Las filas en el patio de comidas del Teatro de Verano avanzan con lentitud cerca de las nueve de la noche. Mientras tanto, el vendedor de garrapiñada –golosina ideal para soportar los primeros fríos de las noches de otoño– les gana en ritmo a sus competidores con la ventaja de un pase libre para trepar las plateas y el penetrante aroma de la vainilla. En otro sector del remodelado Ramón Collazo, algunos recién llegados detienen su marcha ante el puesto de remeras y gorras azules con un sencillo y único estampado: “Grasa”.

De fondo suena “Azuquita pa’l café” en la versión original del Gran Combo de Puerto Rico, muy inferior a la de Ernesto Negrín y su Grupo Casino. La playlist sigue con clásicos del pop francés de los 80 y una selección de temas de la cantante británica Sade, entre los que resalta “Smooth Operator”.

El público que espera a la cantante y compositora argentina Nathy Peluso es numeroso y mayormente femenino. Aun sin lazos visibles entre sí, dialogan en la proximidad de sus asientos sobre asuntos propios de su devoción, como la elección del repertorio de esta noche, el merchandising oficial y el casero, se felicitan por sus pancartas, o inician conversaciones sobre otros temas laterales.

Cuando se apagan las luces, Nathy Peluso sale a escena con un tapado de piel negra. Abre su espectáculo al ritmo romántico de un bolero: “Me fumo un cigarrillo/ llanto y pena/ Gloria y paz/ Y aunque yo lo consiga todo/ Siempre quiero más”, canta en “Corleone”, envuelta en una actitud de heroína. A cambio recibe gritos y una lluvia de flashes, en una inmediata aprobación que no responde sólo a su visita musical, sino también, y especialmente, al pacto tácito con su personaje escénico de doble ficción: una especie de androide que se comunica en un lunfardo que ofende por igual al inglés y al castellano y puede convertirse en cantantes de distintas épocas y estilos.

Ya dejó todo cuando llega “Business woman”, se tira al piso, salta y da vueltas sobre el pie del micrófono con movimientos explícitamente sexuales. Si quisiera, podría delegar por completo la letra de la canción a su público, que la replica con énfasis y asombrosa exactitud.

El espectáculo, una presentación oficial de su álbum Grasa (2024) regada con el resto de sus éxitos, es una comedia musical que podría recordar los mejores cuadros de Liza Minnelli. La desfachatez de Peluso se sostiene, con precisión, en el guion previsto para todas las funciones de esta gira y en una entrega escénica envidiable, traducida en movimientos constantes de baile y una arriesgada performance vocal. El primer cuadro termina con “Legendario”.

Cuatro actores-bailarines rodean a la artista con armas de fuego, luego dos asistentes empujan un alambrado que emula el final de un callejón. Aquí la teatralidad no es accesoria, sino la norma en el universo exagerado –a veces caricaturesco, a veces grotesco– de la cantante. Sigue con “Ateo”, la canción que grabó junto con C-Tangana, y se arroja en una silla de diseño para recordar, con la complicidad de los presentes, la envidia que provocan sus logros.

Incluso en los momentos en que se la observa genuinamente afectada por la respuesta de su público, no sale de su personaje, no se le escapa ninguna referencia local, o de circunstancia. Lo mejor de la noche llega cuando se convierte en una estrella de la salsa y convence con un bloque de canciones que incluye “Mafiosa”, “Puro veneno”, “La presa” y “Erótika”. La combinación de la expresividad de su voz y los arreglos de vientos, en este caso digitalizados, evocan la narrativa cinematográfica de Rubén Blades y la épica orquestal de Héctor Lavoe, un preferido de la artista. El tecladista Didi Gutman debería llevarse parte de los aplausos por la atmósfera entre intensa y colorida de todo el espectáculo.

El teatro explota en las hiphoperas “Todo roto” (“Levantate/ perra/ no hay tiempo/ Si te duele, curita), “Nasty girl” (su Bizarrap Music Sessions) y “Sana sana”, y luego se calma con la balada “El día que perdí mi juventud”. Quedan para el final “Buenos Aires”, el cóver de Camilo Sesto “Vivir así es morir de amor”, “Remedio” y, en el aire, una pregunta: ¿sabrá cómo se envasa la garrapiñada en Uruguay?