Los músicos franceses Thomas Bangalter (1975) y Guillaume Emmanuel Guy-Manuel Homem-Christo (1974) pueden caminar de civiles por Les Champs-Élysées con total tranquilidad porque nadie les va a pedir una selfie. Ningún transeúnte se dará cuenta de que ese dúo es el que se sube arriba del escenario disfrazado con sendos cascos de robots y se hace llamar Daft Punk, para disparar un caleidoscopio de estilos englobados en lo que grosso modo todo el mundo conoce como electrónica. Pero, a menos que tengan algún fetiche en el ámbito privado, colgarán los cascos, porque el lunes, mediante un video de ocho minutos colgado en Youtube ‒titulado “Epílogo” ‒, Daft Punk anunció su separación.

Por supuesto, el video no fue un anuncio de ruptura tradicional, y sigue el aura de misterio que caracterizó al dúo, que no suele hacer apariciones públicas ni ser muy adepto a las entrevistas. Así como al final de Batman Returns (Tim Burton, 1992) Bruce Wayne (Michael Keaton) se arranca la máscara para mostrarle su verdadera identidad a Gatúbela, este par de franceses podría haberse sentado tranquilamente en un sillón para luego sacarse los cascos y mostrar sus caras y que, después de todo, son humanos.

Pero no. El video, que ya lleva más de 20 millones de visualizaciones, fue tomado de una escena de la película Electroma (2006), dirigida por el dúo, y muestra a ambos músicos en medio del desierto en un ritual destructivo que termina con Bangalter explotando por los aires, ante la pasiva mirada de Guy-Manuel, que es el de casco de color dorado estilo C-3PO. El período que duró el grupo, 1993-2021, aparece en la pantalla mientras suena la coda de “Touch”, la música más nostálgica y lacrimógena que parió Daft Punk (de su último disco, Random Access Memories, de 2013). “Hold on, / If love is the answer you hold, / hold on”, canta el coro angelical, mientras Bangalter se aleja caminando por ese desierto con arenas starwarseras, ¿hacia su carrera solista?

Por el mundo

Bangalter y Guy-Manuel se conocieron en 1987 en el liceo público Lycée Carnot de París, pegaron química musical y, en 1992, cuando no llegaban a los 20 años, formaron un grupo de algo parecido a rock llamado Darlin’ (por la canción de los Beach Boys), junto con Laurent Brancowitz. Con ese trío no pasó absolutamente nada, salvo que apareció en un disco compilatorio lanzado en Reino Unido, Shimmies in Super 8 (1993), y un crítico de la famosa revista musical inglesa Melody Maker catalogó a eso que hacían de “daft punky thrash”, es decir, algo así como “boba basura punk”.

Fue así que en 1993 los compañeros de liceo se dejaron de pavadas, enfilaron para la electrónica y armaron Daft Punk. A los dos años debutaron con el single instrumental “Da Funk”, una mezcla de big beat y acid house bastante densa, con una maraña de sintetizadores de la que sobresale la minimalista e insistente línea de bajo ‒tocada también con un sintetizador‒, un riff robótico y obsesivo y una base machacona que hace que te muevas aunque no quieras, porque ya en aquel debut los franceses tenían el pulso bailable.

“Da Funk” fue incluida luego en Homework, el primer álbum del dúo, editado en 1997. 74 minutos de house instrumental pero también con voces, usadas casi siempre de forma autómata, robótica y con algunas pinceladas vintage. Por ejemplo, una canción como “Teachers” remite a la banda alemana Kraftwerk, madre de todo esto, que el dúo ha citado alguna vez como una de sus influencias, no sólo musical sino también estética (no es descabellado pensar que casi toda la idea de Daft Punk nace de la canción “Die Roboter”).

