En los alrededores de iglesias antiguas, taperas, galpones y construcciones abandonadas del Uruguay rural –y no tan rural– puede verse a veces una extraña figura que merodea en las sombras y parece no tener paz. Suele llevar consigo una bolsa en la que guarda los restos de cadáveres que encuentra durante sus apariciones.

Cuando se siente satisfecha y la bolsa se llena, parte hacia otros lugares igualmente solitarios, donde hurgará entre los restos que otros considerarían demasiado repulsivos. En ocasiones la acompaña un sonido áspero y estridente, capaz de helarle la sangre a más de uno.

Sin embargo, no es esta un alma en pena que busca redención ni una visión fantasmal que emerge de las tumbas de las capillas. Es un mastozoólogo especializado y con un interés muy concreto: los bolos de regurgitación de un ave rapaz nocturna con mucho apego por las construcciones humanas, responsable de esos sonidos chillones que rompen el silencio nocturno.

El investigador no hurga entre los montoncitos de estos bolos alimenticios por tener algún fetiche con las regurgitaciones de aves. Busca en ellos algo muy valioso: los restos óseos de pequeños mamíferos que el ave expulsa tras devorarlos.

El animal que suele dejar estos bolos cerca de construcciones humanas sí que tiene el aspecto de una aparición salida de algún cuento gótico. Es blanco, de rostro perturbadoramente humano y muy silencioso en sus movimientos. Cuando vuela parece un pequeño fantasma recortado contra el cielo oscuro: es una lechuza de campanario (Tyto furcata), cuyo nombre común en estas regiones ya da pistas de sus preferencias habitacionales. En otras partes del mundo, su asociación con iglesias y cementerios le ha valido ser considerada un heraldo de la muerte y las desgracias.

El humano que suele recoger sus bolos, llamados también egagrópilas, es en este caso Enrique González, encargado de la sección Mamíferos del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN). Lleva unas cuantas décadas recolectando egagrópilas de esta lechuza en forma oportunista, cuando anda de recorrida por distintos rincones del país. Las busca en iglesias, galpones, cascos de estancia y puentes, pero también cerca de los sitios naturales donde anidan, como huecos de árboles y paredones rocosos.

Por quién doblan las campanas

Gracias al estudio de las egagrópilas, Enrique y otros especialistas han logrado comprender mejor la diversidad de micromamíferos (como roedores y pequeños marsupiales) que habitan algunas regiones del país, ya que la lechuza de campanario y otras rapaces cazan gran cantidad de estos animales, incluyendo algunas especies difíciles de encontrar para el ser humano. Pero la información que proveen los bolos es tan abundante que hay muchos datos que aún no han sido publicados.

Es aquí donde entra en escena la estudiante de Ciencias Biológicas Maryam Raslan, del Centro Universitario Regional Este (CURE). Maryam se interesó en el estudio de las egagrópilas luego de enterarse de que la bióloga Ivanna Tomasco, que se especializa en el estudio de tucutucus, buscaba colaboradores para analizar una muestra de bolos de lechuza recogidos por un investigador argentino en Colonia.

Fue Ivanna quien vinculó a Maryam con Enrique, con la idea de que el mastozoólogo la guiara en el estudio del contenido de esos bolos y descubriera si había entre ellos restos de tucutucu. Enrique hizo sin embargo una contrapropuesta. Como el número de egagrópilas recolectadas en Colonia era muy bajo, y era poco probable que hubiera en ellas algún tucutucu (no es una especie frecuente en la dieta de las lechuzas de campanario), le planteó a Maryam trabajar con material de egagrópilas de la colección del museo. Por ejemplo, bolos ya revisados pero cuya información no había sido publicada aún, correspondientes a puntos con una distribución geográfica interesante, que abarcara distintas ecorregiones y áreas protegidas.

El resultado de esta colaboración es un artículo recientemente publicado en el Boletín de la Sociedad Zoológica del Uruguay (BSZU), firmado por Maryam y Enrique, que describe la diversidad de micromamíferos en cuatro localidades con base en el estudio de egagrópilas, y que obtuvo varias conclusiones interesantes.

