Es de familia carnavalera, se acercó a los tablados a través del Encuentro de Murga Joven –integró A Toda Costa y ¿Quién le Pegó a la Perra?– y este año se consagró bicampeón en el concurso oficial por partida doble: con Doña Bastarda en la categoría murgas y como figura máxima del carnaval. Es la segunda vez en la historia que una persona es condecorada con esa mención dos años seguidos; lo había logrado Miguel Pendota Meneses en 1983-1984 con los parodistas Los Gaby’s.
Este año Sibes volvió a tomar las riendas del espectáculo e interpretó a Artigas en Patria o tumba. Fue un carnaval intenso y difícil para la murga, que siguió apostando por subirse al escenario a cantar y a encontrarse con la gente.
A días de haber finalizado el concurso y con algunas presentaciones todavía por delante, Sibes dialogó con la diaria sobre este carnaval, la relación con el público y su vínculo con la fiesta popular.
¿Cómo encararon el proceso de trabajo durante 2026 después de la victoria del año pasado?
Se sentía la responsabilidad de poder hacer un espectáculo que estuviera a la altura, que nos cerrara lo que queríamos decir, lo que queríamos reflejar arriba del escenario. Tuvimos la idea de hacer determinado espectáculo sobre el éxito y nos empezó a quedar un poco cáscara, poca profundidad. No nos convenció. En determinado momento apareció la idea de la patria, buscamos un personaje central y nos gustó mucho Artigas; llegamos a Patria o tumba bastante convencidos de que cerraba la idea y de que era lo que queríamos decir. Hacer algo que nos guste y sea coherente con lo que pensamos va a volver a ser el desafío para 2027.
Encarnás un Artigas poco convencional.
Estaba bueno humanizarlo. Entendemos que hay tantos Artigas como nos imaginemos; nos parecía divertido mostrar el lado B y pensar cómo sería Artigas en el mundo de hoy, esto de que le guste Temu o cante canciones de trap. Uno para romper algo primero lo tiene que conocer, así que estudiamos bastante la figura de Artigas y la historia en sí. No queríamos abordar la figura del prócer como el prócer, sino mostrarlo como cualquier hijo de vecino, con sus luces y sus sombras. Era un riesgo, pero terminó siendo un acierto y nos llamó la atención la cantidad de gente que se copó con el personaje, entre ella niñas y niños que capaz que a la hora de estudiarlo lo encaren con otras ganas.
¿Ha cambiado tu relación con el carnaval desde que arrancaste?
Sí, se transformó mucho. Los primeros años yo lo vivía como un hobby. Después esa responsabilidad fue mutando. La gente te empieza a esperar, uno lo vive con otra ansiedad. Empecé a escribir en la murga, tomé el rol de dirección artística y eso te implica que estás todo el día pensando en la murga porque hay que resolver cosas, hay que conseguir elementos, hay que tener reuniones. Hoy en día, en mi rutina, sobre todo desde noviembre hasta marzo, necesito dedicarle muchas horas a la murga y lo hago con un placer enorme. La responsabilidad con que uno lo vive es más grande.
Se habla del impacto del concurso y de la profesionalización en la esencia del carnaval. Con todos estos cambios que relatabas, ¿seguís sintiendo la ilusión del principio?
Sí, sí, la ilusión, los nervios, la ansiedad, el dolor de panza, no dormir la noche anterior. Todo eso sigue igual que el primer día. O esto de estar todos los días pensando “a este tablado ya fuimos varias veces, quiero llevar un chiste nuevo” y estar todo el tiempo refrescando cosas. A veces llego cansado porque son muchos tablados o tuve un día malo, pero cuando se sube la murga yo me transformo. Es un estado en el que me identifico y en el que soy muy feliz. Lo vivo con la misma adrenalina de cuando recién arranqué.
Te reconocieron por segundo año consecutivo como la figura máxima del carnaval. ¿Qué significa para vos esta mención?
Es enorme. Me pasaba que en algún tablado había gente que se me arrimaba y me decía: “Tendrías que ganar la figura máxima de nuevo, pero no te la van a dar porque ya te la dieron el año pasado”. Si bien sentía mucho fervor en la gente, creía que no iba a volver a suceder. Después te dicen: “Esto no pasaba desde hace más de 40 años y le pasó a Pendota”; te ponen en el mismo renglón que artistas de trayectoria inmensa y digo “ah, loco, es un montón”. Lo transito sin que me caiga la ficha todavía, es muy grande.
La Bastarda metió cientos de tablados. ¿Qué repercusión tuvo el espectáculo en los escenarios, que son tan variados?
En todos hubo una enorme repercusión. Nos pasaba en los barrios que terminaba el saludo de la murga y yo aparecía como el personaje y la gente ya empezaba a aplaudir. Ahí identifiqué que a la murga ya la conocían y que a uno lo esperan. En todos los tablados hubo mucha risa, aplausos, los mensajes profundos llegaban, eran bien recibidos y los momentos de humor duraban; en los tablados populares fue donde el momento de Artigas cantando trap empezó a agarrar más cuerpo, y la única canción terminó siendo cinco, una atrás de la otra, un recital.
¿Creés que la decisión del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay, que inicialmente había declarado al espectáculo no apto para todo público y luego revocó esa calificación un día antes del desfile, influyó en la manera en que el público reaccionó?
Creo que la gente sintió que se habían metido con el carnaval o con el género murga. La murga es de la gente. Uno ve a la Bastarda como algo muy casero, muy familiar, pero con el tiempo la murga que es de uno y sus amigos se transforma en la murga de la gente. Se generó una cuestión de rebeldía y nos lo hicieron sentir. Fueron días difíciles por el revuelo mediático, el Parlamento, un montón de gente opinando sin contexto, pero después eso se acomodó y empezamos a disfrutar.
El mundo carnavalero reconoció el valor de la murga para seguir haciendo tablados y participando en el concurso luego del fallecimiento de Agustín Ríos. Imagino que no fue una decisión sencilla.
Tuvimos dos instancias, más que nada para acompañarnos en ese momento tan doloroso, y a medida que pasaron los días nos preguntamos si volvíamos o no. Entendíamos que era una forma de reconocer a nuestro amigo. Los primeros tablados nos costaron mucho, pero uno va entendiendo que somos murguistas y lo mejor que podemos hacer es eso: murga. Agustín es un gran amigo y un enorme murguista, un murguista de raza. La mejor manera de reconocerlo era ir para adelante. Ahora, en cada lugar que cantemos va a estar con nosotros. La Bastarda es un grupo de pertenencia muy grande, somos todos amigos, hay una simbiosis entre amigos, familias, parejas, todos nos queremos; es un verdadero refugio. En los fallos mucha gente se arrimó y nos acompañó desde su lugar, con cariño, entendiendo que necesitábamos distancia. Existe algo único y lindo con la gente, es un tremendo valor que tenemos y es una responsabilidad importante cuidarlo.