Ubicado sobre la avenida Joaquín Suárez, en la zona del Prado, el Club Colonia convocó durante buena parte de las noches de enero a más de un centenar de personas que se arrimaron a pispear en qué andaba una de las murgas legendarias de nuestro carnaval. Allí ensayó Patos Cabreros, que cuando se aproxima a cumplir 100 años (fue fundada en 1927) regresa a la fiesta de Momo con ganas de pisar fuerte.

El conjunto no salía desde 2019 y para este carnaval reunió a un seleccionado de murguistas que de entrada la colocan como una de las aspirantes a las primeras posiciones. Además de la figura del Canario Ricardo Villalba, la base es la de Asaltantes con Patente, que en las últimas cuatro ediciones del concurso ganó dos veces y en las otras dos obtuvo el segundo premio. Álvaro Denino, Matías Bravo, Agustín Pittaluga, Lucía Rodríguez y el director Pablo Riquero, son algunos de los que han compartido elenco en estos años y repetirán la experiencia en los Patos.

A ellos se suman Maximiliano Pérez, que está a cargo de los textos y la puesta en escena, pero que no subirá al escenario, y Luis Ortiz, que desde la cuerda de primos y con intervenciones en los cuplés será una de las piezas clave en el desarrollo del espectáculo 2026. Sobre cómo se fue amasando la propuesta, la exigencia de salir en un título grande y el vínculo con las temáticas de hoy, la diaria habló con Ortiz, un murguista imprescindible.

¿Por dónde va la historia de Patos Cabreros este año?

El espectáculo se llama Sin dudas y sobre esa base nos vamos preguntando cosas que van sucediendo en el proceso en el que estamos. Aparte del salpicón, que es lo más clásico, está el cuplé de la masculinidad, en el que abordamos las formas de vincularnos con las mujeres y con nosotros mismos. También hay algo que toca el concepto de la felicidad: esa necesidad de estar bien por la que, en eso de estar bien, no nos permitimos transitar otras emociones, como la tristeza, la angustia, etcétera. ¿Dónde surge esto de tener que estar feliz todo el tiempo? Hay algo instalado ahora.

¿Cómo se eligen los temas que entran en el repertorio?

Hay un núcleo que Maxi [Pérez] lidera, si bien este año se incorporó un poco después. Él organiza la información que anda en la vuelta, nos consulta a varios, después de todo ese recorrido con la murga y con su entorno hasta definir los temas. Luego va probando en cuál de ellos la murga se halla más plena y también trata de encontrar la forma más significativa de contarlo, que no es fácil. Puede fallar por pila de lados. Claramente hay una visión de llegar a dar al mejor espectáculo y que resulte lo más auténtico posible.

Da la sensación de que la exigencia es muy alta…

Nos exigimos, sí. El estándar de trabajo es alto; no termina cuando llega la letra y no termina cuando queda la puesta en escena. Hay todo un proceso de ajustes en el final, minuto a minuto, nota a nota, parlamento a parlamento, para que la historia esté bien contada y cantada y que la narrativa sea bien clara en cuanto a lo que queremos expresar. Las variables son infinitas: desde hacer un silencio para que funcione un chiste hasta la actitud para cantar determinada parte. Es esta la etapa [los últimos ensayos] en que se empiezan a cruzar todos los ejes de trabajo.

Ya la conocemos por lo que hace arriba del escenario, pero ¿cómo definirías vos a Lucía Rodríguez?

Es una leona. Una referente muy fuerte. En primer lugar, porque tiene una sensibilidad impresionante, es muy despierta a lo que sucede en su entorno. Además, habita el personaje de manera estupenda, tiene tremenda escucha. Y aparte es una compañera que va al frente y te sostiene. Eso no es menor, porque podés ser muy bueno técnicamente, pero hay aspectos que tienen que ver con lo vincular que, si no se dan, yo entiendo que es mucho más difícil encontrarte con la tarea. O sea, ella tiene un recorrido más profesional. Yo soy amateur, básicamente porque el 90% de mi experiencia artística tiene que ver con el carnaval. Entonces, si no está eso de lo emocional, técnicamente no encontrás de dónde agarrarte para construir un personaje.

Tuviste escuela Sayago y ahora estás en murgas más Unión. ¿Qué sentís hoy en día acerca de tu presente en el carnaval?

Estoy copado, aunque a veces paso por momentos de angustia en los procesos de aprendizaje. Yo tengo casi 50 años y la memoria no es la misma que a los 20. Trabajo todo el día, tengo a mi familia, es todo más difícil. A su vez, uno se va poniendo más exigente. Pero estoy en una barra que es de una exigencia que busca un resultado significativo, que nos mueva más allá del concurso en sí. Tener un buen espectáculo, cantarlo bien, con músicas que nos gusten. Se habilita el deseo. Si el deseo es parte de la cosa, es mucho más fácil.

He sido muy afortunado por haber sido parte de la escuela de Sayago en mis comienzos. Yo sabía algo de música, pero ellos me formaron. Mi familia iba al tablado, no es que estaba en cero, pero tampoco era algo que yo estaba buscando. Así que cuando llegué lo aprendí de manera distendida, sin prejuicios. Fueron las bases. Hoy, más de diez años después, me encuentro con un desafío enorme. El partido se juega en otro lado de lo que se jugaba en aquella época. Me acuerdo de que antes llegaba el texto, se hacía la puesta, pero no se amasaba como ahora. El ensayo hoy es un amasar permanente entre la música, el texto y la interpretación. Mucho más exhaustivo. No sé si decir que se ha profesionalizado, pero sí que han venido de otras disciplinas a contribuir con el perfeccionamiento del género.