El incremento en el uso de inteligencia artificial en la educación universitaria entre los estudiantes, y también entre docentes-investigadores, nos presenta una formidable oportunidad para replantearnos la pregunta fundamental del propósito universitario: ¿qué tipo de personas queremos formar en la universidad y con qué capacidades?

Para contestar esta pregunta suelen abrirse dos corrientes de pensamiento. Por un lado, están quienes creen que la universidad es un centro de formación o capacitación para insertar a las personas en un sistema laboral de producción, postura más que válida para quienes desean obtener los méritos necesarios para acceder a distintos puestos de trabajo; por otro lado, estamos quienes pensamos que la universidad tiene como fin la estimulación del pensar crítico, el desarrollo de la creatividad y la ampliación de nuestra experiencia como humanos, independientemente de si esto resulta útil para algún sector de la matriz productiva.

Lamentablemente, en mi discurrir universitario, como estudiante y luego como docente, siempre dentro de la Universidad de la República (Udelar), he encontrado muy poca intención institucional de tomar el segundo camino (por supuesto que hay excepciones, como el Programa de Apoyo a la Investigación Estudiantil, PAIE, pero la proporción de iniciativas en ese sentido es bajísima). La universidad se torna cada vez más un centro de formación técnico-especializado acoplado al desarrollo económico/industrial que dictan las grandes potencias mundiales. El desplazamiento de los recursos financieros por parte de los entes estatales desde la investigación básica hacia la aplicación tecnológica-empresarial, es una clara evidencia del eje gravitacional que marca las políticas universitarias. Esto se refleja en la preocupación de los investigadores, como se puede apreciar en el artículo de Julio Fernández “Ciencia versus emprendedurismo”, publicado en Brecha en 2019.

La “universidad empresarial”

Por supuesto que esto no es algo específico de la Udelar (hablo aquí solo de la universidad pública porque en las privadas es explícito que el fin es el rédito económico), es una tendencia global. Como explican Rodrigo Arocena y Judith Sutz en el artículo “El ideal latinoamericano de universidad y la realidad del siglo XXI”, el neoliberalismo reinante en Occidente a finales del siglo pasado derivó en la “capitalización del conocimiento” y la instauración de un modelo de “universidad empresarial”, primero en el norte global y luego diseminado a todo el resto del mundo. De esta forma, se eclipsaron las ideas revolucionarias de las concepciones universitarias latinoamericanas de comienzos del siglo XX, donde el espíritu fue crear universidades comprometidas con el pueblo, que permitan integrar las funciones de educación, investigación y extensión con el fin de un desarrollo colectivo y benéfico para la sociedad.

Así, el principal problema de este viraje es la pérdida de la identidad universitaria a todos los niveles: estudiantes, docentes y funcionarios. Se reemplaza el sentido comunitario y de pertenencia por el deseo de competencia y éxito personal. Esta buscada intención de segregación, de disuasión de los focos de encuentro, se instaura desde el comienzo mismo de la experiencia universitaria. El resultado de este accionar se evidencia en que para los estudiantes resulte más importe obtener una buena calificación –en este caso utilizando una herramienta de inteligencia artificial que reemplaza su conocimiento y comprensión, permitiéndoles ser más rápidos y eficientes en la competencia entre pares– que encontrar en la universidad un espacio de experimentación, de ensayo y error, de intercambio de perspectivas, en fin, de crecimiento.

Por lo tanto, ¿será el momento de rever las formas de evaluación, de volver a sistemas más arcaicos de comunicación, todo esto con el fin de evitar que estas nuevas herramientas “poderosas” se interpongan en nuestro camino para decidir si un estudiante sabe o no sabe, si corresponde darle un título, si los rankings de egreso siguen teniendo vigencia?

Si nos quedamos con la postura de que la universidad forma gente para el mercado laboral basado en méritos, entonces puede ser que sí. Si, en cambio, queremos enraizar el objetivo universitario en la creación de un espacio propicio para que surja lo distinto, lo revolucionario, lo colectivo y trascendente, entonces ningún sentido tiene seguir pensando en esos términos.

La educación bancaria

En el libro Pedagogía del oprimido, Paulo Freire expone la trágica instauración como pedagogía hegemónica de nuestro mundo moderno de lo que denomina “educación bancaria”, en la que el educador “deposita” el conocimiento en los educandos, quienes lo reciben de forma pasiva para archivarlos cual burócratas en una estantería de folios. Haciendo autocrítica, podríamos asegurar que todos quienes hemos transitado por instituciones educativas tradicionales nos hemos sentido muchas veces (si no la mayoría) en la posición de archivadores.

