Dirigida por Philip Barantini, Adolescencia fue cocreada y escrita por Jack Thorne y Stephen Graham, quien también la coprotagoniza y coproduce (junto con el actor Brad Pitt). Tras dos semanas en el top 5 de visualizaciones de Netflix, con reseñas que inundaron el ecosistema digital global y un creciente boca a boca, es claro que la miniserie toca una llaga viva, nuestro zeitgeist de malestar, tenso e incierto. Exhibida con crudeza a través de la perspectiva de Jaime, un feminicida infantil vulnerable y frágil (representado con gran maestría por Owen Cooper), Adolescencia hace evidente la necesidad de un cambio cultural colectivo.

La edad

La adolescencia es un constructo cultural que lleva siglos en desarrollo, aunque poco más de 100 años como término lingüístico empleado en la comunicación social. Previamente, la cultura occidental no contaba con una palabra particular para designar a la etapa de desarrollo en la que se lleva a cabo la transición de la niñez a la adultez. Sin embargo, el concepto fue claramente distinguible desde la antigua Grecia, en la que esta transición se celebraba mediante diversos ritos de pasaje y ceremonias que señalaban el ingreso formal a la vida pública.

Desde los tiempos de las ceremonias dionisíacas y de las Bacanales romanas, el rito de pasaje siempre estuvo involucrado con actos simbólicos que representaban la transformación física que inaugura un claro hito en la vivencia social de la sexualidad. Mientras las fiestas helénicas y los ritos de pasaje romanos desafiaban a los nuevos adultos en compañía de los miembros de la comunidad y evaluados por el padre de cada varón a punto de dejar la niñez, la sociedad actual tiene al centro educativo, el barrio y las redes sociales como principales espacios que encuadran la inauguración de la sexualidad y las demás prácticas sociales que conducen a la adultez, sin marcadores claros y, generalmente, sin orientación alguna.

La superficie líquida

Enfocada en la cinematografía y el particular esfuerzo del arte expresivo de los actores, los medios no han dejado de hablar del principal recurso narrativo de la miniserie: el único plano secuencia en que se desenvuelve cada uno de los episodios, de 50 minutos de duración. Tal vez no sea casual que no se descorra la cortina a nivel crítico: es síntoma de nuestra época, enfocada en la forma y la estetización de la superficie. Pero si la analizamos con cuidado, la elección narrativa del director construye una perspectiva que no es fútil ni aleatoria y cuyo efecto perceptivo nos adentra en la historia hasta colocarnos como testigos con un complicado nivel de involucramiento.

No es necesario que algún personaje tenga que atravesar la cuarta pared para interpelarnos: la superficie líquida de la pantalla de Adolescencia es una delgada capa en movimiento que nos salpica constantemente e impide que estemos ajenos a la historia y los personajes.

Tampoco resulta circunstancial ni perezoso el título Adolescencia, que universaliza el dolor de una etapa y un acontecimiento que no está inspirado en ningún caso real específico, porque se vincula con cualquier y todos los casos reales contemporáneos de violencia en redes y feminicidio.

Mediante una compleja polifonía naturalista, la miniserie construye los personajes y sus vínculos multidimensionales con el diverso rango de emociones y comportamientos que se podrían atravesar en la vida real. En este sentido, el estilo discursivo se elabora también desde la estética del caos y el vértigo de la aceleración que se habilitan con el único plano secuencia, un continuo acontecer que nos empuja de forma inmersiva en el mismo flujo incesante de nuestra sociedad contemporánea.

La educación

El episodio 2 de Adolescencia narra una jornada en el centro educativo tras el crimen que centraliza la trama, nos pasea con los detectives de la Policía por la alienación de los adultos, nos enfrenta a la violencia de los adolescentes, al acoso flagrante.

Según el reporte de la Unesco Kids online Uruguay (2023), los adolescentes uruguayos usan internet todos los días, principalmente desde un celular y conectados en el hogar. Los jóvenes reconocen las oportunidades de actividades y conocimiento que brindan los contenidos digitales que circulan en internet. Asimismo, respecto de su consumo de contenido en línea, el 41% de los adolescentes uruguayos reportaron haber visto contenido violento, 37% de los adolescentes indicaron haber enfrentado discriminación y casi el 25% de los adolescentes de educación media indicó que había recibido mensajes con contenido sexual. Según el estudio, los adolescentes son conscientes de los riesgos que existen en internet.

Esta realidad es similar en la mayoría de los países del planeta y, en todos, desembarca cada mañana y cada tarde en los centros educativos, donde atraviesan el cuerpo las repercusiones, los silencios o la violencia de la vida virtual. La respuesta del sistema educativo, sea el británico, el uruguayo, el japonés o cualquier otro, está rezagada, sobrepasada, desorientada, y, mientras tanto, la realidad no se detiene, es un loop 24x7 con el mismo nivel de velocidad de la cámara en mano y la misma lejanía del dron de la cinematografía del episodio 2.