Enrique González y Maryam Raslan.

Enrique González y Maryam Raslan.

Foto: Mara Quintero

Jugar a los bolos

La lechuza de campanario no es la única ave, y ni siquiera la única rapaz, que regurgita parte de sus presas, pero se ha convertido en una aliada fundamental para los mastozoólogos, los investigadores especializados en el estudio de mamíferos.

Eso se da principalmente por dos motivos. “En primer lugar, es una especie fácil de encontrar. Si vas a un galpón viejo, a un campanario de iglesia o a alguna estructura industrial abandonada, por lo general la encontrás”, explica Enrique.

“En segundo lugar, porque al regurgitar bajo techo sus bolos se conservan mejor que, por ejemplo, los de otras rapaces nocturnas, como el ñacurutú, que vive en los montes y cuyas egagrópilas quedan entreveradas en el pasto, bajo lluvia o son arrastradas por el viento”, agrega.

La lechuza de campanario, además, tiene la ventaja de estar presente en casi todo el mundo, algo útil para estudios más globales. Si bien la que habita en América pasó a ser considerada una especie aparte recientemente, “dentro del género vos podés comparar los resultados del análisis de dieta en África y América, por ejemplo, o en regiones enteras”, acota Enrique.

Tal como aclara el artículo, esta lechuza se alimenta principalmente de micromamíferos, especialmente roedores y marsupiales. “Su actividad de forrajeo se desarrolla normalmente en un radio de entre tres y cinco kilómetros en torno a su refugio, por lo que las especies que aparecen en sus regurgitados pueden considerarse indicadoras, aunque con un sesgo, de la diversidad local”, señala el texto. Este sesgo es entendible. La lechuza no selecciona sus presas en forma representativa, como si fuera un encuestador que busca una muestra que indique con precisión las características generales de la población. Como especie tiene preferencia por algunas presas, que puede diferir además según cada individuo.

Los fragmentos óseos hallados en bolos de lechuzas tienen también la desventaja de que no permiten sacar conclusiones sobre la historia de vida de los animales, su reproducción o comportamiento, como sí ocurriría con otras técnicas de muestreo que obtienen ejemplares vivos. Aun así, usarlos para describir la diversidad de micromamíferos en una región determinada tiene muchos beneficios, además de la mencionada capacidad de estas lechuzas para encontrar especies elusivas. “Obtenés números de muestras muy grandes en comparación con otras técnicas. Poner trampas, por ejemplo, es más costoso tanto económicamente como por el trabajo que implica”, cuenta Maryam.

Bolo de lechuza de campanario con restos de micromamíferos.

Bolo de lechuza de campanario con restos de micromamíferos.

Foto: Mara Quintero

Las egagrópilas de lechuzas de campanario son tan instructivas que en el mundo existen empresas muy especializadas, como Pellets.inc y Pellet.com, que se dedican a proporcionarlas a las instituciones académicas que enseñan esta técnica. Se pueden comprar incluso por Amazon en paquetes de 15 unidades, como si fueran huevos.

“Además, con esta técnica no precisás retirar individuos de su ambiente ni afectar sus poblaciones, como ocurre con el trampeo, porque estás aprovechando un animal que murió naturalmente por depredación”, agrega Maryam. Aunque, aclara Enrique, los micromamíferos aparecen en tales cantidades en los ecosistemas que los investigadores que extraen algunos ejemplares difícilmente sean una amenaza para su conservación. “Dos hectáreas de soja plantada matan más micromamíferos que los que recoge un mastozoólogo a lo largo de una década”, comenta.

Con la ayuda inestimable de esta elegante lechuza de ojos oscuros, oídos súper sensibles y disco facial en forma de corazón, ¿qué descubrieron los investigadores sobre la diversidad de micromamíferos que habitan algunas zonas de Uruguay?

Complejo alfa beta gamma

Enrique y Maryam analizaron las muestras de bolos recolectadas en cuatro puntos de Uruguay: el cerro Arequita de Lavalleja, ubicado en el paisaje Serranías del Este; el parque Lecocq en Montevideo, que está dentro del Área Protegida con Recursos Manejados Humedales del Santa Lucía; el puente del kilómetro 329 de Durazno, donde se encuentra un extenso monte galería que bordea el río Negro; y la ruta 14 en las cercanías de Lascano, Rocha, en la unidad de paisaje Cuenca de la Laguna Merín.

