Estos días de celebración del patrimonio –auténtica política cultural de Estado que debemos al arquitecto Luis Livni– en homenaje a José Enrique Rodó, escritor, pensador, periodista, político, implican recordar su permanencia a pesar de matices y de transformaciones histórico-culturales que no llegó a vivir y no pudo vislumbrar. Esto es fundamental: las ideas son hijas de la historia y marcan momentos, períodos de la historia, pero no todas perduran sin ser “tocadas” por la historia.

La obra de Rodó marcó el comienzo del siglo XX e incluso el final del XIX. Hoy, a más de un siglo, sus propuestas siguen completamente vigentes para algunos y son matizadas por otros. No hay duda acerca de la importancia de su pensamiento y de la huella que su escritura artística ha dejado. De lo que tampoco hay duda es de que las lecturas de Rodó, como las de todo pensador o artista, deben ser consideradas en la agenda del momento en que ocurren.

Rodó constituyó una lectura fundamental de mi infancia escolar y de docencia en enseñanza secundaria y de mi actividad docente en distintas universidades de las Américas. También es cierto que participé en debates con latinoamericanistas y que incluso experimenté el ataque de colegas muy queridos que me incluyeron en lo que ellos llamaban, con cierto desprecio, intelectuales “arielistas”, junto a figuras como Beatriz Sarlo o, con palabras de John Beverley, “intelectuales neoarielistas como Mabel Moraña, Hugo Achugar y Nelly Richard”.1

Por otra parte, rodonianos criollos ignoran, por decir algo, mis pensamientos sobre una figura polémica –bien sabemos que Rodó era un polemista de fuste–, así como autores e intelectuales que alabaron, cuestionaron o expresaron matices hacia una parte de la obra del hoy homenajeado nunca dejaron de reconocer su posición antimaterialista, su crítica de la “nordomanía” y su apuesta al espiritualismo, aunque no tuviera en cuenta en su mirada la heterogénea y no latina demografía de nuestro continente.

Pero no quiero hablar de esto. Me interesa ingresar a una parte de nuestra cultura y de la figura de Rodó que –aunque conocida por algunos especialistas– no es particularmente recordada. Me refiero a la correspondencia, esa parte de la escritura de y sobre Rodó que incluyó lo mejor del pensamiento del entresiglos que contó con Miguel de Unamuno y tantos otros escritores, artistas, pensadores o políticos. En ese espacio hay un corresponsal que lo proyecta hacia otras áreas de la creación artística, de nuestras artes visuales y, en cierto modo, de las políticas culturales de la época. Me refiero a Joaquín Torres García.

En su primera carta a Rodó, Torres García le expresa que aunque sus trabajos anteriores no sean inferiores literariamente, “Ariel le creo superior por el fondo y el fin que se propone [...] Añada a esto, que desde hace unos diez años, vengo trabajando casi en un sentido idéntico al suyo, aunque no en el terreno de la literatura sino del arte, porque soy pintor”.

Cabe recordar que la carta es de diciembre de 1915 y las otras dos que le envía son de marzo y junio de 1916.2 Rodó había partido de Montevideo hacia Lisboa el 14 de julio de 1916. En agosto de 1916 visita Barcelona, pero de lo poco que habla es de la política catalana, aparte de expresar su menosprecio por la obra de Gaudí. No hay registro de un encuentro con Torres García.

Lo que me importa es la coincidencia que Torres señalaba en su primera carta: “desde hace unos diez años, vengo trabajando casi en un sentido idéntico al suyo”. Ese “sentido idéntico” vincula Ariel con los frescos del Salón de Sant Jordi en el Palacio de la Generalitat de Catalunya –muy criticados en su momento–, que Torres pintó entre 1913 y 1914. La coincidencia en la admiración de la tradición grecolatina entre ambos artistas en sus obras es clara y absoluta.

Sin embargo, atendiendo algunos cuestionamientos hechos a Rodó, podría decirse que mientras en Torres García hay un reconocimiento por el arte primitivo –tanto el de raíces africanas como el de los pueblos indoamericanos–, en el caso del escritor hay un silencio absoluto sobre estas expresiones culturales. No me refiero solamente a lo que críticos como Beverley, entre muchos otros, han expresado.

Natalia Iglesias sostiene en 2007, a propósito de una exposición titulada Torres-García. Detrás de la máscara constructiva realizada en Girona, “la devoción del artista por el poder expresivo del arte primitivo, ya fuera egipcio, etrusco, precolombino o tribal, pero siempre despojado de contenido sociopolítico”.3 No hubo un “descubrimiento” indigenista por parte de Torres García, sino un intento por buscar lo propio mirando culturas primitivas, como lo habían hecho tanto Modigliani como el resto de las vanguardias históricas. Rodó sólo miraba Pompeya.

Juan Fló y Gabriel Peluffo argumentan en un sentido similar respecto de Torres. Peluffo, en la “Introducción” al libro de Fló, señala los errores y las distorsiones de las lecturas que se han hecho del artista visual en relación con el indigenismo, mientras destaca su condición de pensador teórico o filosófico. Fló, en Joaquín Torres García. En la crisis del arte moderno (Estuario, 2021), no sólo va a sostener el espiritualismo del pensamiento y la teoría del pintor, sino que también va a cuestionar fuertemente la supuesta reivindicación latinoamericanista en función de las culturas indígenas o primitivas de la región. La apuesta, según Fló, es otra. Por eso mismo, en “Joaquín Torres García y el arte prehispánico” afirma que “intenta corregir una versión simplista”: la de explicar al artista como alguien que “logra una fusión creativa del arte moderno europeo en su línea purista más radical con el arte precolombina...”.

Pienso en lo que Edmundo Gómez Mango expresó con mesura: “Rodó no vio, casi negó, la América ‘calibanesca’ del Caribe, de los indígenas de civilizaciones ancestrales (tan antiguas y tan guerreras como las europeas), de los afrodescendientes, que tanto amó José Martí, el más alto poeta del siglo XIX latinoamericano. ¿Qué no vemos hoy nosotros, desde Montevideo, desde Europa o América del Norte? ¿Desde dónde se escribe todavía sobre Rodó? Lo que ignoramos de la vida y la historia de los ‘pueblos jóvenes’ de hoy en día es sin duda muchísimo más de lo que podemos ver y de lo que intentamos haber visto, de lo que vimos hasta ahora. Algún joven contemporáneo escribirá El que vendrá de nuestro tiempo. Quizá ya lo ha hecho y lo ignoramos”.4

Claro, la observación la hago o se hace desde el comienzo del siglo XXI, cuando las minorías –en este caso, las étnicas– no pueden ser invisibilizadas. Gómez Mango tiene razón. Pero se trata de lecturas que varían con el tiempo y desde paradigmas interpretativos en lucha o en tensión. Por eso y por sus calidades como escritor y como artista visual se continúa debatiendo sobre su pensamiento. La lucha no es sólo por la lectura, sino por la interpretación.


  1. “De América Latina a Abya Yala. Una reseña de Latinoamericanismo después del 9/11”, en Boundary 2, octubre 22, 201. ladiaria.com.uy/Ucl

  2. Ministerio de Educación y Cultura. Joaquín Torres García, Bibliografía. Edición de Alicia Casas de Barrán, 1974. 

  3. ladiaria.com.uy/Ucm

  4. Edmundo Gómez Mango. “De mar a mar. Morir escribiendo” (138-151), en ladiaria.com.uy/Ucn