En la paleta electrónica de aquel disco debut encontramos el house tirando a tecnho de “Revolution 909”, algo ácido como “Phoenix”, más de siete minutos bien densos e industriales en “Rollin’ & Scratchin’” y el dance de “High Fidelity”. Pero la canción que mandó a Daft Punk a sonar alrededor del mundo fue justamente “Around the World”. Musicalmente, sigue la línea estética de “Da Funk”, con los destellos de melodías sintetizadas, pero se le agrega un estribillo vocal y robótico, que repite el título de la canción hasta la cefalea.

Una vez más

Para su segundo disco, Discovery (2001), el dúo empezó a darles más cabida a los músicos invitados, en especial para las voces ‒pero también para componer‒, algo que profundizaría después, y también coqueteó con géneros fuera de la electrónica e hizo más guiños al pasado. Por ejemplo, “Aerodynamic”, el segundo single del disco, es un instrumental con un solo de guitarra eléctrica que sigue la línea del heavy metal con aires de música clásica y se complementa con la coda de sintetizadores, que suena como si una tarde Bach hubiese merendado LSD.

En “Digital Love” se acercaron al dance con toques de synth-pop ochentero y se notó un trabajo más fino en los arreglos. “En Harder, Better, Faster, Stronger” volvieron al house denso del primer disco, y en el otro extremo está la pequeña “Nightvision”, una pieza seudoambient que adelantaría algunos destellos atmosféricos que aparecían después. Lo mismo corre para “Something About Us”, un tranquilo downtempo con las voces a cargo del dúo, que hasta el momento no tenía parangón en su discografía.

En comparación con el primer disco, en Discovery se usa más el sampleo (para los lectores neófitos: se trata de la quintaescencia de la electrónica, tomar parte de una canción, un verso, un riff, un redoble de batería, etcétera, para utilizarlo en otro contexto, generalmente en forma repetida); pero sin tomar elementos tan largos como para darse cuenta enseguida de la fuente original, como por esa época hizo el estadounidense Moby, que agarró versos enteros de gospel y blues y se volvió una estrella pop con el disco Play (1999).

Por ejemplo, uno de los samples más obvios del disco de Daft Punk está en la discotequera y bien ganchera “Superheroes”: los franceses tomaron el primer verso de “Who’s Been Sleeping In My Bed”, de Barry Manilow (“something’s in the air”) para repetirlo como un mantra hasta que en nuestra cabeza pierde forma y significado.

Pero, obviamente, la canción de Discovery fue “One More Time”, que abre el disco. Se lanzó como single a fines de 2000 y se convirtió en un éxito masivo, que ayudó a que Daft Punk rompiera las paredes del sótano electrónico para besar las extensas praderas del mainstream. “One More Time” tiene una letra menos monótona que el hit antecesor del grupo (bastaba con que sólo tuviera dos versos, claro está), a la que le pone voz el ya fallecido cantante francés conocido como Romanthony.

Además de la brisa sintetizadora, el bajo acuoso, el ritmo bien dance y el break melancólico, la canción se destacó sobre todo por el uso del novel Auto-Tune en la voz. Es un procesador de audio que originalmente se creó para corregir las desviaciones del tono ‒en criollo: para afinar a los desafinados‒ pero que en “One More Time” se usa con la perilla al mango, en forma exagerada ‒mucho más que en “Believe”, de Cher, que fue el primer hit masivo en que se utilizó, en 1998‒ y crea un efecto de distancia intergaláctica. En la actualidad, y desde hace, fácil, más de una década, cualquier hit pop se destaca del resto si no tiene Auto-Tune.

Después de todo, humanos

En 2005 Daft Punk lanzó Human After All, su disco más corto y el menos inspirado, como lo demuestra la canción homónima que lo abre, que tira a lo industrial, más cuadrado y menos pistero. Había también algo de rock, un tanto paródico, como el repetitivo ‒incluso para los cánones de Daft Punk‒ seudohit “Robot Rock”, que sirvió más para musicalizar programas de televisión que para bailar.

