Como cada marzo, empezar las clases es volver a apostar por una idea sencilla y enorme: que las niñas y los niños merecen un espacio público donde crecer.
En un mundo que parece olvidar lo esencial, la escuela puede seguir recordando –en el tono sereno de la palabra, en la justicia del gesto cotidiano– que la humanidad no se enseña con discursos, sino con presencia.