Provocar una modificación en un estado de cosas, tal como lo ha hecho la pandemia de covid-19, constituye un recurso privilegiado para la producción de conocimiento. Esa es la esencia del método experimental: no sólo observar la naturaleza, sino ‘torcerle la cola al león’ para ver qué sucede, como proponía Francis Bacon. Muchas veces lo hacemos de forma deliberada, pero otras la naturaleza se encarga de hacerlo por nosotros. En estos últimos casos podemos aprovechar ‒como Einsten, con su eclipse de 1919‒ la oportunidad que nos brinda.

En un artículo publicado la semana pasada pusimos la atención en los modos de hacer inferencias para definir cómo actuar ante el riesgo sanitario. Pero existe un problema anterior: para encontrar las mejores razones que nos lleven a actuar en uno u otro sentido, debemos alcanzar algún grado de acuerdo acerca de la naturaleza de ese fenómeno.

Seguramente sean variadas las reacciones de un grupo de personas que se ve atacado por un perro en la calle. Pero generalmente todos sus integrantes concuerdan en que el evento supone un riesgo para la integridad física: que los perros muerden, que las mordidas producen daños en el organismo, que ese daño produce dolor, etcétera. Si no coincidieran en lo anterior, sus reacciones serían aún más variadas, llegando incluso a afectar negativamente –por su carácter contradictorio– las posibilidades de acción de cada uno.

Frente a la pandemia, no sólo pueden observarse modos distintos de razonar para afrontar el peligro, sino que existen diferencias de opinión, incluso respecto de si se trata o no de un peligro.

De la creencia dogmática a la duda sistemática

La pandemia es un estupendo medidor de la capacidad de una comunidad para fijar creencias. Una capacidad que no siempre tiene buen marketing en las sociedades contemporáneas.

Con la modernidad pasamos de un modo de conocer fundado en la creencia en las Sagradas Escrituras como fuente de toda verdad a la reivindicación de la duda como punto de partida de todo proceso cognitivo.

Dudar acerca de viejas verdades hizo posible el desarrollo de la ciencia que hoy conocemos. El derecho a la duda está implícito, por lo demás, en nuestros derechos civiles (libertad de opinión, libertad de expresión). Pero, junto a aquellos beneficios, el cultivo sistemático de la duda trajo sus propios males. Al mayor de ellos se lo conoce en el campo de la filosofía como nihilismo.

Creer para actuar

El apóstol Tomás exigió ver para creer. Diecinueve siglos más tarde, los integrantes del Círculo de Viena convirtieron aquel reclamo en piedra fundamental de la nueva ciencia. El derecho a la duda no adquirió en los positivistas lógicos, como tampoco en Tomás, la forma del escepticismo, sino que reivindicó la experiencia como justificación de la creencia.

Pero si la experiencia debe anteceder a la creencia, la creencia antecede siempre a la acción.

Toda actividad humana está fundada en la creencia. La afirmación involucra tanto las acciones cotidianas como los procesos más complejos de la ciencia y la tecnología. Esta fue una de las grandes preocupaciones del filósofo estadounidense Charles Sanders Peirce, a cuyos trabajos recurrimos en el anterior artículo para discutir las formas de razonar e inferir.

“La sola función del pensamiento es la producción de la creencia [...] La esencia de la creencia es el asentamiento de un hábito [...] Lo que el hábito es, depende de cuándo y cómo nos mueve a actuar”, dice Peirce en Cómo esclarecer nuestras ideas, de 1878.

Los argumentos en favor de la duda no pueden desconocer este hecho: cada acción humana, por mínima que sea, se encuentra fundada en una serie de creencias acerca de cómo se comporta el mundo (incluidas las demás personas y uno mismo).

