Lo más mainstream del cómic estadounidense siguen siendo las historietas de superhéroes, que desde hace décadas (¡ocho!) plantean diferentes versiones del conflicto entre el bien y el mal, manteniendo vivos a los héroes de la mitología clásica con nuevos uniformes de colores brillantes y spandex.

Estos títulos suelen estar bajo el control de los editores, que responden a altos mandos y ordenan a los equipos creativos seguir tal o cual camino hasta el siguiente crossover de verano, donde “nada volverá a ser lo mismo”. Aunque estas promesas se rompen de manera más veloz que una locomotora.

Un poquito hacia afuera de esa correntada superheroica se encuentran las producciones de las editoriales importantes (DC, Marvel, Image, Dark Horse, IDW), que dejan las capas de lado para contar otra clase de historias “de género”. En algunos casos los guionistas y los dibujantes también son comisionados y en otros son dueños de sus propiedades intelectuales. Es común ver nombres saltando del primero al segundo de los grupos y viceversa.

Conforme nos alejamos de este centro y entramos en eso que podríamos denominar indie, aparece una mayor variedad en la forma de contar las historias, desde la escritura y el dibujo. Los artistas tienen completo control de sus creaciones y manejan volúmenes de venta pequeños, con seguidores fieles.

Como ocurre en otras disciplinas, el mainstream realiza periódicamente vuelos de exploración a los rincones oscuros de la industria. A veces recluta talentos con sensibilidades adecuadas y formas de trabajar compatibles, y en otras simplemente los invita un rato a jugar con sus chiches, para luego pedirles un taxi y enviarlos de nuevo a la periferia.

De antología

En 2001, DC Comics publicó Bizarro Comics, una antología en la que decenas de creadores (más o menos) indie-pendientes realizaron cómics cortos usando personajes de la editorial. Figuras conocidas en sus círculos se unieron a otras que tenían chapa, pero cuyos nombres uno no esperaría junto al Hombre Halcón, la Mujer Maravilla o Kamandi, el último niño en la Tierra. El resultado final fue realmente disfrutable, cosechó premios y mereció su propia secuela cuatro años más tarde, titulada Bizarro Worlds. Con una calidad sensiblemente menor, de todas formas es recomendable.

Todo experimento que resulta en un universo de superhéroes tarde o temprano “inspira” al de la vereda opuesta. Y fue así que entre 2009 y 2011 Marvel editó otras dos antologías, Strange Tales y Strange Tales II, con una premisa similar y el mismo derroche de talento marginal faltándoles el respeto a los personajes más famosos.

Revival ochentero

El año pasado, ese tiempo que parece haber ocurrido hace una década, se publicaron dos miniseries que reclutaron a un par de talentosos creadores de historietas que no suelen jugar en las Grandes Ligas. Curiosamente, ambos títulos estaban relacionados con dibujos animados de los años 80.

De un lado tenemos G.I. Joe, la franquicia de “hombres de acción” que tuvo su auge con la serie animada que se emitió en Estados Unidos de 1983 a 1986. Estuvo acompañada de una historieta que profundizó la historia de este escuadrón especial que luchaba contra Cobra y se publicó durante muchos años después de que el programa dejara de emitirse.

Del otro lado tenemos una propiedad intelectual que siempre fue vista con sorna por tener una calidad inferior a la de su competencia (los Transformers), pero que en Uruguay caló hondo, porque el que pega primero pega dos veces. Los Go-Bots también eran robots que cambiaban de forma y peleaban entre buenos y malos con nuestro planeta de fondo, pero con una calidad que dejaba bastante que desear, salvo que fueras un niño.

La Isla del Sol

Michel Fiffe es conocido por ser el autor de COPRA, un cómic que homenajea al Escuadrón Suicida de DC Comics, con personajes similares a los que protagonizaron ese título en los años 80, cuando era guionado por John Ostrander. Lo editó durante años en forma independiente, encargándose de los guiones, el dibujo, el rotulado y hasta el envío de los ejemplares, aunque actualmente es publicado por Image.

En G.I. Joe: Sierra Muerte, Fiffe lleva al universo de los famosos soldados los elementos más característicos de su obra: dibujos hermosamente garabateados, una caligrafía que sólo se puede amar u odiar y muchos enfrentamientos con armas o a puño limpio.

La acción ocurre en una isla bananera apenas mencionada en las historias originales, y en tres numeritos todo comienza, se desarrolla y concluye. El autor se encarga de que haya espacio suficiente para decenas de personajes y se produzcan enfrentamientos clásicos, como Snake Eyes versus Storm Shadow y el juego de poder entre el Comandante Cobra y Destro.

El tomo no deja mucho más que la satisfacción de ver a Fiffe controlando a los Joes por un rato e incluye algunos ensayos que solamente buscan subir la cantidad de páginas. Pero es ineludible para los seguidores de este artista.

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A Asimov no le gusta esto

Del lado de los robots transformables, su regreso desde el limbo fue mucho más entretenido. Detrás de Go-Bots (la miniserie) se encuentra Tom Scioli, de quien recomiendo especialmente la serie Gødland, con guiones de Joe Casey, y la delirante maxiserie Transformers vs. G.I. Joe, con guiones de John Barber.

Al igual que en el ejemplo anterior, los editores (ambas son licencias en manos de IDW) permitieron que Scioli se manejara a sus anchas, llenando cada página de una cantidad increíble de viñetas, casi como si fueran storyboards de una animación.

La historia, que no para un segundo, comienza en un mundo en el que los Go-Bots no son más que máquinas creadas por la raza humana para servirla. Como suele ocurrir por más esfuerzos que hagan Isaac Asimov y sus leyes de la robótica, los simpáticos electrodomésticos terminan esclavizándonos a todos. Pero eso es sólo el comienzo.

El dibujo de Scioli, que parece hecho con lápices de colores en hojas marrones, es perfecto para la historia que cuenta, que recuerda a Westworld y también a 2001: odisea del espacio, sobre todo después de algunos giros de la trama que la dejan en la estratósfera de la imaginación.

Si te acordás, si tenés el álbum, si lo tiraste cuando creíste que habías madurado y años más tarde lo compraste de nuevo en Tristán Narvaja, este tomo es para vos.

G.I. Joe: Sierra Muerte. De Michel Fiffe. 2019, IDW. 104 páginas.
Go-Bots. De Tom Scioli. 2019, IDW. 128 páginas.