Del 27 al 30 de octubre se llevará a cabo la reunión anual de la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos; Uruguay es uno de los 26 países que votarán o no la creación de tres áreas marinas protegidas.

Octubre de 2020 puede ser la fecha que marque un mojón en la lucha por la conservación de la biodiversidad del planeta. Entre el 27 y el 30 de este mes se llevará a cabo, en forma online debido a la pandemia, la reunión anual de la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA). Entre los varios temas a tratar, estará la aprobación de tres áreas marinas protegidas en el Océano Austral, una en el Mar de Weddel, otra en la Antártida Este y la restante en la Península Antártica, zona en la que reside la mayor cantidad de bases y en la que se encuentran las dos bases científicas de Uruguay.

La anterior aprobación de un área marina protegida en la Antártida llevó unos cinco años –está ubicada en el Mar de Ross–, pero como sugiere un artículo recientemente publicado en la revista Nature, esperar cinco años para la aprobación de estas áreas es un lujo que la humanidad no estaría en condiciones de permitirse.

¿Qué es la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos?

La CCRVMA (sigla un poco difícil de pronunciar, razón por la cual los que están en el tema le dicen “cruma”) es un acuerdo internacional “establecido para proteger los recursos vivos marinos antárticos”, desde las enormes ballenas hasta al diminuto krill, pasando por peces, moluscos, crustáceos y cualquier otro organismo, “incluidas las aves”, por lo que abarca también a los pingüinos.

¿Por qué fue necesaria la creación de esta convención? Porque dondequiera que se deje libre al mercado, allí hará lo que sea necesario para obtener la mayor ganancia en el menor período de tiempo. La gestión ecosistémica de la pesquería busca poner límites que aseguren que las capturas no atenten contra el equilibrio trófico de los mares, el ecosistema y, de esa manera, tampoco contra la propia pesca. En otras palabras: se trata de salir del viejo esquema de pesca para hoy, hambre y desastre ambiental para mañana. Y en esa zona los ejemplos abundan.

Una publicación de la CCRVMA resume sucintamente la depredación en los mares antárticos: en 1790 se inició la caza de lobos finos antárticos y, cuando en 1825 algunas poblaciones parecían estar a punto de extinguirse, se pasó a hacer los mismo con los elefantes marinos y hasta con algunas especies de pingüinos; en 1904, mientras en Uruguay blancos y colorados se enfrentaban derramando sangre, lo que teñía la Antártida era la sangre de siete especies de ballenas; luego de que se prohibiera la caza de ballenas jorobadas en el Océano Austral, a mediados de la década de 1960, la sucedió la pesca de peces a gran escala, sufriendo algunas especies la sobreexplotación; también a fines de los 60 se comenzó con la pesca del krill (Euphausia superba), crustáceo del que ya en 1980 se capturaban unas 400.000 toneladas por año y que es el principal alimento de ballenas, muchos peces e, indirectamente, de pingüinos y de mamíferos carnívoros. Todo esta intensa actividad llevó a que en 1978 las Partes Consultivas del Tratado Antártico celebraran una conferencia sobre la conservación de los recursos vivos marinos antárticos. En mayo de 1980 se firmó en Australia la creación de la CCRVMA, que entraría en vigor en abril de 1982.

La CCRVMA está formada por 26 países miembros y diez estados adherentes. Quienes deciden qué pasa en los mares del continente blanco son Alemania, Argentina, Australia, Bélgica, Brasil, Chile, China, Corea, España, Estados Unidos, Francia, India, Italia, Japón, Namibia, Noruega, Nueva Zelanda, Polonia, Reino de los Países Bajos, Reino Unido e Irlanda del Norte, Rusia, Sudáfrica, Suecia, Ucrania, Unión Europea y un país que, pese a tener tres millones de habitantes, tiene dos bases en suelo antártico. Así es: Uruguay vota y decide qué pasa con los recursos marinos del continente menos afectado del planeta. La CCRVMA funciona con tres comités, uno científico, otro de ejecución y cumplimiento y otro de administración y finanzas. A fines de octubre tomará una decisión relevante sobre el futuro de la Antártida.

Lo que está en juego

En un comentario publicado recientemente en la revista Nature bajo el título “Protejamos a la Península Antártica (antes de que sea demasiado tarde)”, varias investigadoras de distintos países informan sobre la delicada situación que atraviesa esa zona de la Antártida e instan a la aprobación del área marina protegida.