Pero en 2013, luego del mayor período de silencio en la carrera del dúo ‒que por su misterio suele ser verdadero silencio‒, lanzó Random Access Memories (una paráfrasis de random-access memory, la famosa memoria RAM), que si no es su mejor disco al menos es el más variado, rico, orgánico y también el más humano y menos robótico, porque medio mundo metió mano para tocar y cantar, y la mayoría no son del palo de la electrónica. Además, es el disco del dúo que está mejor producido, mejor arreglado y el que tiene más letras ‒eso también lo hace más humano‒.

La música disco, el funk, el pop a secas, algo de soft rock y las pizcas de la electrónica densa marca de la casa se mezclaron en una olla con condimentos setenteros y ochenteros que terminaron en un plato que aunó a la crítica y al público, algo que cada vez es más raro que suceda. Llegó al top de la lista de éxitos de Billboard ‒el primero del dúo que lo logró, y el último, porque luego no sacaron más discos‒, en Estados Unidos vendió un millón de copias en menos de un año, y para las revistas y diarios angloparlantes más importantes mereció como mínimo un 8 sobre 10.

También ganó varios premios Grammy en la entrega de 2014 (como Álbum del año, por ejemplo) y hace pocos meses la revista Rolling Stone lo colocó en su infame lista de “Los 500 mejores discos de todos los tiempos”. Claro que esto no hay que tomárselo muy en serio, porque esa lista ya la cambiaron más de una vez, como si fuera la del almacén, y eso de “todos los tiempos” pierde su significado (pero llamarla “los 500 mejores discos que siendo las 12.15 nos parecen los mejores” no tiene gancho).

El funk disquero “Get Lucky”, con la voz protagonista de Pharrell Williams, fue el primer corte de difusión del álbum, al que sólo le faltó sonar en la camionetita de las garrafas. Pero el disco está plagado de muy buenas canciones, en su mayoría mejores que esa, como la que lo abre, “Give Life Back to Music”, un funk-rock de pulso disco que suena puro y genuino, muy lejos de la parodia, con una ansiosa guitarra funky que se roba la canción (no en vano en ella metió mano nada menos que Nile Rodgers, guitarrista, cantante, compositor y cofundador de Chic).

El tano Giorgio Moroder, capo de la música disco y pionero de la electrónica, es la estrella ‒con monólogo autobiográfico incluido‒ en “Giorgio by Moroder”, un gran homenaje a la fusión de varios estilos pisteros, y es grande en todos los sentidos porque dura nueve minutos. “Within” es una balada robótica ‒pero con un piano de la vieja normalidad‒ a la que el dúo francés le pone voz para cantar sobre el desconocimiento de uno mismo, sea máquina o humano. Julian Casablancas, cantante de The Strokes, puso su voz en “Instant Crush”, y su llevada cansina le calzó justo a una de las mejores canciones del disco, un dance-rock narcótico con un pegadizo viboreo melódico.

El cierre del álbum ‒y que el lunes supimos que también fue el de la discografía del dúo‒ estuvo a cargo de “Contact”, seis minutos épicos de sintetizadores llevados por una simple armonía de cuatro acordes repetida hasta el infinito y más allá. Es un viaje que suena como si dos robots llegaran a Marte, se contactaran con extraterrestres y armaran una orgía de la que al otro día nadie se acuerda ni un centímetro.

Además de la distancia que marcó con los medios, Daft Punk tampoco fue un dúo ávido por subirse al escenario. Más allá de alguna presentación en entregas de premios y afines, sólo hizo dos grandes giras, Daftendirektour (1997) y Alive 2006/2007, de las que salieron respectivos discos en vivo, Alive 1997 (2001) y Alive 2007 (2007).

Esa obsesión por salir poco también impregnó su ritmo discográfico, ya que para cualquier proyecto de música pop ‒en el sentido amplio del término‒ editar cuatro álbumes de estudio ‒sin contar una banda sonora‒ en casi 30 años de carrera está bastante por debajo de la media. Pero Random Access Memories resultó ser el mejor canto del cisne que podía tener la banda. Para sacarse el sombrero. Perdón, el casco.