Podemos gastar infinidad de tinta y megabytes debatiendo si The Rolling Stones es en verdad la “mejor banda de rock & roll del mundo”, como se le dice desde 1969, pero hay otro aspecto del legendario grupo que no permite mucha discusión, porque es un hecho ineludible, como el amanecer y el IVA: no existe banda de rock que maneje de forma tan aceitada la máquina de la oportunidad. Ahora el grupo aprovechó no sólo el contexto externo y mundial sino el de sus integrantes.

Porque estamos hablando, antes que nada, de un grupo de riesgo –y no en el sentido rockero del término–, ya que sus cuatro miembros oficiales son septuagenarios: Ronnie Wood, el más “joven”, está por cumplir 73, y Charlie Watts, el más veterano, en un mes llega a 79; y si bien todavía aguantan dos horas arriba de un escenario, han tenido alguna que otra nana –sin ir más lejos, hace un año a Mick Jagger le cambiaron una válvula del corazón, que al final no era de piedra– y con el temita este del coronavirus no da como para que se anden regalando. Por su salud –y la de las 50.000 personas que llenan cada estadio para verlos y escucharlos–, la gira que iba a empezar el sábado por Estados Unidos se pospuso hace varias semanas.

Entonces, al parar la maquinaria de la gira, que en los últimos años estuvo tan aceitada como la de la oportunidad, con un movimiento inusual para una banda que ya tiene casi 60 años de carrera, los Stones se enfocaron en su gran debe de la década que acaba de morir: lanzar nuevas canciones. No es que la banda deba algo, en el sentido estricto del término, ya que su discografía es lo bastante extensa y rica como para alimentar varias carreras de músicos comunes y mortales, pero estos británicos saben que tienen un núcleo grande y bien duro de fans que precisa –precisamos– los estímulos de material nuevo, aunque no sea como los himnos inmortales que supieron parir hace décadas. Es como cualquier droga: “No es tan pura como la de antes, por eso quiero más”.

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Así las cosas, el 23 de abril, sin previo aviso, apareció “Living in a Ghost Town” en todas las plataformas digitales habidas y por haber. Es la primera canción original de los Stones en ocho años –máximo lapso de sequía histórico del grupo–, que en teoría es el primer adelanto de un nuevo disco que vienen grabando en forma intermitente hace varios años, el esperado sucesor de A Bigger Bang (2005) –en 2016 lanzaron el álbum Blue & Lonesome, pero está compuesto íntegramente por versiones de blues–.

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“I’m a ghost, / living in a ghost town” (“soy un fantasma / viviendo en un pueblo fantasma”) son los primeros versos que salen de la bocacha de Jagger, en una canción que musicalmente no aporta ningún color nuevo a la paleta sonora de la banda, pero que se aleja de las dos últimas que habían sacado, “One More Shoot” y “Doom and Gloom” –dos rocanroles marca de la casa, sucios y rifferos–, en el compilado GRRR! (2012), para festejar el medio siglo de carrera.

“Living in a Ghost Town” tiene ese groove funky que tanto le gusta a Jagger, y bien podría salir de uno de sus discos solistas, con unos piques de guitarra eléctrica y una armonía que recuerdan a “Miss You” y una base rítmica con aires de “Anybody Seen My Baby” (hay algo de los acordes despreocupados y sucios de Keith Richards, pero suena como el gran ausente aunque figure en los créditos).

La canción tiene un barniz de producción actual, que se nota sobre todo en el filtro en la voz, aunque por más cosas que le encajen igual sigue sonando como la del Mick Jagger de siempre, con esa lascivia inherente a su ser, que seguro desparrama hasta cuando levanta el teléfono y pide una pizza.

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La novedad absoluta es la letra, no porque sea el cenit de la poesía sino porque refleja de forma directa los tiempos distópicos que estamos viviendo. Pero no es novedad sólo por eso sino también porque los Stones nunca fueron muy hinchas de reflejar el zeitgeist en sus canciones, más allá de algunos guiños puntuales, como el de “Street Fighting Man” al Mayo Francés, por citar el ejemplo más famoso –y aun así, no explícito–.

Varios versos de “Living in a Ghost Town” parecen pornográficos aforismos sobre el aislamiento social que trajo la pandemia del coronavirus: “La vida era tan hermosa / hasta que todos quedamos encerrados. / Me siento como un fantasma / viviendo en un pueblo fantasma [...]. Tanto tiempo para perder / sólo viendo mi teléfono [...]. Si quiero una fiesta, / es una fiesta de uno”.

El tema tiene dos partes musicales bien marcadas, de la misma progresión armónica pero diferente intensidad rítmica, melódica y guitarrera. Además, hay cierta bipolaridad para la estructuras convencionales del pop, ya que los dos versos que más se repiten, el leitmotiv temático de la canción (“I’m a ghost / living in a ghost town”), no aparecen en el estribillo formal, que a su vez tiene una letra distinta en cada vuelta, y en el que la melodía se torna apurada y difusa, con un Jagger que saca lo más visceral de sí (“los ladrones eran felices robando”).

La pregunta del millón es si la letra de “Living in a Ghost Town” fue escrita antes de –o durante– todo esto, aunque se sabe que la canción fue grabada en Los Ángeles en 2019. Minutos antes de largarla, Jagger dijo, en un video divulgado en sus redes, que pensaron que la letra “resonaba a través de los tiempos que estamos viviendo” y por eso decidieron publicarla. Además, en una entrevista para Apple Music, el cantante contó que cambió un poco la letra original por la situación actual, ya que algunas cosas eran “muy oscuras”, pero que básicamente quedó bastante igual a lo que era... O sea, Jagger, que sabe más por diablo que por viejo, la deja picando: puede ser Nostradamus o un oportunista de campeonato que dio vuelta la maquinita de la oportunidad.

Pero no importa lo que dice sino lo que canta. En el puente de “Living in a Ghost Town” Jagger lanza que todas las noches sueña con que vas y te arrastrás hacia su cama. Estará por cumplir 77 en medio de una pandemia, pero no hay coronavirus ni “nueva normalidad” que valga: sigue siendo un rolling stone.