La creencia en la vida cotidiana

Supongamos que me dispongo a dar un paso. Tengo frente a mí el piso sobre el que venía caminando. Al mover uno de mis pies dudo de si la baldosa sobre la que se apoyará será sólida, como las anteriores, o se hundirá y me hará caer en un abismo. O si me catapultará por los cielos. O si activará algún dispositivo que modifique el espacio-tiempo a mi alrededor. Puedo tener dudas también acerca de mis huesos: si soportarán mi peso al pisar esa baldosa, por ejemplo. Y sobre decenas de otros fenómenos que ocurren en el momento en que me dispongo a dar un paso. Si dudara seriamente acerca de sólo una de esas cosas, quedaría inmóvil.

Me dispongo a cruzar una calle cuando el semáforo cambia a verde. Pero dudo de si los coches detendrán su paso cuando su semáforo cambie a rojo. O si al cambiar el mío a verde, el de ellos cambiará a rojo o se mantendrá en verde. Sobreviene nuevamente la parálisis.

El carácter paralizante de la duda puede tener consecuencias positivas en algunas circunstancias. El lockdown espontáneo de marzo y abril del año pasado en Uruguay seguramente se pueda comprender mejor si, en lugar de recurrir a la hipótesis de la libertad responsable, consideramos la posibilidad de propagación de la duda (y el temor que comúnmente conlleva) respecto de la amenaza de propagación de un virus desconocido. Pero la duda es un estado del que, naturalmente (como veremos más adelante) nos queremos deshacer.

Para actuar necesitamos creer. Se podría argumentar que actuamos ‘como habitualmente’ porque creemos que el mundo se comportará ‘como habitualmente’.1

La creencia en la ciencia

Pero en la ciencia debemos dudar sistemáticamente ¿verdad? Todo lo contrario. La ciencia es una de las actividades humanas en que la creencia adquiere mayor relevancia. Un científico puede tener reparos respecto de la fiabilidad de un resultado experimental, pero cree en el método que lo condujo a ese resultado. Puede dudar de la interpretación de una medida, pero cree en la tecnología que permitió obtenerla. Puede discutir la significación de un coeficiente, pero cree en el modelo estadístico que la reporta. Puede dudar de la pertinencia de una hipótesis, pero cree en la teoría de fondo, a partir de la cual se formula. Y lo más importante: estas dudas que podríamos considerar de segundo orden se formulan junto con la especificación de los procedimientos para zanjarlas (para resolver el problema, por ejemplo, replicando el experimento), no para perpetuarlas.

Las dudas que se verifican en el campo científico ocurren típicamente sobre la base de creencias firmemente establecidas. Thomas Kuhn llamó a esto “ciencia normal”. Si los científicos dudáramos de todo, quedaríamos, como el transeúnte dispuesto a dar su siguiente paso, paralizados.

En la historia de la ciencia moderna, los momentos de duda acerca de lo sustantivo han sido tan fructíferos como excepcionales. Más allá del carácter heroico (toda empresa humana necesita héroes) de los aportes de un Einstein o un Darwin, casi toda la actividad científica se orienta a actualizar creencias. E incluso las dudas sustantivas de los padres de la física y la biología modernas se dirimieron gracias a la vigencia de creencias en cosas tales como la lógica experimental.

Imposibilidad de la duda absoluta

Dudar, dudar sustantivamente de todo en un lugar y momento dado, era para Peirce una empresa ya no infructífera, sino esencialmente imposible.

“Filósofos de muy diversas tendencias proponen que la filosofía establezca su punto de partida desde uno u otro estado mental en que ningún hombre [...] se encuentra realmente. Uno propone que comience dudando de todo, y dice que hay una sola cosa que no puede dudarse, como si dudar fuera ‘tan fácil como mentir’.2 Otro propone que deberíamos comenzar observando ‘las primeras impresiones del sentido’, olvidando que nuestras percepciones mismas son el resultado de la elaboración cognitiva. Pero en verdad no hay sino un estado mental desde el que se puede ‘comenzar’, a saber, el preciso estado mental en que uno en realidad se encuentra en el momento de ‘comenzar’; un estado en que se está cargado con una masa inmensa de conocimiento ya formado, de la cual uno no podría despojarse si lo quisiera”, dice Peirce en Qué es el pragmatismo (1904).

