Marcos Velásquez (1939-2010), autor de un puñado de canciones fundamentales del cancionero uruguayo y pionero en el estudio de nuestro patrimonio musical, fue integrante de la generación de los 60 y de lo que luego se denominó movimiento de canto popular. Oriundo del oeste montevideano, desde chico anduvo entreverado en peñas y otras rondas con guitarra y conoció de primera mano a los cantores Carlos Molina, Alberto Moreno y Aramís Arellano, artistas que serían modélicos para su perfil artístico. Con la maleta llena de polcas, candombes y milongas se radicó primero en Chile, en 1968, y luego en Francia, tras el Golpe de Estado de Augusto Pinochet de 1973. Durante su exilio europeo no dejó de cantar y difundir el folclore latinoamericano, a la vez que participó de manera activa en encuentros de denuncia y solidaridad en el marco de las dictaduras latinoamericanas y sus crímenes. En 1987, consolidada la reapertura democrática, regresó a Uruguay, donde vivió hasta sus últimos días.

Rodrigo Camaño es profesor de Educación Musical y estudiante de la Escuela Universitaria de Música. Desde hace siete años investiga y difunde la obra del autor de “Nuestro camino” y “El tero tero”. En 2019 publicó el ensayo biográfico Marcos Velásquez. Cantor criollo y desde el año pasado está disponible la web cantorcriollo.com.uy, donde recopila textos, fotografías, videos, audios y otros materiales referidos al artista. Ayer, en la sala Camacuá y con Washington Carrasco, Rubén Olivera, Jorge Zubillaga y el trío Asamblea Ordinaria como invitados, presentó su segundo libro, Marcos Velásquez. Panorama del folclore musical uruguayo.

¿Cómo surge el interés por la obra de Marcos Velásquez?

Cuando estaba terminando los estudios empecé a tener contacto con su obra. Conocía cuatro o cinco canciones que estaban en el cancionero popular, pero me empecé a dar cuenta de que su obra era más conocida de lo que yo pensaba y muy interesante, que abarcaba muchos rubros, como el humor, la fábula, los diferentes géneros musicales uruguayos. A partir de eso empiezo a darme cuenta de que es una personalidad que merecía un poquito más de reconocimiento y que, al mismo tiempo, no había mucha cosa escrita sobre él.

¿Tenías en la cabeza el formato multimedia desde el principio?

En realidad, lo primero que pensé fue un cancionero. Después me di cuenta de que lo más sustancial era conocer su figura, entonces decidí dedicarme más en profundidad a su obra. Lo que pasa es que, cuando salió el primer libro, tanto profesores míos de la Escuela Universitaria de Música como su familia me empezaron a dar cantidad de material. Siempre conté con todo el apoyo familiar, pero había materiales que de repente eran de contenido más afectivo y yo tampoco sabía que existían; no tuve acceso a esos materiales desde el primer momento. Los estudios de folclore que hizo Marcos, las grabaciones en cinta que tenía, que le había dado a un profesor mío de la facultad, me llegaron y decidí embarcarme en otro proyecto, que fue hacer la página web y editar este segundo libro con el contenido principalmente musicológico, si se puede llamar así. En realidad, es como que todo el tiempo se va rediseñando, cambia de formato según el material que aparece; es un camino al que todavía le falta mucho por recorrer, porque todavía no he digitalizado ni un tercio de lo que tengo.

¿Con qué se va a encontrar el lector en este nuevo libro?

Este libro incluye materiales inéditos que giran en torno a preguntas que Marcos se planteaba o que le hacían en los conciertos sobre qué era el folclore, qué era lo tradicional, lo autóctono. Consideraba que no eran bien utilizados esos conceptos, que eran deformados o que tenían una visión estática de la música, y defendía a ultranza la necesidad de que eso fuera plástico, movible, adaptable. Muchas veces lo llamaban folclorista y no le gustaba. En los 60 y 70, que alguien no se considerara folclorista era medio extraño porque, en realidad, era la etiqueta que vendía. Sin embargo, cancionista, cantor popular y cantor de protesta tampoco le convencían. Se consideraba cantor criollo.

