Apenas termino la lectura de La débil mental, una novela extraordinaria –y con esto me refiero a que Ariana Harwicz compuso una obra que se sale de lo normal–, le escribo a José Arenas por una sensación que necesito confirmar. El ritmo adictivo, la tentación de leer en voz alta, la certeza de que lo que se cuenta no se suele contar es similar a lo que experimenté con la nouvelle Papeles suizos. “Seguro que leíste a la Harwicz”, le escribo. Me responde que no, que no la leyó, pero que sabe de ella porque “esa mina la rompió con una obra de teatro que se llama Matate amor, que hizo Erica Rivas”. Tengo ese libro –Matate amor– todavía por empezar. Tengo por la mitad la lectura de Degenerado, la novela que publicó por Anagrama y en la que ella narra desde la voz de un hombre acusado de violar y matar a una niña en un pueblo francés de provincia. Y tengo ahora una gran duda, que me lleva muy pronto a una nueva teoría que intentaré confirmar en cuanto consiga entrevistar a la autora de La débil mental. Porque si Arenas no leyó sus libros, la respuesta tendrá que ver con linajes transversales. Y tal vez, pienso, tenga relación con un poema extraordinario, y vuelve otra vez esa sensación, porque es el adjetivo que mejor define a la obra maestra “Cadáveres”, de Néstor Perlongher.

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Apenas termino la lectura de Degenerado, temo no tener nada que preguntarle a Harwicz. De todos modos le escribo a la casilla de correo que me facilita la gente de Anagrama. Lo que escribo es largo. No me sale un cuestionario y me disculpo. Le comento que en La débil mental y en Degenerado encuentro a Perlongher y que eso es fascinante en tiempos de transgresiones sistémicas. Le escribo otras tantas cosas sobre José Arenas, leer en alta voz, Mónica Ojeda, incorrecciones, violencia y horror, Camila Sosa, una literatura sin moral, presencias, ausencias, monstruos que no son monstruos, y que el ritmo y la prosa son inseparables del tema. Le digo que no haré preguntas, que no me salen en su caso, y que desconozco si haré una entrevista, una reseña o una columna. Como respuesta, recibo dos audios. Y luego, abierta la confianza, intercambiamos otra serie de audios mientras ella esperaba por una ansiada lluvia parisina y yo caminaba la montevideana calle Justicia.

Audio 1: “Algunas veces me invitaron a Montevideo y nunca pude ir. Una de ellas fue porque se iba a estrenar Matate amor en un teatro. Y al final no se pudo hacer... Así que mi historia con Montevideo, a nivel literario, es un poco fallida. Espero que algún día se pueda subsanar y que haya revancha para alguna cuestión literaria. De todo lo que dijiste te diría que sí. Bueno, no sé si todo. Pero ayer volví a escuchar “Cadáveres” en Youtube, luego de recibir tu email, y me puse también a leerlo, y yo diría que Néstor Perlongher, y por supuesto Lamborghini, y también Carlos Correa, los tres, es como que me siento unida por un fuerte lazo a ellos. También a Marguerite Yourcenar. También a Virginia Woolf. También a Agota Kristof. También, de algún modo, a Elfried Jellinek. También a todos, ¿no?, porque los linajes son difíciles de descifrar. Es decir, yo te podría decir que tengo algo que ver con Balzac, o con Zola, o con los naturalistas, o con el realismo francés del siglo XVIII y del XIX, y al mismo tiempo te podría decir que no, que lo mío es más Céline, o sea deformar, experimentar con la lengua, más Artaud. Pero también Onetti... Siempre me gusta pensar los linajes y las asociaciones, o las herencias, o las influencias, de manera transversal, pero dicho todo esto, con Néstor Perlongher realmente hay algo de su música y de su angustia y de su transgresión que sí. A todo eso me siento muy unida”.

Audio 2: “Bueno, después, qué te puedo decir... Yo no pienso tanto en los libros desde un punto de vista temático. Vos me nombraste a Las malas, de Camila Sosa Villada, y no sé a quién más. Ah, me nombraste a Mónica Ojeda. Sí, claro que la conozco, la leí, de hecho hice algunas contratapas de ella. Pero yo nunca pienso mis libros por temas, por temáticas específicas, como lo que decías sobre Las malas, sino de universos, o de una ética de un escritor. Así que no me siento forzosamente cerca. Pero sí me gusta formar parte de la constelación, de lo que se está escribiendo hoy, y pensarlo como en un mapa, como si fuera un mapa... intergaláctico”.

