“No hubo resistencia, heroísmo ni remordimientos”, intuye el narrador de Cuarteto (2007), una de las últimas novelas de Hiber Conteris, antes de advertir un gesto crucial: “Apenas la actitud resignada y banal con que los seres que se saben mortales y por lo tanto vulnerables se someten a veces a lo inevitable”. Ayer, a los 86 años, su autor se enfrentó a lo ineludible. Tal vez replicando el conjuro con el que exorcizaba las torturas durante la dictadura haya recitado aquellos versos de La Ilíada que lo salvaron de la locura, mientras reescribía, en su mente, 162 estrofas (“[cuando] me daban unas palizas brutales, yo estaba pensando cómo rimaba el cuarto verso. Me ausentaba totalmente”, contó décadas después).

Conteris fue una figura central que desarrolló una prolífica y destacada obra, y protagonizó recordados sucesos de la historia reciente, como cuando a fines de 1976 fue detenido por el régimen militar, luego de ser obligado a bajar de un avión, cuando estaba a punto de escapar del terror (y ese instante es, justamente, el que evoca en Cuarteto).

En aquel momento ya había publicado tres novelas: Virginia in Flashback (1966), Cono Sur, premiada en el concurso del semanario Marcha en 1963, y El nadador (1968). Pero también era el responsable de la exitosa puesta teatral El asesinato de Malcolm X (1969), una obra que obtuvo una mención en el premio Casa de las Américas, además de haber sido el debut en las tablas del Negro Rada, que, como recordaba Conteris a la diaria, tuvo una participación “extraordinaria”, y llegó por recomendación de Federico García Vigil (que falleció a fines de mayo), a quien atribuía gran parte del éxito de la pieza, ya que además de convocar a Rada, compuso la música y creó una orquesta de jazz que tocaba en vivo durante la puesta. Como cierre, el gobierno de Jorge Pacheco Areco les entregó el premio del Ministerio de Educación y Cultura a la mejor obra de autor nacional (además de recibir el Florencio).

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También, antes de la detención, había desarrollando una intensa actividad periodística en Marcha, donde colaboró ocasionalmente con la sección cultural, ya que sus trabajos se centraron en lo político: en el semanario publicó recordadas entrevistas, como las que realizó al mexicano Carlos Fuentes o al político e intelectual dominicano Juan Bosch mientras se vivía la ocupación estadounidense en ese país.

Había estudiado en Montevideo, en Buenos Aires y en París, a donde llegó becado a mediados de los 60. Allí se formó en sociología de la literatura con personalidades como Roland Barthes y Maurice Duverger. En el encuentro con la diaria reconoció que Barthes y esa época lo impactaron muchísimo: al llegar se encontró con Las palabras y las cosas, que recién había publicado Michael Foucault, y comenzó a acercarse a figuras efervescentes, como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Claude Lévi-Strauss.

De Paysandú al Cerro

Conteris nació en Paysandú en 1933 y a los dos años su familia se vino a Montevideo, porque su padre consiguió trabajo en uno de los grandes frigoríficos del Cerro (Swift). Allí, fue a un jardín de infantes de la iglesia metodista, de la que fue miembro activo, en el marco de la teoría de la liberación. Cuando jugaba en las inferiores de Rampla Juniors y la economía familiar se empezó a complicar, se propuso concentrar todos sus esfuerzos en tener un buen desempeño como futbolista, pero su hermana terció y fue a hablar con el pastor metodista. “Le expliqué cuál era la situación en casa, y él ofreció mandarme a un colegio metodista que estaba en Ramos Mejía, y que tenía un internado masculino. Ahí terminé lo que se llamaba el Colegio Nacional, que fueron dos de los mejores años de mi vida, y al regresar a mi casa se volvía a presentar la misma situación inicial. En ese momento me ofreció ir a un seminario en Buenos Aires casi en las mismas condiciones. Como ya me había empezado a interesar por la filosofía, tomaba unos cursos en el seminario de teología e historia de la iglesia protestante, pero también hacía la Facultad de Filosofía y Letras, de forma simultánea. Cuando me gradué en las dos instituciones me vine a Montevideo e hice la Facultad de Humanidades [y Ciencias], cuando todavía no existía la Licenciatura [en Letras]”.

MLN

Cuando volvió a Uruguay, en 1968, comenzó a tener contacto con el Movimiento de Liberación Nacional (MLN). Ese mismo año, El asesinato de Malcolm X ganó una mención en Cuba (la obra se escribió en 1968 y se estrenó en 1969) y él decidió ir a un congreso literario que se organizaba en la isla. Cuando llegó, le ofrecieron quedarse un tiempo más para que pudiera ser jurado del premio de teatro, y como Conteris ya se había acercado al MLN, pidió extender su estadía para poder recibir instrucción militar. “El congreso estaba dividido en varias secciones temáticas”, contaba. “En la misma sección –presidida por Julio Cortázar– estábamos junto a Mario Benedetti, Idea Vilariño y Manuel Claps. Allí conocí a Arlette Elkaïm, la hija adoptiva argelina de Sartre, con quien establecimos contacto. Como en aquel momento no se podía viajar a ningún país latinoamericano desde Cuba, y había que hacerlo vía Europa, me invitó a quedarme en su casa en París. Finalmente fui, y allí conocí a Simone de Beauvoir y a Sartre, quien en ese momento llevaba una vida política muy activa, ya que eran los inicios de lo que luego fue la revolución del 68”.

