Sobre la antigua vía del ferrocarril que corría paralela a la costa del Río del Plata, y a pocas cuadras de la terminal portuaria de Colonia del Sacramento, hace casi medio siglo comenzó a emerger el asentamiento irregular Las Malvinas.

Influenciados por las variantes idiomáticas que se utilizan en la vecina Argentina, los habitantes de Colonia del Sacramento designan con el nombre de “villa” a los asentamientos irregulares, al igual que ocurre con Villa Ferrando, que también irrumpió a la vera de las antiguas vías de AFE, o con Villa Esperanza, ubicada en las inmediaciones del puente La Caballada, en la ruta de ingreso a la ciudad.

En cambio, Las Malvinas no remite al bloque insular que el país vecino reclama como propio, sino que, según recuerdan los vecinos más añosos, esa denominación alude a una mujer, a Malvina, la “expatrona” de Cuchuflito Olmos, fundador de ese barrio.

Cuentan que Malvina abandonó imprevistamente a Cuchuflito, mientras él se entretenía conversando de fútbol con sus amigos en un bar, y para que el nombre de la mujer no quedara en el olvido, el hombre bautizó Las Malvinas al incipiente rancherío.

Cuchuflito murió en 2006, cuando en ese asentamiento ya se habían instalado más de 200 ranchos, una cifra que, según los actuales vecinos, ha aumentado considerablemente, y cuando las problemáticas económicas y sociales, agudizadas por el tráfico y consumo de drogas, también habían comenzado a pisar fuerte en ese lugar.

Asentamiento Las Malvinas, el 18 de febrero en Colonia del Sacramento.

Asentamiento Las Malvinas, el 18 de febrero en Colonia del Sacramento.

Foto: Ignacio Dotti

Asamblea barrial

Es miércoles 18 de febrero a las 15.00 el sol pega con fuerza sobre las cabezas de una treintena de vecinos que decidieron conformar una comisión, que perseguirá el objetivo de reclamar soluciones a algunos problemas que rompen los ojos a cualquiera que aterrice en ese lugar: la situación de las viviendas, la salud, la higiene, la iluminación, la accesibilidad, entre otros tantos.

La precariedad de algunas fincas resulta ostensible: unas improvisadas columnas funcionan como límites de irregulares cuadriláteros que están envueltos por nailon, cartones, maderas, y tapados por chapas y bolsas afirmadas por piedras. Otras surgen más robustas porque están construidas con bloques y tienen techos que ofrecen la aparente seguridad de que no volarán con el primer viento fuerte que llegue desde el lado de la costa, fundamentalmente.

No obstante, todas ellas están a merced de las crecientes, de los pozos negros que se desbordan y de las barométricas que pueden demorar semanas en llegar, de los basurales, de los riesgos que genera la infinidad de perros que viven en ese lugar, de las pulgas y garrapatas, de las víboras, comadrejas, ratas y ratones que acechan a los vecinos.

Los relatos de los habitantes del barrio se asemejan entre ellos y se reiteran en cada una de las intervenciones, pero eso, más que la confección de un triste listado, funciona como la reafirmación de que resulta “imprescindible” conformar una comisión vecinal y “sacar el tema para afuera”, sostienen Marcelo, Ángela, Gonzalo, Silvia, Ruben y cada uno de quienes toman la palabra. Los testimonios tampoco resultan novedosos para ellos, porque parecieran compartirlos en el día a día, más allá de esta instancia colectiva.

En esa reunión también participan los ediles Carlos Fernández y Daniel Almada, ambos del Frente Amplio (FA). “Nosotros no venimos a prometer nada, solamente les decimos que tienen que organizarse para reclamar, para buscar soluciones a todos los problemas que son urgentes para ustedes”, dice Fernández. Y enumera la larga lista de situaciones que vuelven insostenible la existencia en ese lugar, especialmente para los cientos de niños y decenas de personas ancianas o enfermas, a quienes se les hace cuesta arriba acceder a cualquier servicio.

Fernández recuerda que “acá han venido todos los políticos, sobre todo en época de elecciones, por eso nosotros no queremos hacer promesas, pero tratamos de buscar alguna solución a algún tema urgente, como conseguir la llegada de una barométrica o facilitar gestiones ante el Ministerio de Desarrollo Social”.

