En 1938, la terrateniente inglesa Edith Pretty (1883-1942) contrató al excavador Basil Brown (1888-1977), del museo de Ipswich, para estudiar el contenido de una serie de montecitos de Sutton Hoo, su propiedad en Suffolk, que parecían ser túmulos antiguos. Aunque carecía de estudios formales en arqueología, Brown tenía tremenda experiencia práctica en la materia. Con perspicacia y cuidado, hizo en Sutton Hoo uno de los mayores descubrimientos arqueológicos de la historia británica: un túmulo aristocrático del siglo VII que cambió totalmente nuestra visión de la civilización anglosajona, aparte de contener uno de los más grandes tesoros encontrados en Reino Unido. Una vez establecida la importancia del hallazgo, el Museo Británico asumió el control de la excavación, siempre con la ayuda de Brown y el apoyo de Pretty. Los trabajos se hicieron a contrarreloj debido a la inminencia de la entrada de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial. Entre los eminentes arqueólogos que se sumaron, estuvo la pareja de Stuart y Peggy Piggott. En 2007, John Preston, sobrino de Peggy, publicó una novela con un relato ficcionalizado de esos descubrimientos, en la que está basada esta película.

Esta historia debe haber involucrado sentimientos muy poderosos para quienes la vivieron, y supongo que el libro debe proporcionar los datos que permiten reconstituir esos sentimientos y transferirlos a la experiencia del lector. En el cine eso es más complicado, teniendo en cuenta que la mayoría de los espectadores ni siquiera sabe qué es un anglosajón, y mucho menos qué se ignoraba sobre los anglosajones antes de saber lo que actualmente se sabe gracias a los eventos que aparecen en la narrativa.

La arqueología, con su aura de prestigio, se presta para que los personajes digan cosas bonitas sobre la perennidad, la historia, los ancestros. Tenemos al gran Ralph Fiennes en la misma época y desempeñando la misma profesión que su personaje en El paciente inglés (1996). Junto a él, hay varios otros excelentes actores británicos haciendo gala de su diferencial, en comparación con los de Hollywood, de discreción, “clase” y acento viejomundista. Una de las actrices, Lily James, integró el reparto de la serie televisiva Downton Abbey. La música sigue ese criterio de minimalismo adaptado a cine-arte y con resonancias británicas, al igual que la de Downton Abbey o, más atrás, las producciones Merchant-Ivory (a la manera de La mansión Howard, de 1992). Y el espectador gana, por esa vía, su par de horas de escapismo apacible, entre bellísimos paisajes, bellos rostros, bellas casas, una muy bella actividad, en tiempos que parecían más inocentes y sencillos que los actuales, cuando la única diferencia que constatamos entre una lady aristocrática y un modesto empleado de museo de provincia es que, mientras ella recorre las distancias en un autazo con chofer, el otro transita esos mismos lugares idílicos en bicicleta, y en vez de residir en una preciosa mansión, reside en una preciosa casita mediana en un pueblito acogedor. El panorama sólo es más oscuro para los pobres soldados, forzados por eventos ocurridos allá lejos, en otros países, a embreñarse en lo que sabemos será un infierno, anuncio del fin de esa inocencia en que la película todavía se parece asentar.

Para convertir la anécdota de descubrimiento arqueológico en una narrativa mainstream, hubo que salpicarla con algunos condimentos. El tiempo de la acción fue compactado a una sola temporada de excavaciones en 1939. Hay un derrumbe que casi mata a Basil, y un avión militar que se cae. La cincuentona señora Pretty ganó las atractivas facciones de la treintañera Carey Mulligan, y con ellas emerge una línea de amor platónico entre ella y Basil. Se recargó la oposición entre la arrogancia académica de las autoridades del Museo Británico y la humildad pragmática de Basil, que lleva a una moraleja final respecto del self made man y el valor del hombre común, práctico, vinculado al terruño y empeñoso. Stuart Piggott aparece aquí como homosexual y Peggy encuentra un refugio romántico más satisfactorio en Johnny, un personaje inventado. Hay también un niño (hijo de la señora Pretty), quizá un poco exagerado en su infantilismo.

Nada de eso basta para sostener una narrativa consistente. Quizá como consecuencia de la estructura de la novela ‒que está contada en primera persona por distintos personajes que se alternan‒, la historia flota un poco a la deriva, y uno casi que podría abandonarla antes del fin o agarrarla empezada sin perder demasiado. Esto no compromete su función de escapismo en las campiñas de Suffolk.

Para apoyar ese aspecto, el estilo de la película insiste en encuadres desde ángulos bajos, con la cámara a ras del piso y lente gran angular, deslizándose velozmente junto a los personajes que se desplazan y valorizando unos cielos con formaciones de nubes espectaculares. El aspecto más peculiar de la película es el uso, bastante frecuente, de diálogos “desencarnados”, es decir: escuchamos el diálogo, pero lo que vemos no se corresponde al momento exacto en el que los personajes están hablando. Podemos verlos, pero no mueven los labios; o si no, estamos viendo otra cosa. Y de pronto, en algún plano, ahí sí los vemos hablando en presente. Junto al uso, también bastante frecuente, de un montaje fragmentado, con el que vemos partes de acciones interrumpidas, estos recursos generan un tono poético, onírico, que puede recordar (lejanamente) al cine de Terrence Malick.

La excavación (The Dig), Dirigida por Simon Stone. Basada en novela de John Preston. Con Ralph Fiennes, Carey Mulligan, Lily James. Reino Unido, 2021. Netflix.