La duda absoluta no es sólo imposible como condición actual, sino como destino.

“¿Y qué es, pues, la creencia? Es la semicadencia que cierra una frase musical en la sinfonía de nuestra vida intelectual. Hemos visto que tiene justamente tres propiedades: primero, es algo de lo que nos percatamos; segundo, apacigua la irritación de la duda, y, tercero, involucra el asentamiento de una regla de acción en nuestra naturaleza, o dicho brevemente, de un hábito. Al apaciguar la irritación de la duda, que es el motivo del pensar, el pensamiento se relaja, reposando por un momento, una vez alcanzada la creencia...”, afirma Peirce en Cómo esclarecer nuestras ideas.

Variedad de creencias

Las acciones de un individuo dependen de la naturaleza (y la fuerza) de sus creencias. Pero lo que interesa no son los individuos sino las comunidades. Siendo así, el problema no es cómo fundamos la acción individual en creencias (esto es así, lo queramos o no) sino cómo fijamos creencias colectivamente. Tan poco práctico para un individuo resultaría dudar de todo, como para una comunidad no alcanzar acuerdos sobre nada. La acción colectiva depende del grado en que creamos, colectivamente.

Reinicio la marcha de mi auto cuando el semáforo cambia a verde, porque creo que es seguro hacerlo en esa circunstancia (así como consideré seguro detenerme cuando estaba en rojo), ya que creo que el conductor del coche que observo avanzar a mi izquierda comparte esas creencias conmigo.

En el ejemplo podría reconocerse sólo la congruencia de creencias en torno a una convención social (con roja nos detenemos, con verde avanzamos). Pero debe notarse que aquella adquiere sentido por la existencia de una confluencia de creencias sobre el mundo físico. Creo (como espero que lo haga el conductor que viene por mi izquierda) en algo del estilo de la segunda ley de Newton. Estimo entonces (como espero que el otro conductor también lo haga) de lo más inconveniente (dada la masa y la aceleración con que se desplazan nuestros respectivos vehículos) que entremos en colisión. La convención social (y la creencia compartida sobre ella) en este caso promueve una acción necesaria para evitar un perjuicio que ocurriría, de acuerdo a lo que ambos conductores creen respecto de algo en el mundo físico. La convención del uso de tapabocas en espacios cerrados, promovida para la contención de la pandemia, tiene el mismo carácter. Esta distinción nos permite clasificar argumentos en contra de su uso. Una cosa es cuestionarlo por tratarse de una acción poco efectiva para evitar el contagio de un virus peligroso. Otra es considerarlo una acción sin sentido porque no existe tal peligro.

Dos individuos que, de buena fe, sostienen creencias contradictorias, pueden orientar sus acciones de tal modo que ambos resulten perjudicados. Tanto como lo estarían dos individuos que se encuentran en el cruce de una calle, creyendo uno que es seguro cruzar en verde y el otro que lo es cruzar en rojo.

El método

Peirce, como otros de su generación, indagó sobre los mejores métodos para alcanzar acuerdos en este aspecto. En La fijación de la creencia (1878) examinó los que llamó método de la tenacidad, método de la autoridad, método a priori o metafísico, y método científico. Y llegó, como muchos de su tiempo, a la conclusión de que este último era el mejor para fijar creencias colectivas. Un método por el cual sometemos a la prueba de la experiencia nuestras creencias (hipótesis), de manera controlada y posibilitando que cualquier integrante de la comunidad replique el proceso. El experimento debe tanto su valor a la consistencia lógica del procedimiento (validez interna) como a su posibilidad de producir evidencia intersubjetiva (u objetiva, como se dice comúnmente).

Confianza

El método experiencial no está exento de problemas. Un individuo no puede participar en todos los experimentos necesarios para poner a prueba todas las creencias en las que funda su interacción con el mundo. Ningún individuo posee todos los conocimientos de fondo necesarios para llevarlos adelante uno a uno, ni dispone de los recursos para ejecutarlos. Y aun si los tuviera, el tiempo de su vida resultaría insuficiente para emprender tan gigantesca empresa. En este punto debe echar mano al que probablemente sea el recurso más importante de cualquier comunidad: la confianza.

