Iris Alejandra Maldonado (Puerto Rico, 1979) y Fabricio Estrada (Honduras, 1974) están casados, ella tiene un par de libros publicados en su país y él, una decena, algunos traducidos a varios idiomas. Fue una idea de Gustavo Wojciechowski, editor de Yaugurú, reunirlos en un libro bífido: un único libro con dos tapas, y sin contratapa.

Son dos obras sin relación, al menos, aparente, y comparten el uso del verso libre. Cuando se avanza en la lectura, las diferencias son evidentes, desde el estilo –ella, más despojada, él, más barroco– hasta el tono: ella, más confesional (la poesía habla del poeta); él, más social (el poeta utiliza a la poesía).

El abismo silba una canción de vaqueros es un libro líquido. El agua, la lluvia, las lágrimas, la transpiración, la sangre y hasta el “vómito de Dios” lo empapan. Una mujer lo escribió: la voz femenina abre el libro utilizando como alegoría al personaje histórico romano Valeria Mesalina. El erotismo que lo caracteriza se mantendrá como rasgo distintivo en varios textos de las siguientes páginas (“siendo agua / recorrí hombres peces”). El padre –mencionado en varias ocasiones– y otras figuras familiares ocupan un lugar central en la constitución de la identidad del Yo poético (“una vez quise ser / lo que mi padre / quiso que fuera / amo a mi padre / me esclavicé”). Maldonado es abogada y a veces recurre a imágenes jurídicas en sus títulos y versos (“estudio legal”, “legítima defensa”), mientras la cuestión puertorriqueña se hace explícita: “Es de tierra este país / que nunca será mío, es solo fosa, / tumba de años / y de mis muertos”. Mientras que a veces se unen lo familiar y lo nacional: “a nadie se le ocurrió ser poeta / y escribir la constitución propia / a todos soldados / con un himno prestado por las estrellas”.

Un libro líquido, entonces, sobre una mujer herida: “qué más da si llueve / aquí hay sudor / adoración / una mujer y cicatrices / que se ofrecen a un dios / con los ojos abiertos”. Instala una sensación de obra incompleta, ya que faltan textos y elementos para terminar de decodificar una posible historia, lo que se explica al saber que este libro es parte de una obra mayor, que la poeta ha ido construyendo bajo el mismo título.

Curiosamente, el mejor resumen del libro me parece el único (y bellísimo) poema en prosa, titulado “Whitmaniana”: “Cómo saber la hora en que debe morir mi canción. El momento preciso. Tal vez muera pequeña tras su orgasmo. Cómo saber si mi salud es perfecta. He sangrado tanto. Me han penetrado tanto. Todavía no me han hecho la vida. Sostengo el aliento. Lo sostengo dentro porque probablemente es lo único puro que me queda. Tengo treinta y dos años. La muerte no me intimida. Me intimida cantar”.

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Osos que regresan a la radiactiva soledad de Chernóbil fue escrito por un poeta tan hondureño como cosmopolita, y así se presenta desde la apertura del libro (“Les hablaba del país que tenemos”). Chernóbil es la mayor metáfora de la acción humana, a la que regresará varias veces a lo largo del poemario, en el que recurre a la ironía para abordar los más diversos temas, y a múltiples referencias que están a mitad de camino entre eruditas e información random: noticias, personajes, diferentes sitios, incluyendo un par de referencias a Uruguay, mientras que Honduras se presenta como un país desigual, que nació torcido y fue mal regado: “Escupimos / y del charco brotó un árbol muy feo”. Lo religioso también aparece, en general para ser criticado (“Yo también he cenado con un sacerdote aristocrático y racista”), pero también puede ser un medio para tomarse con humor el programa espacial indio: “Un astronauta de 12 brazos / debe meter complicaciones inusitadas / Un astronauta con cabeza de elefante / ha de traer dolores de cabeza a los diseñadores del casco”.

A propósito, recurre con frecuencia a los animales para protagonizar sus textos, como los osos de Chernóbil, el gato Negro, el elefante Klao, entre otros. En uno de los pasajes mejor logrados, Estrada, que actualmente vive en Puerto Rico, retrata bellamente una anécdota sobre el terrible huracán que azotó al país recientemente: “Enorme vinilo el cielo / hace un ruido de diamante roto”.

Una idea central atraviesa todo el poemario, y sugiere que somos niños (“Nacer y jugar sin descanso con un disfraz que nunca te quitas”) inocentes e indefensos, con riesgo de quedar ciegos o mudos frente al poder de las grandes máquinas, “como si Chernóbil tuviera puerto”, o ese avión, para “volar licuando pájaros en mis turbinas”. La existencia es una “ofrenda votiva de una tristeza primitiva”, y si a Maldonado le intimida cantar, a Estrada le preocupa más lo que viene después: “la vida cantada que siempre pierde su apuesta / con la calavera”.

En síntesis, un libro doble, un matrimonio poético que convive con sus diferencias: dos voces, una forma de acercarnos a la poesía.

El abismo silba una canción de vaqueros y Osos que regresan a la radioactiva soledad de Chernóbil. De Iris Alejandra Maldonado y Fabricio Estrada. Montevideo, Yaugurú, 2019. 76 páginas.