Tras analizar todos los micromamíferos encontrados en los bolos recolectados, elaboraron una lista de especies para cada localidad y detallaron el número de ejemplares hallados de cada una. Calcularon el porcentaje de abundancia de cada especie en los sitios muestreados e identificaron las tres más consumidas para cada localidad. Además, con la ayuda de herramientas estadísticas estudiaron la diversidad alfa, beta y gamma de los muestreos, uno de los aspectos más novedosos del trabajo.

“La diversidad alfa es la cantidad de especies distintas que vos encontrás localmente en un solo sitio. La diversidad gamma es el total de especies que aparecen en tu muestreo, en este caso sumando los cuatro sitios estudiados. La diversidad beta es la diferencia de composición de especies que aparecen en los sitios, es decir, cuánto varía de un punto a otro”, aclara Maryam.

Identificaron en total 762 restos craneales correspondientes a 19 especies de micromamíferos y murciélagos. ¿Qué especies fueron más frecuentes?

“Las presas más consumidas entre todas las localidades fueron el ratón colilargo chico (Oligoryzomys flavescens), representado por un total de 228 individuos (30% de la muestra), y el ratón colilargo grande (O. nigripes) con 135 ejemplares que representan el 18% del total”, señala el trabajo. Ambas son especies abundantes y con una distribución amplia en el país, lo que explica su predominancia. Si analizamos la frecuencia por localidad, el asunto cambia en algunos casos.

Cuando el ratón está...

En el cerro Arequita, los micromamíferos más frecuentes fueron el ratón colilargo chico con 36% del total y el ratón colilargo grande con 25%; en el parque Lecocq, fue el ratón colilargo chico con 42%, seguido por la rata doméstica (género Rattus) con 33%; en el puente del kilómetro 329, la rata de pajonal (Scapteromys tumidus) y el ratón colilargo grande, ambos con 26%; y en Lascano, la rata chica de agua (Holochilus vulpinus) con 40% y el ratón colilargo chico con 14%.

El cerro Arequita fue la localidad con mayor diversidad de especies (15 en total), seguida por el Lecocq y el puente 329, ambas con 11, y por último Lascano con 10. Estos resultados podrían tener relación con las características de los sitios. “El cerro Arequita presenta relativamente baja intervención humana y en la zona se observa mayor heterogeneidad ambiental que en las otras localidades, incluyendo importantes extensiones de bosque natural”, indica el trabajo. El sitio de la ruta 14, en el otro extremo, corresponde a una zona “donde predominan el campo natural y la agricultura, en particular el cultivo de arroz”.

Con respecto a la diversidad beta, si bien el análisis mostró similitudes en la composición de especies de micromamíferos en algunas zonas –como el Parque Lecocq (b) y el puente del km 329, el parque Lecocq y la ruta 14, y la ruta 14 y el puente del km 329–, los investigadores aclaran que este tamaño de muestreo puede resultar insuficiente para describir adecuadamente los ensambles locales de micromamíferos.

Este es el primer trabajo en el que se analiza específicamente la diversidad intra e interlocalidades de micromamíferos en Uruguay, pero los autores reconocen que “resulta una contribución muy humilde en relación con el esfuerzo de investigación que resultaría necesario para avanzar significativamente en el conocimiento de la ecología de los micromamíferos del país”.

Eso no implica que los datos carezcan de importancia. Son valiosos, por ejemplo, como contribuciones a los inventarios de mamíferos en áreas protegidas (tanto el parque Lecocq como el cerro Arequita constituyen unidades de conservación) y así lo demostraron en este último caso en forma bien concreta. “Los datos correspondientes al cerro Arequita resultaron de utilidad práctica cuando fueron solicitados y se le facilitaron al Ministerio de Ambiente para la elaboración del informe que dio lugar a su propuesta de ingreso al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP)”, señala el trabajo.