La confianza es la argamasa del orden social. Si es cierto que las acciones se fundan en creencias (construidas a partir de la experiencia) y que cada interacción humana requiere algún tipo de acuerdo respecto de ellas (incluidas las que definen la mejor forma de dirimir diferencias), también lo es que los sistemas de creencias se sostienen en la confianza que tenemos acerca de los reportes de experiencia de otros seres humanos.

La ciencia, con sus elevados niveles de especialización y división del trabajo, se vale sistemáticamente de este recurso.

Creencia y confianza colectivas forman parte de un mismo mecanismo. La solidez de la creencia religiosa en la Europa anterior al Renacimiento fue acompañada de altos niveles de confianza hacia los intérpretes de la verdad sagrada (teólogos y sacerdotes). La crítica de la modernidad al dogma cristiano incluyó un cuestionamiento al exceso de confianza depositado por la comunidad en sus legítimos intérpretes. Exceso de confianza se asoció a autoritarismo y debilidad para desarrollar el pensamiento propio.

Pero así como no podemos dudar de todo, no podemos desconfiar de todo. Con excepción de los detectives y los terapeutas familiares, la desconfianza sistemática es un mal negocio para cualquier emprendimiento humano. Una cosa es proponer nuevos mecanismos para la producción (y actualización crítica) de creencias y de confianza. Otra, muy distinta, es desestimar el papel crucial que la producción de confianza tiene en el mantenimiento del orden social.

La pandemia nos permite observar problemas en este otro nivel: no sólo los grados en que se cree, de manera más o menos estable, en la naturaleza de un evento, sino cuánto se confía en lo que los nuevos legítimos intérpretes (biólogos, médicos, epidemiólogos) tienen para decirnos sobre el evento.

Los argumentos de quienes desconfían resultan también informativos acerca de sus causas. Veamos dos ejemplos.

Conspiranoicos

Parte de la desconfianza en el discurso oficial sobre la pandemia se funda en sospechas de conspiración. El virus ha sido desarrollado en un laboratorio chino, con el objetivo de afectar las economías de Occidente y propiciar así el avance del gigante asiático en la economía planetaria. O la propagación del virus es parte de un negocio de las farmacéuticas para comercializar sus productos y hacernos cada vez más dependientes de ellas. O son las corporaciones de la información y la comunicación quienes están detrás de esta pandemia, con el objetivo de controlar el comportamiento humano.

Antes de considerar lo disparatado de estas afirmaciones,3 es bueno notar que no existen grupos de unicornoicos (personas que creen que el virus fue diseñado por unicornios para dominar el planeta).

Escuché en una oportunidad una definición interesante de “paranoico”. No proviene de la psiquiatría ni de la psicología. Pero es interesante: paranoico es aquel que cree que está sucediendo algo que podría suceder.

En este mundo no suceden, más allá de las historias infantiles, unicornios. Pero suceden conspiraciones. Han sido denunciadas en el campo de la política, en el mundo empresarial, en la religión. Incluso en la ciencia.

Aunque la asociación entre aquellos acontecimientos y este virus no pudiera sostenerse empíricamente, que puedan proponerse como causas probables constituye una medida de la falta de confianza en las instituciones que buscan contener la pandemia.

Ciencia oscura

Mucho antes de que la física propusiera la existencia de la materia oscura y la energía oscura en el universo, la disciplina se había convertido en una ciencia oscura. Algo similar sucedió con la biología. Otras ciencias, con desigual éxito, han seguido ese camino.

Una forma de conocimiento que surgió con la esperanza de reemplazar el oscurantismo medieval por un método abierto y disponible a todos los humanos terminó convirtiéndose en un artefacto mucho más inaccesible para el común de la gente que cualquier tratado escolástico de Santo Tomás de Aquino.