Carolyn Hogg, de la Universidad de Sydney, Australia, y sus colegas, entre las que se encuentra la argentina Mercedes Santos, reportan que la Península Antártica “es uno de los lugares de la Tierra que se calienta más rápido”, alcanzando en febrero de este año temperaturas “récord de 20,75° C” y una “media diaria 2° C superior a la media de los 70 años anteriores”. También comunican que “la mayoría de los glaciares de la región están retrocediendo” y que en la primavera de 2016 llegaron “a su menor extensión desde que en la década de 1970 comenzaron los registros satelitales”. Como ven, es un tema candente. Pero hay más.

En las aguas de la Península Antártica se encuentra “70% del krill antártico del mundo, cuyas larvas se refugian en el hielo marino” y señalan que “la pesca intensa está agotando” parte del krill, que es “la principal fuente de alimento” de la región. “La pérdida del krill significa hambre para muchas especies”, desde las ballenas a los pingüinos, pasando por peces, aves y otros animales que se alimentan de ellos. La pesca de krill en el Océano Austral “ha ido en aumento durante décadas para satisfacer la creciente demanda de suplementos dietéticos Omega-3 y harina de pescado”, sostienen, y dan cuenta de que “en 2019 se capturaron casi 400.000 toneladas de krill antártico, la tercera captura de krill más grande de la historia”. Para colmo, más de 90% de ese krill se pescó alrededor de la Península Antártica. Meterse con el krill es afectar entonces no sólo la cadena trófica, sino poner en peligro al ecosistema antártico, ya estresado por el calentamiento global.

A eso debe sumarse el efecto del turismo. La Península Antártica “es la región más visitada de la Antártida”, habiendo pasado por allí más de 74.000 personas en 2019. Los barcos además contaminan con plásticos, aceites, combustibles y ruidos. “Entre 1981 y 2011, al menos 19 buques encallaron y vertieron petróleo”, sostienen. Por otro lado, hay que sumar que “la península tiene la mayor concentración de estaciones de investigación del continente” y puntualizan que 18 países, entre ellos Uruguay, tienen instalaciones científicas en ella.

Por esto alertan: “Medidas preventivas deben tomarse inmediatamente, en el mar y en la tierra”. Las investigadoras sostienen que “el primer paso es proteger los ricos mares alrededor de la Península Antártica” y señalan que la CCRVMA discutirá una propuesta para instalar un área marina protegida en la zona, y Mercedes Santos es “una de los investigadoras argentinas que lideran la propuesta”. “Los instamos a actuar ahora”, dicen, y si bien reconocen que “las negociaciones sobre la áreas marinas protegidas han sido positivas hasta ahora”, denuncian que “algunos miembros” de la CCRVMA “ignoran la ciencia y niegan las amenazas”, por lo que llaman a las naciones a “reconocer la gravedad de los riesgos y trabajar juntos para evitar retrasos que serían perjudiciales”. Para finalizar son contundentes: “La Antártida ha sido un faro de la diplomacia internacional, la cooperación científica y pacífica durante 60 años. La historia nos juzgará con dureza si no protegemos la última gran y única naturaleza salvaje del mundo”.

Un área marina protegida pensada desde el sur

Mercedes Santos es la directora nacional de Áreas Marinas Protegidas de Argentina e investigadora del Instituto Antártico Argentino, lugar desde el que desarrolló, junto con colegas argentinos y chilenos, el proyecto de área protegida para la Península Antártica. También es la representante argentina en el comité científico de la CCRVMA. Al llamarla responde de inmediato.

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“El proyecto de creación del área marina protegida en la Península Antártica surge dentro de la CCRVMA, no es una iniciativa de un país o de un grupo de países”, aclara. “En 2002 se decidió que era importante crear un sistema de áreas marinas protegidas en la Antártida. En ese entonces Argentina y Chile se propusieron liderar la propuesta del área para el oeste de la Península Antártica y el sur del Arco de Scotia”, rememora. En 2019, tras varios talleres internacionales, análisis científicos y técnicos, presentación de propuestas preliminares enriquecidas con paneles de expertos, de organizaciones no gubernamentales y de la industria pesquera, presentaron la propuesta final, que se considerará este año.

“El área propuesta tiene dos categorías de manejo distintas. En una zona, de protección general, no se permite la pesca comercial de krill. En la otra se puede realizar la pesca comercial de krill, que es algo que actualmente ocurre, pero asociada a un plan de monitoreo de investigación que permita tener indicadores de si la actividad pesquera tiene o no impacto sobre el ecosistema”, explica. La científica afirma que con estas protecciones no se busca que la pesca sea sustentable, es decir, que se pueda seguir desarrollando en el tiempo, sino que la CCRVMA prefiere hablar de “un uso racional, que es un enfoque más proteccionista, que busca que la pesquería no impacte ni en el ecosistema, ni en las presas ni en los predadores de ese recurso”.