Además, hay otro aporte muy relevante. Dentro de los bolos se encontraron también ejemplares de algunas de las especies más misteriosas y elusivas que habitan el país, de las que sabemos poco. Al alimentarse de ellas, la lechuza de campanario nos está permitiendo descubrir también dónde se encuentran, información que podría ser útil para definir áreas relevantes para su conservación.

Ratatouille criollo

Entre los bolos recogidos en el puente 329 de Durazno aparecieron cuatro ejemplares de uno de los roedores más amenazados del mundo: el ratón de hocico ferrugíneo (Wilfredomys oenax), casi endémico de Uruguay. Es un animal muy carismático y muy adaptado a la vida arborícola, cuya característica más notable es su gran hocico de color ladrillo.

Ratón de hocico ferrugíneo (_Wilfredomys oenax_).

Ratón de hocico ferrugíneo (Wilfredomys oenax).

Foto: Alexandra Cravino

Es el único ratón de nuestra fauna considerado en peligro por la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Antiguamente, su distribución iba desde San Pablo (Brasil) hasta Uruguay, pero actualmente se lo considera extinto desde San Pablo hasta Santa Catarina, debido a la disminución de la mata atlántica, ecosistema con el que está asociada esta especie. La mayoría de los registros recientes corresponden a Uruguay.

Enrique lleva cerca de 30 años buscándolo en diversas partes del país, una cruzada en la que unió fuerzas con la bióloga Alexandra Cravino y en la que ambos han demostrado un tesón y una creatividad notables. Alexandra instaló decenas de nidos artificiales en bosques del país, hechos a partir de esferas de ratán, con el objetivo de proporcionar a este ratón refugios adicionales y poder así filmarlo con cámaras trampa. Su idea tuvo éxito, como muestran los videos y fotografías que obtuvo.

También ella ha merodeado cual espectro en pena por antiguas construcciones, como el fortín de Farruco en Durazno, para recoger bolos de lechuza de campanario con la esperanza de dar con este ratón. Esos bolos, que quizá aporten datos nuevos, esperan todavía su análisis.

Este particular roedor ha obsesionado a especialistas de todo el mundo desde hace décadas. El prestigioso mastozoólogo Philips Hershkovitz, del Museo de Historia Natural de Chicago, no dudó en robar parte de un espécimen uruguayo a finales de los años 50 y se enfrentó a la furia del zoólogo Raúl Vaz Ferreira, que estando de visita en Estados Unidos viajó a Chicago especialmente para reclamar el ejemplar. Años después, a comienzos de los 60, una expedición estadounidense compuesta en su mayoría por integrantes del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, financiada por la Armada de ese país, colocó 1.500 trampas en Uruguay para dar con esta especie y logró capturar cuatro ejemplares.

En este caso, la lechuza de campanario fue exitosa en la captura de la misma cantidad de individuos sin necesidad de contar con financiación militar, con la contrapartida de que sólo aportó los restos óseos del animal.

“Para mí es muy valioso que haya aparecido Wilfredomys oenax, porque estudiar esta especie requiere un gran esfuerzo, que implica colocar nidos y cámaras trampa, y esta otra técnica permite complementar eso”, opina Maryam.

Fantasmas en busca de fantasmas

Entre las especies halladas en los bolos hay otras criaturas igualmente escurridizas y misteriosas de nuestro país. En el análisis fueron hallados 18 individuos de pequeños marsupiales, que “probablemente incluyan especies consideradas raras o muy raras, tales como las marmosas de los géneros Cryptonanus y Gracilinanus”, señala el artículo.

El propio Enrique bautizó una vez a las marmosas “gnomos del pastizal”, debido a su habilidad para pasar inadvertidas en nuestros ecosistemas (hasta 1973 desconocíamos formalmente su presencia en Uruguay). Han demostrado ser tan hábiles para escapar de las trampas como de los taxónomos, que se han visto en serias dificultades para describirlas y ponerles nombres científicos.

Quizá la lechuza de campanario tenga algo también para decir en todo ese lío, ya que ha sido una fuente muy relevante de ejemplares de marmosas. En este estudio aparecieron pequeños marsupiales en los cuatro puntos analizados, aunque con mayor frecuencia en el puente del kilómetro 329 en Durazno.