Montevideo esquina París

Audio 3: Hola, Ariana. Muchas gracias por la buena onda, y por las respuestas, y por los audios... De hecho, ahora estoy caminando por Montevideo, por mi ciudad, con su vida pandémica bastante bien llevada. Yendo al grano: te dije que se me dificultaba un poco lo de las preguntas. También escribo novelas y también considero imposibles algunas de las preguntas que me hacen y que a veces, en el rol de entrevistador, suelo repetir. Es como una trampa en la que caigo. Y me da un poco de vergüenza cuando decís “yo no escribo sobre temas”, porque odio cuando me preguntan “¿de qué va tu novela?”. Pero sí tengo claro que la búsqueda de un lenguaje nos lleva la propia vida. Y que son cosas que uno mismo no sabe, pero intuye, y que posiblemente sepan más de todo eso los que nos leen o nos interpretan. Pero bueno, todo esto me hizo acordar de Juan Andrés Ferreira, un autor uruguayo que te recomiendo, que escribió una novelaza que se llama Mil de fiebre, y que hoy citó, en Twitter, una frase muy ingeniosa que cuestiona lo de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Lo que plantea esa cita, a la que se adhiere JAF, es que lo peor que le puede pasar a un escritor es escribir sobre lo que sabe, sobre lo que conoce, y que en todo caso lo más lindo, o lo más desafiante, vendría a ser escribir sobre lo que no sabemos, sobre lo que nos da muchísima curiosidad.

Audio 4: Respecto al tuit de tu amigo escritor... entiendo la inversión y entiendo lo de repensar la frase tan famosa de Tolstoi. Siempre está bueno cuestionar. Yo, de todos modos, soy tolstoiana, y creo que realmente es un gran consejo. Pero entendido de manera literal, ¿de qué sirve que escribas sobre lo que conocés si lo escribís mal, si no sos capaz de verlo con ojos nuevos? Pero creo que sí, creo que uno tiene que, como los pintores, escultores, cineastas y dramaturgos, intentar visibilizar en el arte aquello que otros no pueden ver. Yo no sabría qué decir de las travestis, no sabría qué decir del racismo, no sabría escribir nada interesante de los inmigrantes que se suben a los barcos, ni tampoco de la trata de blancas. No sabría qué decir. La única obligación, en todo caso, que me parece que tiene un escritor, como cualquier artista, es escribir lo que otros no pueden ver. Lo que ves, en definitiva, sólo vos estás viendo. Es casi como una película de terror. Y eso yo creo que uno lo tiene que conocer, y desafiarse, y llegar hasta el fondo para poder escribirlo.

Audio 5: Ahora que nombrás el terror, o más bien el horror, entiendo que es algo que comparte tu escritura con las novelas y relatos de Mónica Ojeda, y que en tu caso se encuentra claramente en la muerte anunciada de La débil mental y en un elemento que sorprende de entrada al lector de tu novela Degenerado. Y ese elemento es que escribís desde la voz de un hombre, y vaya personaje que elegiste. Me pregunto por qué lo elegiste a él. Me pregunto también, y me intriga, ¿cómo fuiste construyendo el discurso de un hombre acusado de la violación y muerte de una niña? De alguna manera, en esta decisión desafiás radicalmente la idea de perspectiva de género en la escritura...

Audio 6: Bueno, lo de aplicarle perspectiva de género a todo vendría a ser justamente el gran equívoco de estos últimos 20, 30 o 40 años. Parecería que todo hay que pensarlo y repensarlo desde ese punto de vista: la Shoah, el holocausto, la hambruna, las pestes, el Gulag, las dictaduras militares, todo, todo, el amor, el fracaso del amor, el odio, todo tiene que escribirse desde el punto de vista del género. ¡Y es apenas una perspectiva más, entre tantas, para el análisis sociológico, filosófico, literario! No estoy de acuerdo en invalidarla, ni estaría de acuerdo en vetarla o en hacerla desaparecer, pero menos estoy de acuerdo en que sea la única posible. No puede salir nada interesante si nos cerramos únicamente en la perspectiva de género, y muchísimo menos en el campo del arte. Directamente me parece que aplicada al arte es el horror mismo. Si todavía puede ser un instrumento útil para la sociología o la política, seguro que no es así para el arte. El arte es todo lo contrario de lo que se está haciendo ahora en estos últimos años. O sea... yo leo a Perlongher, leo a Oscar Wilde, leo a Manuel Puig. Jamás me estoy preguntando si son gays. Obvio que son gays. Obvio que son homosexuales. Obvio que tantos otros han sido bisexuales, qué sé yo. Rimbaud, por ejemplo. ¿Y qué me importa a mí si Rimbaud fue o no bisexual, o lo que hizo Paul Verlaine? Y tampoco me importa que Hemingway fuera machista, o que Onetti estuviera deprimido en la cama, o que Virginia Woolf tuviera trastornos psiquiátricos. No sé qué puedo decir sobre eso. Cuando escribo soy mujer, fatalmente, pero no escribo desde una perspectiva de género, y me gusta más pensar como lo pensaban muchas escritoras... en todo caso, ser hermafrodita.