En 1970 se desvinculó el brazo armado del MLN y se fue a Francia, decidido a escribir su tesis sobre la sociología de la nueva novela latinoamericana. Cuando volvió, se enteró de que a la editorial Arca le habían confiscado todos sus libros y que estaba requerido. Lo detuvieron el 2 de diciembre de 1976: estuvo tres años en el Batallón de Caballería 4, y cinco en el Penal de Libertad.

Allí se dieron varias paradojas. Una de ellas es que, ni bien llegó, pasó a encargarse de distribuir la comida en el quinto piso. Contaba que cuando se acercó a una celda y fue a “servir el rancho a un chico recién llegado”, le dijo: “Aunque sea una ironía, bienvenido al penal, yo soy Hiber Conteris”. En ese pequeño instante de epifanía, el compañero dejó el plato, fue hasta el fondo de la celda y volvió con un ejemplar de El nadador, que estaba en la biblioteca del penal.

Le gustaba recordar que allí había “un equipo al que le permitían formar una especie de radio”, en la que transmitían noticias por la red de altoparlantes que rodeaba el penal. “Confeccionábamos un boletín con recortes de diarios previamente censurados. Pero además teníamos tres tipos de audiciones de música: tango, a cargo del Cristo Miguel Ángel Olivera; música clásica, por el famoso pianista Miguel Ángel Estrella, que había tocado para la reina de Inglaterra; y un programa de jazz, dirigido por mí. Hay una anécdota de Miguel Ángel Estrella que es formidable: cuando la reina de Inglaterra, para la que él había tocado, se enteró de que estaba preso y que estaba perdiendo la digitación, solicitó por intermedio de la UNESCO hacerle llegar un teclado mudo para que pudiera practicar. Entonces de noche él se sentaba en el inodoro de la pieza y se imaginaba una partitura cualquiera y la tocaba. Un día el soldado que custodiaba abrió la celda y le preguntó qué estaba haciendo. ‘Estoy tocando el piano’, le respondió. ‘Pero eso no suena, no es un piano’, le dijo el soldado. Pero Miguel Ángel le dijo: ‘Yo lo oigo’. El soldado le preguntó si le habían permitido entrarlo y él le confirmó que estaba autorizado. ‘Pero, ¿quién se lo mandó?’, siguió el custodia, y él le respondió: ‘La reina de Inglaterra’”.

Luego de estar nueve años preso, fue liberado el 10 de marzo de 1985. Al poco tiempo fue designado miembro de Amnistía Internacional y comenzó una gira por varios países, hasta que lo volvió a sorprender una nueva embestida. “Me había ido en mayo, y en agosto me anunciaron la muerte de mi hijo [en la guerrilla de Nicaragua]. Me fui a Nicaragua, pero llegué tarde al funeral porque no tenía visa. Como mi hijo había muerto en un enfrentamiento con los contras, financiado por el gobierno de [Ronald] Reagan, no quise volver a Estados Unidos y me vine a Montevideo. Ése fue el período más crítico de mi vida: tuve que hacer terapia, tratamiento psicoterapéutico, no tenía trabajo ni dónde vivir. Entre un suicidio real o un suicidio simbólico, acepté la invitación para dictar un seminario en Estados Unidos, donde me quedé hasta 2006”.

Entre sus últimos trabajos teatrales, en 2005 escribió la obra Onetti en el espejo, a partir de las entrevistas que María Esther Gilio (interpretada por Paola Venditto) le hizo a Juan Carlos Onetti (a cargo de Walter Reyno; uno de los últimos grandes papeles de su vida): en el teatro Circular, la sala 2 estaba repleta de cigarrillos apagados, y la obra comenzaba casi a oscuras mientras se escuchaba la voz de Onetti y se confirmaba el mito.

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Publicaciones

Con sus compañeros de celda, se vinculan diálogos y estímulos de muchos de sus libros. Por ejemplo, su homenaje a Raymond Chandler, El 10% de tu vida (1986), lo escribió a partir de una apuesta con el Cristo Olivera. “Yo comencé a leer novelas policiales por su influencia. En la biblioteca nos permitían pedir dos libros por semana a cada uno, así que yo leía los de él y él los míos. Ahí comenzó una suerte de discusión sobre el carácter especial que tenía la novela policial y por qué atrapaba a los lectores. ‘Si yo quisiera escribir una novela policial, lo haría’, le dije. Ahí comenzó la apuesta, que fue por una caja de cigarrillos”.

Luego publicó La cifra anónima (1988), un volumen de cuentos que también escribió durante su reclusión, y que recibió el premio Casa de las Américas; Round Trip. Viaje regresivo (1998), sobre un uruguayo que recorre Europa tratando de descifrar un misterio, y, entre otras, El séptimo año (2011), novela que fue una de las seis finalistas del premio Dashiell Hammett. En su obra, indagó en las anomalías, los vaivenes de los intelectuales, la vorágine del exilio. Pero también exploró a fondo las excentricidades, la etapa de iniciación de un motoquero, los giros incomprensibles de la vida.

De hecho, algunas variantes de la línea narrativa que concibió en Cono Sur y Virginia in Flashback (1969) se pueden rastrear en algunas obras posteriores. Ese es el caso de Round Trip, que si bien se centra en el viaje interior del protagonista, a medida que la historia avanza se sucede una sugerente hibridez de géneros, ensayos, reflexiones. Él encontraba que incluso en Virginia in Flashback había digresión política. “Lo ensayístico está más desarrollado en unas que en otras [obras]. En Round Trip está, sobre todo, cuando en un capítulo [Franz] Kafka comienza a hablar de la literatura universal, y también en Oscura memoria del sur”, una novela de 2002 en la que escribió por primera vez sobre su experiencia en la prisión y la tortura.