Como contraposición, Freire plantea la pedagogía crítica, en la que educadores y educandos se educan mutuamente a partir de aprehender el objeto de estudio, no como una subjetividad impuesta por el educador, sino como una subjetividad colectiva creada y engendrada por el intercambio educador-educando, donde la principal herramienta es la dialogicidad. La pedagogía crítica, en su esencia, es la liberación del educador y del educando de las relaciones de dominación que se instauran en las instituciones, consecuencia directa de estar sujetas a sistemas de explotación.

De estas dos corrientes se desprende lo evidente: hay algo claramente reemplazable por una máquina –la función de archivador– y una operación que parece inherente a lo humano –el diálogo, entendiéndolo como la capacidad de conmoverse de forma sincera frente a la palabra de un otro y no como un intercambio de información, el único “diálogo” posible con un computador–.

Codificando el sentir

Volvamos a la pregunta inicial sobre el tipo de personas que queremos generar en la universidad: ¿personas interactuantes con máquinas o personas interactuantes de forma creativa con otras personas? La creación colectiva es la naturaleza de lo que nos define como especie. Hay una fuerza interna que busca la invención de universos coherentes que den sentido a la existencia. Si dejamos esto de lado en pos de aceptar pasivamente los universos prescritos, entonces la especie ya será otra.

Desde la Revolución industrial, la concepción de lo humano se ha encauzado en la irremplazabilidad de la condición mental, a diferencia de la corporal-mecánica, y de la valorización de la aptitud psíquica-intelectual en el ámbito del desarrollo laboral. Sin embargo, ahora la explosión de la inteligencia artificial se da justamente porque nos hemos cansado de disociar el cuerpo y la mente, abocados únicamente a la tarea del “pensar”. Es decir, la labor mental se ha vuelto tan repetitiva que descreemos absolutamente de su valor, así como lo hicimos en algún momento con el cuerpo. De esta forma, desde hace décadas abrazamos, con fervor o con lamento, la realidad de que las computadoras resultan más eficientes en realizar muchas de las tareas de análisis que requieren nuestras labores modernas. Lo que actualmente llamamos inteligencia artificial es simplemente una extensión de esta idea.

Sin embargo, hasta ahora, hay un tercer dominio (que nuevamente creemos irremplazable) al cual el desarrollo tecnológico no ha podido permear: podríamos decir que es el dominio de lo sensorial, entendiendo esto como una especie de síntesis entre lo corporal y lo mental (indisociable, claro) y el campo a partir del cual experimentamos y se constituye lo que llamamos “realidad”. La psicosis general actual frente al avance de la inteligencia artificial se da porque justamente eso se ha puesto en jaque.

¿Será posible que nos emocione, nos angustie, nos excite, nos alegre, nos divierta algo creado exclusivamente por una máquina? ¿Podrán nuestros sentidos, nuestra intuición, distinguir la realidad material de la realidad virtual sintética? ¿Podrá una máquina tomar decisiones políticas, impartir dolor o practicar el altruismo, crear lógicas de pensamiento que los humanos no hemos contemplado hasta ahora? Creo que todas estas preguntas innecesarias guían al “sentir” en la misma dirección a la que llevamos al “cuerpo” y a la “mente”, es decir, a la codificación.

Para responder cualquiera de las preguntas anteriores uno tiene que codificar, cuantificar, clasificar el sentir de forma de poder llevarlo a un ámbito comparativo, donde el reinante campo de la estadística dé un valor esperado por verdad. El código es el lugar confortable que nos exonera de nuestra condición de humanos, algo así como un (anti) dios poshumanista. Es de dominio finito, sustituible, falible y propenso a errores, es imperfecto y mejorable, es dual, binario, almacenable, es ante todo explicativo y explicable. Hacernos las preguntas mencionadas arriba es colocarle estos adjetivos al sentir.

La discusión sobre la función universitaria debería replantearse desde esta perspectiva: ¿queremos seguir generando conocimiento y formando personas sobre la base de lenguajes codificables, ya escritos en libros, discos duros, páginas web o modelos de inteligencia artificial, o será que es momento de direccionar el esfuerzo en abonar un campo fértil para la creación de lo no codificable, de lo realmente sensible?

Maximiliano Anzibar Fialho es licenciado en Ciencias Físicas y asistente grado 2 en el Instituto de Física de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República.

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