¿Cuánto de necesario y cuánto de producción deliberada existe en esta regresión hacia la oscuridad?4 Por una parte es cierto que muchos sistemas de conocimiento, conforme se desarrollan, requieren mayor expertise a sus lectores. Por otra, muchos han identificado una tendencia a la abstracción (u otras formas de distanciamiento de la experiencia cotidiana) del discurso científico como estrategia para definir un campo sólo accesible a los expertos.

Sea cual sea la veracidad de aquellas y otras hipótesis, lo cierto es que el discurso de la ciencia biológica acerca de este virus (con sus spikes, sus ARNm y sus mutaciones) se encuentra muy lejos del campo cognitivo de buena parte de los integrantes de la comunidad. Por otro lado, la biología no puede recurrir, para legitimar su autoridad, a un acceso sobrenatural a la verdad revelada, como en épocas de la escolástica. No goza de los beneficios del fundamento metafísico, como aquella.

Como en cualquier asunto pueden buscarse culpables fuera de casa. La proliferación de las fake news, que utilizan una prosa científica para difundir falsedades, ha sido presentada como evidencia. Pero las fake news sólo pueden redactarse para generar dudas en un campo donde la duda (por falta de comprensión o de confianza) campea. ¿Alguien leyó alguna vez una noticia falsa acerca de que el sol no calentara o de que el agua no mojara?

El otro límite

A muchas personas se les está pidiendo creer en los argumentos de una ciencia que no comprenden, difundidos por instituciones en las que no confían.

Así como la incongruencia de creencias en un cruce de avenidas, en que uno de los conductores pensara que era seguro atravesar la calle en verde y el otro que era seguro hacerlo en rojo, produciría un perjuicio para ambos, la incongruencia de creencias sobre la naturaleza de la pandemia afecta tanto a quienes desconfían de la alianza científico-estatal como a quienes creen en ella. Los últimos son víctimas de los efectos indirectos de la propagación del virus.5 Los primeros, de los señalamientos.

Tampoco, creo, podrá resolverse con una campaña de comunicación ni con ninguna medida específica de gobierno. Parece más razonable considerarlo un límite. Uno que permita definir el campo dentro del cual pueden diseñarse políticas de salud pública con chances de éxito en el corto plazo. Y también tomarlo como oportunidad para conocer más acerca de nuestras dificultades para fijar creencias y producir confianza.

Hugo de los Campos es docente del curso de Epistemología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.


  1. Esto presenta dos problemas: en primer lugar, que algo haya sido siempre así no asegura que lo seguirá siendo. No existe experimento que pueda demostrar que el futuro se comportará como el pasado (se conoce a esto como el problema escéptico de la inducción, de Hume). En segundo lugar, todo aquel que haya terminado embarrado alguna vez al pisar una baldosa floja un día de lluvia podrá atestiguar que no siempre el futuro se ha comportado como el pasado. Y, sin embargo, creemos que no será así al dar el siguiente paso.  

  2. Peirce se refiere aquí a la duda cartesiana y parafrasea un pasaje de Shakespeare. Hamlet le pide a Guildenstern que toque la flauta para él. Luego de negarse varias veces, Guildenstern confiesa que no sabe tocar la flauta. A lo que Hamlet contesta: “Es tan fácil como mentir...” (Hamlet, Escena III, Acto 2). 

  3. No estamos considerando las hipótesis relativas a cómo los poderosos sacan el mayor partido de un evento natural. Esas no revisten mayor interés, porque constituyen una verdad analítica (la ventaja preferencial se encuentra en la propia definición de poder). No. Nos referimos a las hipótesis de producción deliberada del fenómeno, por parte de estados y corporaciones. 

  4. Me tomo la libertad de ajustar a estos fines la expresión regresión a la mediocridad, de Francis Galton, que dio inicio a la estadística explicativa. 

  5. Por más que ellos acaten las medidas de protección y distanciamiento, si otros no la acatan, los contagios seguirán produciéndose. En este estado de cosas suman a los perjuicios del cuidado propio (restricción de las interacciones, por ejemplo) los perjuicios del descuido ajeno (restricciones la atención de salud por patologías no covid-19, por ejemplo).