Así como el rock’n’roll, la ciencia es más una actitud ante la vida que la sumatoria del conocimiento generado mediante el método científico. Por eso, al leer en una publicación que divulga la ciencia un titular que rezaba “Una dosis diaria de bicarbonato de sodio mantiene a raya a la enfermedad autoinmune” uno tiene que hacer un equilibrio entre la capacidad de maravillarse ante el nuevo conocimiento y esa actitud que impone la duda como método y que obliga a buscar más información.

En el portal Future Science se dice que “Investigadores del Colegio Médico de Georgia tienen evidencia de que una dosis diaria de bicarbonato de sodio puede ayudar a que el bazo promueva un ambiente antiinflamatorio”. Pero luego los autores van más allá y sostienen que “esto puede se terapéutico para las inflamaciones causadas por enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoidea” y que “los resultados, publicados en el Journal of Inmunology, sugieren que el bicarbonato de sodio puede ser una forma segura y sencilla de tratar enfermedades autoinmunes en el futuro”. ¿Qué debe hacer uno? Primero, lo más sencillo: leer el artículo original de los investigadores publicado en la revista científica. Luego, consultar a un experto en el tema para que lo ponga en contexto.

Ratas al antiácido, periodistas a la hoguera

En el artículo científico los investigadores afirman que “testearon la hipótesis de que la administración oral de NaHCO3 [el bicarbonato de sodio tan comúnmente usado como antiácido] estimula las vías antiinflamatorias del bazo”. Al realizar su estudio con dos tipos de ratas (con las Dahl, que son hipertensas y sensibles a la sal, y con otras Spargue Dawley) a las que les administraron bicarbonato de sodio por vía oral observaron una “polarización de los macrófagos que cambió de la predominancia del fenotipo M1 (proinflamatorios) hacia los del tipo M2 (reguladores o prorresolutivos)”, al tiempo que determinados linfocitos T “aumentaron su presencia en el bazo, sangre y riñones de las ratas”. También hicieron experimentos en humanos, menos invasivos que los aplicados a las ratas, y observaron “cambios similares en la polarización antiinflamatoria de los macrófagos en la sangre de humanos que ingirieron” el bicarbonato por vía oral. Mediante otros procedimientos pudieron determinar de qué forma el bicarbonato de sodio producía este aumento de macrófagos antiinflamatorios (los M2): “Nuestros datos indican que la ingesta oral de NaHCO3 activa una vía antiinflamatoria del bazo y provee evidencia de que las señales que median en esta respuesta son transmitidas al bazo por medio una una nueva función similar a la neuronal de las células del mesotelio”.

Describir una vía de acción es ya un logro importante, y el artículo científico es valioso por ello. Sin embargo, los científicos por lo general son cautos, tanto en generalizar el alcance de sus descubrimientos como en vaticinar aplicaciones futuras. En la conclusión de su trabajo los investigadores son mucho más cuidadosos y marcan una diferencia con la cobertura periodística de su trabajo. Lo que los investigadores sí dicen es que sus descubrimientos “proveen un método práctico, económico y relativamente seguro de activar las vías antiinflamatorias del bazo en humanos”, por lo que “podrían tener un potencial terapéutico significativo para las enfermedades inflamatorias”. Es más, su artículo cierra con la siguiente frase: “Estudios futuros para testear la eficacia de la administración oral de NaHCO3 para limitar el daño en modelos de enfermedades inflamatorias se requerirán para determinar el potencial terapéutico de ese estímulo”.

Relativizando titulares sensacionalistas

Si bien al leer el artículo científico queda claro que el artículo periodístico exageraba un poco, siempre es bueno contar con una opinión calificada. Andrés Trostchansky, del Departamento de Bioquímica de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, integrante del equipo que estudia la esclerosis lateral amiotrófica (por más información ver http://ladiaria.com.uy/UTY), acepta comentar el trabajo de sus colegas sin esconder la grata sorpresa por su abordaje: “La verdad es que no tenía idea de este uso del bicarbonato como agente antiinflamatorio”, dice sonriente.

