La distopía de un Brasil teocrático, dominado por alguna iglesia evangélica, es una angustia presente entre la clase intelectual brasileña, y fue procesada por algunos de los más valiosos cineastas de ese país. Fue el asunto de Divino amor (2019), de Gabriel Mascaro, estuvo presente en Mátame por favor (2015) de Anita Rocha da Silveira, y dominó Medusa (2021), la siguiente película de la misma cineasta. En este documental, Petra Costa explora esa posibilidad en forma ensayística, narrando el papel de las iglesias evangélicas en la elección y en el gobierno (2019-2022) de Jair Messias Bolsonaro.

Apocalipsis en los trópicos conforma una especie de díptico con el anterior documental de Petra Costa, Al filo de la democracia (2019, también lanzado por Netflix), que cubría el impeachment de Dilma Rousseff y las circunstancias que terminaron llevando a la prisión de Lula y a la elección de Bolsonaro.

Supongo que las imágenes más viejas de la nueva película son material no usado en la anterior. Se trata de miembros de la abultada bancada evangélica del Parlamento brasileño en un momento previo a la votación de la destitución, en 2016. Caminan orando en forma compenetrada y posan sus manos en cada una de las bancas, como si la energía divina transmitida por sus pases mágicos imbuidos de fe fuera a influir sobre el resultado de la votación. Los pocos religiosos que vemos ahí (congresistas y asesores) ostentan una expresión beatífica que traduce la felicidad de sentirse cercanos a Jesucristo. El principal vocero del grupo, Cabo Daciolo, explica que “está declarada la caída del gobierno del impío”.

Ana Petra, como se hace llamar la directora en el trato personal, está a cargo de la subnarración, como siempre en sus películas, combinando lo personal subjetivo con lo histórico-político. Cuenta que fueron esos primeros contactos cercanos con grupos evangélicos los que despertaron su curiosidad sobre la expansión de ese movimiento religioso, cuya participación demográfica en Brasil creció de 5% a la salida de la dictadura al 30% actual (unos 64 millones de personas).

No cuesta imaginarse cómo se fueron dando luego las cosas. Muy pronto se encontró con el “poder detrás del trono” de Bolsonaro, el pastor Silas Malafaia, nacido en 1958, líder desde 2010 de la iglesia Assembleia de Deus da Penha, cuyo nombre cambió para Assembleia de Deus Vitória em Cristo, actualmente con unos 100.000 fieles. Malafaia aceptó prestar diversas declaraciones para el documental y mostrarse en momentos muy reveladores de su cotidiano personal o de su actividad como predicador religioso-político. Ana Petra tuvo acceso también a algunas entrevistas algo superficiales con Bolsonaro, y otras, mucho más profundas y compenetradas, con Lula. Por lo demás, la historia se regaló al documental, cuyo tiempo de realización incluyó la pandemia, la liberación de Lula, su victoria en las elecciones de 2022 y, a modo de corolario, la intentona bolsonarista del 8 de enero de 2023 en la que una multitud invadió las vecinas sedes del Congreso, del Ejecutivo y del Supremo Tribunal Federal (STF) en Brasilia.

Descargo laico

Ana Petra aborda el mundo evangélico desde la perspectiva de quien vivía en un universo al que esas manifestaciones apenas se colaban como un dato lejano. Me identifico con su situación, que, calculo, será también la de la mayoría de los lectores de la diaria. Todos conocemos a algunas personas religiosas, pero las religiosidades que solemos tener cerca son de un tipo “moderno”, una necesidad íntima de la confianza en un ser superior, en un más allá y en una eternidad, además de un sentido de pertenencia a un grupo. En ese grupo, los factores de su religión profesada rara vez se inmiscuyen en sus decisiones cotidianas. Sin embargo, en la película vemos a personas que realmente tienen fe, que no temen parecer ridículos ante los demás, que se emocionan profundamente cuando piensan en Dios. Sus acciones son consecuentes con la faceta más prominente, a cada momento, de sus creencias. Es la actitud frente a la religión que quienes somos ajenas a ella solemos llamar de fundamentalismo y fanatismo.