Nunca antes hubo tanta investigación académica, evidencias científicas y programas escolares vinculados con la educación emocional, la convivencia y la atención a las conductas de riesgo asociadas a la adolescencia. Se le pide al sistema educativo que ponga parches, que eduque para la vida, que acompañe; se le piden acciones que no alcanzan para resolver las inequidades, las crisis sociales y la violencia económica que traspasan las puertas de escuelas y secundarias.

Esta tensión es evidente en el estado del centro educativo de la miniserie: el cinismo como mecanismo defensivo del cuerpo docente, el contundente síndrome del superviviente de los cercanos a las víctimas, la violencia de los emergentes. Negociar su contexto social inmediato es vital para los adolescentes, y el centro educativo, con los referentes adultos responsables de esta formación, debería estar presente, debería poder acompañarlos. Mientras tanto, el sistema educativo y sus responsables quedan expectantes por la respuesta de quienes, a su vez, deberían sostenerlos a ellos.

La masculinidad

El episodio 3 gira en torno a la última entrevista de una psicóloga que viene evaluando a Jaime para un reporte que se utilizará en el juicio en el que es el principal sospechoso de asesinar a una compañera de clase. Con métodos peculiares de diagnóstico y una interesante puesta en escena de la acción, las palabras de los personajes y la cámara que los acompaña giran en torno a la tensión del clásico freudiano del eros y el tánatos.

Siguiendo la línea de su padre en estos conceptos, la psicoanalista Anna Freud consideraba que la adolescencia es el proceso en el que los impulsos sexuales desestabilizan y reorganizan el aparato psíquico, con un temporal debilitamiento del yo y un mayor peligro potencial de conductas de riesgo y formación de patologías. Durante la adolescencia contemporánea, la virtualidad incide en este proceso de construcción de la identidad sexual, habilitando diversas formas de vincularse sexoafectivamente y creando nuevas amenazas de difícil reconocimiento.

Ante la actual falta de ritos de pasaje, los adolescentes deben transitar el paso de este proceso por sí mismos, cada vez más alejados de la mirada adulta del referente que guía. En esa marcha, circulan por el inmenso paisaje del ciberespacio, donde pasean, como dice Rosalía Winocur en Robinson Crusoe ya tiene celular, “desde las profundidades del anonimato a la visibilidad cuasi obscena de la superficie”.

Parecería que cuanto más cercana sea la información en la vitrina social de las redes digitales, cuanto más contenido e interacción esté al alcance de un tap y de un clic, más lejana la posibilidad de crear una imagen real del otro, más difícil la chance de negociar los intercambios para una verdadera construcción relacional.

En esta etapa, como en el rito de pasaje de los griegos y romanos, el padre es, para el varón, la figura referente que debería guiar y aprobar. El adolescente varón que no es aprobado por el padre, ¿a dónde se dirige? ¿Quién va a validarlo? ¿Quién acompaña hoy en día a los varones en plena crisis de la masculinidad? ¿Qué es para el adolescente contemporáneo la masculinidad, la sexualidad, la falta de ella, de ellas? ¿Qué es, para el adolescente que será un adulto, la mujer que lo rechaza? Todas estas preguntas quedan expuestas e inconclusas, como la mitad del sándwich que nadie come, en la larga escena del episodio 3.

La caída y la red

El episodio 4 gira en torno a la familia y el día elegido para narrar esta parte de la historia, en el que subimos y bajamos de una camioneta, varias escaleras y unos cuantos portones y puertas, es el día del cumpleaños del padre. Fuerte, plomero y musculoso, el padre de Jaime cuida a su familia, es cariñoso y llora. También es un padre que se enoja, rompe muebles y no controla sus impulsos. También es un esposo amoroso, un padre que cuida a su hija mayor.

Jamie elige al padre para que sea el adulto que lo acompañe al inicio del arresto, en el episodio 1, ante las búsquedas de evidencias físicas, las extracciones de muestras, los interrogatorios, y también elige, en el día del cumpleaños del padre, en el episodio final, llamarlo y avisarle que se declarará culpable. Es su regalo, su rito de pasaje.

Tal vez, el paso hacia el final de la adolescencia sea reconocerse como responsable de sus actos. Mientras tanto y al mismo tiempo, Jamie, el emergente, nos señala con claridad para que logremos reconocernos en la fracturada red que nunca podría haberlo sostenido.

Adolescencia. Cuatro capítulos de aproximadamente 50 minutos. En Netflix.