Este enfoque racional, que no mira sólo la especie que se captura sino también a los animales que se alimentan de ella, es importante cuando se habla de krill. Porque en las aguas antárticas casi todos los animales comen krill o comen algo que se alimenta de krill. De hecho, Santos hace años que está realizando, junto con colegas argentinas, monitoreos de las colonias de pingüinos en la isla Rey Jorge, donde está la base uruguaya, que ella y sus compatriotas prefieren llamar isla 25 de Mayo (uno, que es republicano, también). En el documental La Península Antártica, emitido por National Geographic, Santos se lamenta de que el tamaño de las colonias de pingüinos de Adelia en la isla 25 de mayo se ha reducido en 70%. “No podemos decir que esa disminución se deba solamente a la pesca, pero sabemos que hay una suma de factores producto del cambio climático y de la concentración de la pesca que, juntos o por separado, impactan negativamente en las poblaciones”.

Se dice que el año pasado se pescaron unas 400.000 toneladas de krill, cifra cercana a los máximos de la década de 1980. Pero ese no es el principal problema: “Lo que se puede pescar ahora es un porcentaje bajo de lo que se considera que es la abundancia de krill”, dice Santos. “El tema es que, a diferencia de lo que sucedía en los 80, cuando los pesqueros tenían que buscar dónde pescar, hoy ya saben dónde está la mayor abundancia de kirll. Entonces en poco tiempo, en lugares muy concentrados, llegan a ese límite permitido de pesca”.

“Sería ideal que se avanzara en la aprobación de estas tres áreas marinas protegidas. Siento que a nivel global hay cada vez una mayor conciencia de la necesidad de establecer estas áreas, sobre todo a medida que vemos que los hábitats del mundo se están degradando”, dice Santos. La modalidad online y virtual de la reunión de la CCRVMA podría complicar ciertos contactos bilaterales necesarios para llegar al consenso necesario. “Entiendo que es un año difícil, pero para mí debería ser también el año del principio del cambio que necesitamos”, comenta la investigadora, esperanzada.

Viendo el documental, hay razones para ser optimistas: puede verse al presidente chileno, Sebastián Piñera, y al argentino, Alberto Fernández, de muy distinto signo político, abogando por la creación de esta área en la Península Antártica. “Ambos países entienden la importancia de la conservación antártica y la identifican como una prioridad, aunque tengan modelos políticos distintos”, reconoce Santos. “Suele resaltarse la rivalidad entre Chile y Argentina, pero este es un gran ejemplo de la cooperación que existe entre ambos países en temas antárticos desde hace muchos años. La Antártida es un gran ejemplo de cooperación. Allá nos cuidamos mutuamente”, remata. Ojalá la CCRVMA tome la decisión de cuidar, entre todos, el único continente que, por ahora, no pertenece a ningún país.

¿Qué votará Uruguay?

El oceanógrafo Óscar Pin, de la sección Recursos Antárticos del Departamento de Biología Poblacional de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara), es también el delegado científico de Uruguay ante la CCRVMA. Independientemente de la resolución que efectivamente tome el país –además de la parte técnica, cada país tiene representación política, en este caso la encargada es Lilián Silveira, del Ministerio de Relaciones Exteriores–, comenta, a título personal, que “Uruguay tiene una posición política histórica de apoyar la creación de áreas marinas protegidas en la Antártida, porque es el mejor instrumento legal para conservar el ecosistema antártico y, al mismo tiempo, los recursos vivos marinos antárticos”.

Dado que las reuniones de la CCRVMA este año se realizan en la modalidad online debido a la pandemia, comenta que los delegados científicos están tratando el tema de madrugada, ya que las reuniones se hacen con horarios de Australia. “Estamos trabajando en este tema, y la postura de Uruguay y de muchos otros países también es favorable a esas áreas. Lo que pasa es que las decisiones de la CCRVMA tienen que ser por consenso, y no todos los países lo dan”, afirma Pin. “El Comité Científico se va a reunir hasta casi fin de mes y va a dar una posición global técnica sobre las áreas marinas propuestas. Después será el turno del organismo político, la Comisión General, que decidirá si se aprueban o no. Desde el punto de vista científico, hay razones que fundamentan muy bien la creación de varias áreas marinas protegidas”.

Artículo: “Protect the Antarctic Peninsula –before it’s too late” (comentario).
Publicación: Nature (18 de octubre, 2020).
Autores: Carolyn Hogg, Mary-Anne Lea, Marga Gual Soler, Váleri Vásquez, Ana Payo-Payo, Marissa Parrott, Mercedes Santos, Justine Shaw, Cassandra Brooks.