Es un poco amedrentador para quienes nos ambientamos en la noción de una sociedad laica, en la que hay mecanismos de cuidados para que las desavenencias se procesen en forma civilizada, ver que las mismas personas que bendicen bancas del Congreso o se arrodillan en las veredas para pedir a Dios que sea clemente en su aplicación de la covid sobre sus prójimos podrían, con un poco de manija, hacer cosas realmente peligrosas.

Por suerte, aun en la arremetida destructiva del 8 de enero, no se murió nadie (aunque fueron dañadas obras de arte valiosas y el costo económico fue enorme), pero vemos, en los momentos previos, un militante bolsonarista diciendo en cámara que los “ministros del STF son todos bandidos. Deberían ir presos. O, si no, degollados”, y hace el clásico gesto cruzando los dedos frente a la garganta como si fuera una cuchilla.

Una persona horrible

El Silas Malafaia que se revela en la película es una persona horrible. Lo digo aún más allá de su influencia sustantiva en mantener prohibido el aborto y el consumo de drogas, su oposición al casamiento entre personas del mismo sexo y su pedido enfervorecido de intervención militar para evitar que Lula asumiera el gobierno. La cosa va más allá incluso del hecho de que es una persona agresiva y de que en su considerable tiempo de pantalla no lo vemos decir una sola palabra ni realizar un único gesto vinculado con el amor, la empatía, la búsqueda del bien (la única excepción que registro es un beso afectuoso a su nietita). Sus discursos religioso-políticos están cargados de palabras fuertes (habla del gobierno “izquierdópata” y a Lula lo llama “cachaceiro” –bebedor contumaz de cachaça–); integra ese mismo perfil de líder odiante que vino teniendo éxito entre la extrema derecha, el modelo Trump-Bolsonaro-Milei (la película nos brinda un ejemplo espantoso de falta de empatía de Bolsonaro al charlar con gente en la calle que viene a pedirle que haga algo frente a los destrozos que estaba causando la covid en Brasil).

Malafaia es una persona claramente movida por una inmensa voluntad de poder, de esas que todos los cuentos que hacen tienen que ver con la manera en que antes las cosas estaban mal, hasta que llegó él, hizo tal cosa, todos dijeron que estaba loco, pero, ahora, miren, la realidad le da la razón. Así, habla con aparente respeto de su suegro, de quien heredó el liderazgo de Assembleia de Deus da Penha, pero enseguida dice: “Yo no voy a ser pastor de una iglesia de barrio”, lo que entraña menosprecio por la persona que acaba de elogiar.

Dos días después de ser elegido, Bolsonaro se presentó a una celebración en la iglesia de Malafaia. El discurso de este es casi un acto de humillación. Dice que Dios eligió, para confundir a quienes se le oponían, las cosas locas, débiles, viles, de poco valor, despreciables. ¡Está hablando del presidente! Y hay que ver la expresión de “qué cara pongo” que hace Bolsonaro escuchando ese supuesto elogio. Más adelante, Ana Petra llama la atención sobre un discurso de campaña de Bolsonaro en que este parece mirar a Malafaia –que está en la misma tribuna– antes de decir una frase con trasfondo religioso, y Malafaia mueve los labios, diciendo la frase al mismo tiempo que él, evidencia de que la conocía de antemano (y probablemente la inventó).

Podríamos ir más allá de la interpretación de la directora: me da la impresión de que Malafaia quiere dejar en evidencia que las cosas se dieron de esa manera y que su poder no está “detrás del trono”, sino al costado, o incluso delante. Cuando Ana Petra le pregunta qué pasaría con la bancada evangélica si gana Lula, él dice que es probable que algunos se “encuadren” (cambien su apoyo político hacia la nueva oficialidad), pero asegura que la mayoría va a hacer oposición. ¿Señal de respeto por la integridad de sus correligionarios? Para nada: el motivo, según Malafaia, es que, si cambian de bando, “saben que la base va a reventarlos, que estaremos aquí para reventarlos”.