Audio 7: ¿Cómo llegaste a Francia? ¿Por qué vivís ahí? Son todos misterios para mí. Porque en realidad te leo como leo a Perlongher o a Lamborghini, o sea como una argentina-rioplatense, pero en los escenarios y personajes sos claramente expatriada, en los suburbios parisinos de La débil mental o en el pueblo rural francés de Degenerado. Las dos son novelas europeas en muchos aspectos. Y sobre todo La débil mental me trajo un aire de on-the-road-punk, del primer Bolaño, de aquella novela que escribió a cuatro manos (Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce), en la que se cuenta una historia medio demente y que termina muy mal. Para mí La débil mental es una maravilla. Es un libro para leer en voz alta. Tiene una cosa de deriva, de que va a pasar algo irremediable. Y esa cosa irremediable está íntimamente ligada al lenguaje, a cómo se cuenta.

Audio 8: Sí, es verdad. De hecho, hoy llego a una síntesis respecto a eso... Siempre me interesaron los cambios de lengua, los vaivenes lingüísticos, lo que pasa con un idioma y una lengua. No era consciente del todo, cuando viví en Argentina, de lo que implica vivir en un país donde casi todos hablan el mismo idioma. Y todo eso me empezó a parecer incómodo. ¿Raro, no? Y entonces me parece que mi gran experiencia fue cambiar de lengua, no yo, sino vivir rodeada de otra lengua, y por ende de otro universo. De otra forma de ver todo... Entonces, esa conversión lingüística, ese cambio, siempre fue uno de mis temas, que va ligado a otro tema, el de la censura en el habla, el de las palabras que se esconden en eufemismos. Así que creo que vine acá, a Francia, a buscar eso, a buscar una incomodidad en el habla.

Audio 9: Eso lleva a preguntarme cómo te llevás con el entorno donde vivís. Pero estimo que no querés hablar sobre tu vida cotidiana, o entre la relación con la obra que estás escribiendo. Pero no puedo evitar preguntar sobre el espacio que ocupa la escritura en tu vida, que supongo que es un espacio físico también, o más bien una necesidad física... porque eso es lo que en definitiva expresan tus libros.

Audio 10: Bueno, te cuento que acá se largó una tormenta. Y ahora, mientras hablo, voy a mirar, porque estoy escuchando y me encanta, porque nunca son como las tormentas de Buenos Aires. No sé cómo son las de Montevideo, pero deben de ser como las de Buenos Aires... Acá no. Acá llueve muchísimo, pero no es igual al Río de la Plata; es una lluvia tranquila. Llueve, llueve y llueve. Bueno, como te dije, acá soy una extranjera, y eso que estoy desde hace casi 15 años. Desde 2007. Soy una extranjera. Cada vez más y cada vez menos. No es un proceso lineal. No es un proceso que empiece y termine, y ya eso una lo sabe, fatalmente. Soy cada vez más extranjera y eso cada vez repercute más en mi escritura, como si estuviera viviendo en una trinchera. Esa sensación está todo el tiempo. Y ahora, con el covid, con el aislamiento y con la imposibilidad de ir a Argentina, es como un exilio forzado. Antes yo estaba acá porque quería, y ahora es como un exilio. Es terrible, porque tiene aires políticos. Volvemos a la noción de frontera. Ahora estoy separada de verdad, y antes era un juego. Es como un escenario, un decorado de cine, y como lo que hace un escritor siempre es escribir, no importa demasiado el dónde. En el desierto, en una colina, en Texas o en el campo francés.

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Escucho las últimas palabras de Ariana. No habrá más audios. Se los reenvío a mi hija Julieta, que viene de un largo viaje de dos años por Nueva Zelanda. Se molesta un poco con lo que Ariana dice sobre la perspectiva de género. Le comento que Ariana Harwicz es una escritora y no una activista política. Y que escribió La débil mental, uno de los libros más salvajemente feministas que pasaron por mis ojos. Y Degenerado, que es aún más salvaje y perturbador. Todavía no puedo decir nada sobre Matate amor. Sigo caminando. Es inevitable pensar en Gombrowicz. Podría decirse que Harwicz es espejo del polaco que escribió en su lengua en Argentina. Me debo la lectura de los Diarios. Pero antes tengo que terminar de leer Degenerado, que bien podría ser un personaje de un relato de Gombrowicz, y poner en el correo –con la dirección postal de Ariana– un sobre con un ejemplar de Papeles suizos. Tengo la certeza de que la lengua en común está impregnada del neobarroso de Perlongher. Para leer en alta voz.

Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres

(y siguen decenas de versos extraordinarios)