También incluí todas las letras de las canciones que no entraron en el primer libro, un anexo con lo que fue el Centro de la Canción de Protesta en el Uruguay y una autobiografía. El objetivo era que todos esos textos estuvieran a disposición.

Explicame qué sería un cantor criollo.

Los cantores criollos, según palabras de Velásquez, eran músicos a los que, primero que nada, no les gustaba que los llamaran folcloristas. Interpretaban músicas tradicionales, que muchas veces se inspiraban en poetas que no tenían por qué ser rurales, tocaban temas universales en sus textos, pero a la uruguaya. Muchos de ellos se vestían con atuendo rural, pero las temáticas de sus canciones no tenían por qué ser estrictamente del campo. La diferenciación que podían tener con otros músicos era que su música —me refiero a los géneros en los cuales se basaban— eran, para ellos, los que mejor representaban a Uruguay: la cifra, la huella, la milonga, la polca, la habanera, el estilo. Marcos toma un poco la posta de Alberto Moreno, de Aramís Arellano, también de Carlos Molina, que eran músicos que cantaban por milonga, por cifra, por esos géneros que yo nombraba, pero que eran capaces de hacer la diferenciación con respecto a la música que venía de Argentina; ellos no interpretaban zambas, por ejemplo, no hacían chacareras, porque para ellos la música uruguaya no era eso. En sus aires musicales se encuentran reminiscencias de Néstor Feria, incluso de Carlos Gardel. La particularidad de Marcos es que era autor de sus textos.

¿Cuánto tiene que ver su ambiente de chico y su relación con Carlos Molina?

Marcos nació en La Teja, Pueblo Victoria, pero se crio en el Paso de la Arena, al lado de Camino de las Tropas, entonces había mucha presencia de músicos que andaban de paso, y en los bares escuchaba y veía a los músicos cantar estos géneros musicales. Aprendió en esos lugares cómo se tocaba una cifra, cómo se tocaba una polca, una milonga. Nunca fue a ningún profesor, aprendió viendo y escuchando. El papá tenía mucho contacto con Carlos Molina, con Alberto Moreno. Marcos podía diferenciar cómo tocaba la milonga Carlos Molina y cómo la tocaba Alberto Moreno, cada uno tenía su forma o cuáles eran los yeitos que tenían a la hora de improvisar, para pensar un remate o darle una vuelta a lo que estaba cantando. Aprendió principalmente en esos lugares, en los bares, en los recreos que se armaban en esa época; ahí es donde absorbió.

Foto del artículo 'Con Rodrigo Camaño, responsable de cantorcriollo.com.uy y autor de dos ensayos biográficos sobre Marcos Velásquez'

Y luego, de alguna manera, siguió los pasos de Lauro Ayestarán.

Sin haber sido alumno formal de Ayestarán, a partir de que tiene ese interés por la música uruguaya empieza a leer sus libros y después a contactarlo para pedirle información, datos. Tengo entendido que Ayestarán lo grabó, por considerar que un gato que había escrito Marcos tenía la estructura, la métrica y las características perfectas que tenía que tener un gato. Después, Julián Falero, músico y amigo, lo ayudó en ese transitar de recorrer la campaña. Armaron una dupla recreando lo de Ayestarán. Me queda la duda de si en algún momento Marcos tuvo la intención de hacer algo similar con lo de Ayestarán o simplemente era esa necesidad de aprender de primera mano lo que lo hizo recorrer gran parte del territorio.

¿Tuvo algún tipo de financiación?

No. Ellos salían los viernes; si el músico a grabar estaba en Montevideo, genial, y si estaba en el interior, arrancaban y se iban todo el fin de semana a buscar a esa persona. He encontrado grabaciones de las mismas personas que grabó Ayestarán. Sabían que había un músico y allá iba Ayestarán y después iba Marcos, o viceversa.

Había mucha colaboración.

Exacto. Y admiración. Siempre hablaba de Ayestarán como un gran sabio, con una paciencia enorme, y que estaba siempre dispuesto a sacarle una duda, a proporcionarle un dato, una grabación.

