad del acto de escritura. Un juego en el que el narrador le habla a la muchacha pero también al lector. Termina diciendo, 'espero que usted recuerde estas palabras mucho mejor de lo que yo las dije', por eso, comencé con escuchar y con decir, porque creo que es todo sobre la palabra: sobre hablar y escuchar.”

Tal vez algún día surja, como una voz de entre los muertos, una variante de esta historia. Y mientras algunos estén ensimismados y absortos, como si nada tuviera sentido, les impida perderse en un “costado marchito, un hueco deshabitado, un error en el límite de la cerrazón”.

Sepultura, de Fabián Severo. Montevideo, Ediciones de la Canoa. 2020, 140 páginas.