“En algunas partes de América se ha visto que esta lechuza captura especies que no aparecen o que resulta dificilísimo conseguir trampeando, y por lo tanto son más fáciles de registrar analizando los bolos que a través de trampas”, aclara Enrique.

Los datos obtenidos también dejan en evidencia otras bondades de las lechuzas de campanario y muestran cuán beneficioso es que sigan anidando en edificaciones humanas, pese a que su costumbre de regurgitar trozos de cadáveres pueda resultar inconveniente a más de uno.

Ojos así

El 25% de los ejemplares encontrados en los bolos del parque Lecocq corresponden a la rata doméstica, cifra que demuestra la capacidad predadora que la lechuza tiene sobre este animal invasor y dañino, que prospera en los lugares poblados. En los bolos del cerro Arequita también figura el ratón doméstico (Mus musculus), comúnmente asociado a depósitos de comida. Ambas especies integran la lista de las 100 especies invasoras más dañinas del mundo y son portadoras de enfermedades virales y bacteriales.

Desde una visión humana, estos datos confirman el rol de la lechuza como controladora biológica. “Si dejamos el antropocentrismo de lado, podemos decir que las lechuzas son relevantes para mantener el equilibrio ecológico”, acota Enrique. Los datos respaldan esta visión, porque muestran con claridad que estas rapaces son fundamentales para mantener a raya también las poblaciones de algunos roedores nativos.

“La información generada confirma el importante papel de la lechuza de campanario como controlador biológico de los roedores del género Oligoryzomys, lo cual resulta destacable debido a que O. flavescens es la especie identificada en Uruguay como vector del hantavirus”, señala el trabajo.

En resumen, los bolos de regurgitación de las lechuzas de campanario brindan un servicio inestimable para comprender mejor la diversidad de micromamíferos en el país, revelan cuán beneficiosa es la compañía de esta rapaz y resultan especialmente relevantes en estos tiempos desafiantes para la conservación.

“El estudio de las egagrópilas puede contribuir de manera significativa al conocimiento de las comunidades de micromamíferos. Por ser muchas especies fieles a ciertos hábitats, estos animales resultan buenos indicadores ambientales, y su conocimiento y monitoreo es conveniente en el contexto de una intensificación productiva que está dando lugar a importantes cambios en el uso del suelo en varias regiones del país”, concluye el trabajo.

Es también territorio a explorar. Enrique guarda aún en el museo algunas bolsas de bolos sin revisar, cuya información podría complementarse con nuevas salidas de campo. “Todos los bolos de este trabajo y los que tengo sin examinar o ya revisados en el museo son producto de 30 años de mis salidas de campo, pero nunca hice una recorrida por el país específica para buscar bolos de lechuzas. Sería interesantísimo hacer un proyecto de este tipo. En Buenos Aires se hizo. Salieron a recorrer iglesias viejas, galpones y otras construcciones, y consiguieron como 100 localidades con bolos de lechuzas. Obtuvieron así un panorama de la distribución de los micromamíferos en la provincia de Buenos Aires con base en bolos de lechuzas”, agrega.

Si una idea de este tipo se cumple, quizá la presencia de figuras humanas que hurgan en los alrededores de cementerios viejos y taperas, bolsa en mano, se haga más frecuente en el país. Es posible que esté acompañada por el sonido estridente de la lechuza de campanario o por su aparición fantasmal al caer el sol. Si alguien se topa con estas visiones, puede quedarse tranquilo: no será augurio de desgracias, como se creía antiguamente en algunas partes, sino prueba de una sociedad beneficiosa de humanos y rapaces que puede mejorar nuestro conocimiento de la biodiversidad local.

Artículo: “Diversidad alfa, beta y gamma de micromamíferos en egagrópilas de Tyto furcata (Aves: Strigiformes: Tytonidae) en cuatro localidades de Uruguay”
Publicación: Boletín de la Sociedad Zoológica del Uruguay (2025)
Autores: Maryam Raslan, Enrique M González.