Cuando el escritor y activista Ret Marut escapó de las bandas protonazis que habían hundido a sangre y fuego la efímera República Soviética de Baviera, en el Múnich de 1919, seguramente no imaginó que años después vería uno de sus cuentos entrar en la historia del cine de México.

Toda forma de captura de la imagen es un intento de engañar a la muerte. Por eso no es extraño que el cine haya tomado ese ardid como tema. Lo hizo Ingmar Bergman en El séptimo sello (1957), donde el caballero cruzado intenta ganarle al ajedrez, y lo hizo –mejor– Leonardo Favio en Juan Moreira (1973), cuando el gaucho renegado la desafía a una partida de truco. La de Favio es, quizá, una de las secuencias más estremecedoras del cine de esta parte del mundo.

En la película Macario (1960), que en junio cumplió los venerables 60, un leñador mexicano malvive en una choza donde apenas puede alimentar a sus cinco hijos. Su sueño secreto es comer un pavo sin convidar a nadie. Cuando está cerca de alcanzarlo se le aparecen tres personajes –un diablo vestido de hacendado, un dios mendicante y la Muerte– que le ruegan, lo medio amenazan o le ofrecen ventajosos tratos con tal de recibir una presa del ave apetitosa. “El tercer convidado” es el cuento de B. Traven (nombre literario del activista alemán Ret Marut) en que se basa el film de Roberto Gavaldón protagonizado por ese enorme actor que es Ignacio López Tarso.

Para Traven/Marut no era nuevo ver sus libros llegar al cine. El tesoro de la Sierra Madre (1927) ganó tres premios Oscar y tres Globos de Oro en la versión de 1958 que hizo John Huston. En México ya había sido llevado al celuloide en La rebelión de los colgados (1954, de Alfredo Crevenna y Emilio Fernández) y en Canasta de cuentos mexicanos (1955, de Julio Bracho).

Esos antecedentes de Traven/Marut, más el protagónico femenino de Pina Pellicer (que venía de filmar bajo la dirección de Marlon Brando El rostro impenetrable, rodada antes de Macario, aunque se estrenaría un año después), le dieron visibilidad a la película del leñador y la muerte. Pero no es eso lo que la mantiene vigente. Si hoy se la busca en Youtube se podrá comprobar lo bien que conserva su lozanía ese trabajo que, por la puerta del Día de Muertos mexicano, ingresa en una caverna que está en las preocupaciones más profundas de Occidente. No en vano Traven/Marut basó su cuento en “La muerte madrina”, historia popular alemana recogida por los Hermanos Grimm.

En el film, el papel que compone López Tarso (el de ese hombre sencillo que cuando está agobiado no deja de ser dueño de sí mismo y –a la vez– cuando levanta cabeza no deja de estar agobiado) está sostenido por un elenco que tiene un pilar fundamental en Pina Pellicer, figura injustamente eclipsada por el peculiar star system mexicano. La muerte (Enrique Lucero), mientras tanto, hace su trabajo con la solvencia habitual.

Macario es parte de un cine que supo convivir con el melodrama y negociar su personalidad en la frontera entre lo autoral y lo masivo. Si no se puede vencer al enemigo, parecen decir directores como Gavaldón, al menos hay que tenerlo entretenido mientras se intenta.