Los vecinos más viejos cuentan que se radicaron en Las Malvinas ante la imposibilidad de pagar un alquiler o de acceder a la compra de una vivienda en alguno de los barrios consolidados de la ciudad. Las sucesivas crisis económicas que ha vivido el país a lo largo de las últimas décadas provocaron el crecimiento de este asentamiento, porque “cuando no tenés vivienda propia y tenés que salir a alquilar, debés presentar recibo de sueldo, garantías o tener un depósito, y si no tenés ninguna de las tres cosas, ¿a dónde vas a parar?”, resumió un vecino. Y la respuesta aparece sola: “Te venís a la villa”.

La mayoría de estos vecinos está desempleado o trabaja en la informalidad, incluyendo a mujeres que ya superan los 70 años y que igualmente realizan tareas de limpieza en viviendas particulares. “¿Vos podrías vivir con una pensión de 8.000 pesos?”, responde, elocuente, La Pequeña, de 76 años, cuando la diaria le consulta por qué continúa trabajando a esa edad. Además, todos coinciden en afirmar que evitan decir que viven en Las Malvinas a la hora de buscar trabajo. “Te miran y te dicen 'Te vamos a llamar', pero nunca lo harán”, lamenta Ángela.

A pocas cuadras del lugar donde se lleva a cabo esa reunión, en dirección oeste, se ubican el Centro y el Barrio Histórico, siempre cargados de turistas y fuertemente protegidos por la institucionalidad pública y privada. En tanto, al otro lado de la villa, en dirección este, aparecen las torres en construcción del megaemprendimiento inmobiliario +Colonia. “Acá estamos nosotros hablando, entre la ciudad patrimonial y las viviendas de alta gama de un proyecto inmobiliario muy grande y que tampoco quiere que ustedes estén viviendo acá”, resume Fernández.

Asentamiento Las Malvinas, el 18 de febrero en Colonia del Sacramento.

Asentamiento Las Malvinas, el 18 de febrero en Colonia del Sacramento.

Foto: Ignacio Dotti

El edil frenteamplista no oculta aquello que una buena parte de la población opina acerca de los realojos: “Ahí afuera, en el resto de la ciudad, también hay un montón de gente que cuestionaría que a ustedes les den viviendas en forma gratuita, en caso de que se hiciera un realojo”. “No es que nosotros hayamos pedido engancharnos a la luz cuando pedimos la iluminación y tampoco estamos pidiendo que nos regalen una casa ahora. Estamos dispuestos a trabajar”, respondió una vecina. “Y si hay que pagar alguna cuota chica, se paga. Si hay que arreglar, se arregla”, continúa.

La posibilidad de que los vecinos de ese barrio sean trasladados a otros puntos de la ciudad y de que el terreno que hoy contiene a Las Malvinas se transforme en una suerte de corredor natural ha sido manejado en los sucesivos gobiernos durante las últimas décadas. No obstante, hasta el momento esa posibilidad no ha sido concretada, salvo en algunos casos: mediante la conformación de una cooperativa de viviendas que se instaló en el barrio El General o por situaciones particulares que fueron atendidas por distintos organismos para abordar riesgos desde el punto de vista de la salud o de la seguridad de esas personas. Hasta el presente, el gobierno actual tampoco ha resuelto el desarrollo de un realojo de Las Malvinas, lo que implicaría trasladar a más de 2.000 personas a otros puntos de Colonia del Sacramento.

Los vecinos asienten ante lo que acaba de decir Fernández y comentan que la creación de una comisión vecinal les permitiría hacer frente al reclamo de obtención de viviendas en otros puntos de la ciudad, pero también podría dignificar la existencia mientras permanezcan en la villa. “Nosotros no queremos que nos regalen nada, sino que estamos buscando que mejoren algunas situaciones que hay que corregir, porque no se puede vivir con pozos negros desbordados o con el peligro por las enfermedades que pueden provocar los animales”, resume una vecina.

Por su parte, un muchacho llamado Gonzalo recuerda que entre varios vecinos hicieron mejoras en el barrio, incluso extendiendo el tendido de OSE hacia el límite este del asentamiento: “Nosotros no estamos buscando misericordia, sino la posibilidad de progresar dignamente”, resume el joven que llegó hace unos ocho años a la villa.