“La importancia del paper se basa en la activación neurológica relacionada con los procesos inflamatorios, que ellos llaman ‘la vía colinérgica antiinflamatoria’, que lleva a la producción de citoquinas antiinflamatorias y a la disminución de la actividad de las proinflamatorias que previenen la expansión del proceso inflamatorio hacia otros tejidos”, dispara Trostchansky. Sin embargo, nuestro investigador tiene algunos reparos: “En la conclusión dicen que sus datos indican que la toma oral del bicarbonato activa una vía antiinflamatoria esplénica –es decir, a través del bazo, que es el órgano donde los macrófagos pueden activarse y ejercer su función bactericida, por ejemplo– y provee evidencia de que las señales que median estas respuestas son emitidas al bazo por una función parecida a la de las neuronas de las células mesoteliales. Pero eso lo ven más que nada en ratas, no en humanos”.

Comentando las figuras y datos que están en el artículo científico, Trostchansky comparte que lo que no le queda claro del trabajo “es que hacen muchos experimentos en ratas, pero después cuando pasan a humanos no se extrapolan demasiado los resultados que obtuvieron en los roedores”. Para Trostchansky, el artículo genera algunas dudas, por ejemplo en las cantidades de bicarbonato consumido por las ratas o respecto del concepto de efecto prolongado luego de sólo cuatro días de tratamiento con bicarbonato. “Aquí lo que tenemos es una acción en un proceso de inflamación agudo. Me queda la duda de qué pasa con un proceso de inflamación crónico”, dice, y pone como ejemplo la diferencia de tratamiento cuando uno tiene acidez –y toma un antiácido– y cuando tiene gastritis. “En el caso de los humanos, el tiempo del tratamiento es de cuatro días”, dice, por lo que considera que quizá lo observado “es válido para un tratamiento para un proceso inflamatorio agudo, pero no para algo crónico”. “¿Qué pasa si en lugar de tres o cuatro días el bicarbonato se suministra por 14 días? ¿Se activan las mismas vías? ¿Las citoquinas circulantes son las mismas?”, se pregunta con genuina curiosidad.

Un gran aporte

“Este trabajo aporta bastante en la parte mecanística, en mostrar que el bicarbonato está afectando la vía colinérgica de activación de los macrófagos antiinflamatorios o prorresolutivos”, señala el investigador, y subraya el valor de un trabajo de este tipo: “Para los que hacemos ciencia básica, los estudios mecanísticos son sumamente importantes. Sin el mecanismo de acción nunca vas a lograr desarrollar, por ejemplo, el fármaco adecuado. Cuando hablan de ciencia aplicada muchos se olvidan de que para llegar a ella se pasó por un proceso de ciencia básica que la analizó y caracterizó el mecanismo de acción: qué parámetros seguir, qué biomoléculas aumentan o disminuyen, cuáles pueden ser tus blancos de acción o incluso, logrando enfocarte en el blanco y obteniendo el resultado deseado, saber qué efecto estás teniendo con tu intervención en el organismo por otras vías”.

Reconociendo todo esto, Trostchansky prefiere ser cauto a la hora de afirmar que este descubrimiento contribuya, con la información actual, a mitigar síntomas de procesos inflamatorios como la artritis: “En esta investigación observan el mecanismo por el cual actúa el bicarbonato, pero no qué pasa en animales que están cursando un proceso inflamatorio. Para comprobar si el bicarbonato podría usarse en el tratamiento de inflamaciones crónicas se requerirían estudios más amplios, con diferentes dosis de bicarbonato, sumado a diferentes grupos de control del tratamiento, por ejemplo, y más prolongados en el tiempo”. Para terminar, Trostchansky concluye que el trabajo de sus colegas “es el puntapié inicial para seguir estudiando el efecto del bicarbonato de sodio en un modelo un poco más crónico de proceso inflamatorio”. En eso coincide con los autores del artículo, y no sorprende: parte de la ciencia como actitud es su pretensión de tratar de hacer cada vez mejores preguntas.

Artículo: “Oral NaHCO3 Activates a Splenic Anti-Inflammatory Pathway: Evidence That Cholinergic Signals Are Transmitted via Mesothelial Cells”.

Publicación: The Journal of Immunology (2018).

Autores: S Ray, B Baban, M Tucker, A Seaton, K Chang, E Mannon, J Sun, B Patel, K Wilson, J Musall, H Ocasio, D Irsik, J Filosa, J Sullivan, B Marshall, R Harris y P O’Connor.