Marcos Velásquez tiene un puñado de canciones muy populares, pero en su gran mayoría conocidas por otros autores.

Marcos fue un músico que tuvo la gran virtud de que su obra trascendiera su nombre. Me cuesta pensar en un artista que no se conozca a la par o por encima de su obra. En el libro cito un texto de Manuel Machado que dice: “Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son, y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor”. Esos versos para mí lo describen en carne viva. Zitarrosa grabó “El diccionario”, Los Olimareños, “Nuestro camino”, “El tero tero” lo hizo todo el mundo, “La rastrojera” tiene millones de versiones. Uno las escucha y, a no ser que estés muy empapado en el tema, no sabés que son de Marcos Velásquez.

“La rastrojera” es muy particular en ese sentido. Es como si estuviera viva.

El “que venga el trigo, que venga el maíz” a todo el mundo le suena de algún lado. Cuando transcribí la letra tuve que elegir una, pero aclarando que debe de haber 20, 30 estrofas más del propio Marcos y otras que se escuchan en un ómnibus o en un asado. Lo raro de esto es que el pueblo le agrega esas estrofas, como que la canción sigue caminando. Sería imposible pensar cuántas hay.

Marcos a nivel de reconocimiento iba un poco a contrapelo. Se fue en el 68 para Chile, participó en la conformación del movimiento de canto popular, pero cuando se puso más picante la cosa a nivel social, ya estaba en Chile. Entonces, entre el 68 y el 87, cuando volvió, transcurrió mucho tiempo. Y cuando volvió, por más que fue recibido con un gran apoyo, ya agarró la bajada del canto popular. Entonces, entre que estuvo mucho tiempo fuera del país y que no estuvo en los dos grandes momentos del boom del canto popular, su nombre fue cayendo un poco en el olvido. Creo que ahí radica un poco ese abandono que sufrió desde el punto de vista artístico.

Sus últimos años los atravesó con dificultades. ¿Qué reflexión te merece?

Creo que Uruguay tiene un gran descuido con sus artistas en general. Lamentablemente es el destino de muchos músicos que no logran sobrellevar sus últimos años con dignidad. He escuchado entrevistas a la familia de Zitarrosa en las que cuentan que antes de fallecer también tenía dificultades para tocar en Uruguay. Estamos hablando de Alfredo, qué dejamos para los que vienen en segunda línea. Les pasó a muchísimos músicos: Osiris [Rodríguez Castillos], Eustaquio [Sosa], [Eduardo] Mateo; yendo para otro palo, [Eduardo] Darnauchans, todos músicos que transcurren sus últimos años con grandes necesidades y sin embargo son muy queridos y reconocidos.

¿Cómo recibió la familia de Velásquez este trabajo?

Primero, sienten la alegría y la emoción de que alguien se haya preocupado un poco por la obra. Al principio me fueron estudiando a ver quién era este fulanito que aparecía [se ríe], pero creo que con el correr de los años hemos generado un vínculo afectivo muy lindo, cada cosa que hago siempre es con su autorización.

Dijiste que el proyecto tiene mucho camino para recorrer. ¿Qué planes tenés a mediano plazo?

El libro recién acaba de salir y mi intención es tratar de que no quede estancado en Montevideo y que pueda ser presentado en el interior; siento que con el primero me quedé muy acá. También trabajar con sus fotografías, sus afiches, eso me gustaría. Hay afiches muy lindos de recitales hechos por músicos que estaban exiliados. Por ejemplo, Numa [Moraes], [José Carbajal] El Sabalero y Marcos cantando en Francia, haciendo campaña por los derechos humanos. Cantaban para juntar dinero para mandar para acá, o en actos de denuncia a nivel internacional. Esas cosas también me gustaría que no quedaran en un segundo plano. Cuando hablamos de memoria, los músicos no solamente son la canción, sino también lo que hacen con sus canciones.

Marcos Velásquez. Panorama del folclore musical uruguayo. De Rodrigo Camaño. Edición del autor, 2022. Por consultas y compra de libros: [email protected]