Por ese lado vemos, en una de las secuencias y de manera casi pedagógica, la manera en que Malafaia ejerce su poder. Bolsonaro se había comprometido a colocar a un evangélico en el STF. Elige al pastor presbiteriano André Mendonça, pero luego sale a declarar que ahora la decisión final le toca al Senado. Malafaia no lo deja por esa, según cuenta a Ana Petra: le hace ver que va a perder apoyo evangélico si no logra que Mendonça sea elegido, y lo presiona a que haga una carta a todos los senadores explicitando que su elección es una cuestión fundamental y que, a su vez, tomará represalias contra quienes no lo voten. Mendonça termina siendo elegido y es, actualmente, “el representante de Dios en el STF”.

Esa cadena de presiones llegó a Lula. Vemos una ilustrativa entrevista a una mujer que trabaja como empleada doméstica y que dice que le gusta el programa político de Lula, pero que no lo va a votar porque se enteró de que es adepto al candomblé (no es cierto: Lula es católico). Su sobrina simpatiza con Lula, pero duda en votarlo porque, supuestamente, Lula va a decretar que los baños públicos pasen a ser unisex. Ante las encuestas desfavorables, Lula tuvo que concentrar sus esfuerzos en los evangélicos, firmó un compromiso de que no iba a proponer la legalización del aborto y salió a declarar que lo de los baños unisex es un invento de Satanás. Y entonces sí derrocó a Bolsonaro por un margen exiguo de menos del 2%.

El papel de la CIA

Todos vimos por televisión la impresionante invasión de los tres poderes en Brasilia del 8 de enero de 2023, pero las imágenes que aparecen en este documental enfatizan, además del fervor nacionalista-bolsonarista-golpista, el grado en que la emoción religiosa se inmiscuyó en todo eso.

Si bien Apocalipsis en los trópicos insiste especialmente en esos aspectos, cuida de explicitar que la realidad es más compleja. Muestra a una evangélica rezando por Lula con similar grado de fanatismo que los seguidores de Bolsonaro. Muestra a un pastor evangélico favorable a Lula y que considera (como parece ser el caso de varios otros) que Malafaia deja una imagen nefasta de la fe evangélica para los no evangélicos. Ese pastor tiene una actitud mucho más amorosa y buena onda.

El documental fue realizado con recursos relativamente altos para una producción latinoamericana (entre otras cosas, gracias a los apoyos de Brad Pitt y de Netflix). Hay abundancia de imágenes de archivo, un empleo discreto de música incidental original y el surgimiento, casi siempre irónico, de algunos clásicos de la música popular brasileña. Su realización implicó viajar por distintas partes del país durante unos cuantos años, bastante investigación y un armado minucioso, que resultó en una película siempre provocadora, variada y que plantea su cuerpo de ideas en forma clara y razonablemente fundamentada.

La historia está estructurada en capítulos, que tienen títulos con resonancias cristianas. El acompañamiento del desarrollo histórico de Brasil desde la elección de Bolsonaro hasta su derrota en el intento de reelegirse es mayormente cronológico, pero está mechado con capítulos o secuencias sobre otros asuntos conexos. Uno de ellos reflexiona sobre la historia del Congreso nacional desde que se instaló en Brasilia, y otro genérico sobre la acción de las iglesias evangélicas en las comunidades más carenciadas de Brasil. Quizá el más significativo sea el que conecta la actitud de Malafaia con la doctrina dominionista, iniciada en Estados Unidos por el pastor Billy Graham (1918-2018), quien consideraba que la iglesia debería inmiscuirse activamente en los terrenos seculares y ocupar posiciones de poder para imponer su posición religiosa al conjunto de la sociedad, creyente o no. En función del papel importante de la Teología de la Liberación (católica) en Brasil, la CIA, según vemos en fragmentos de documentos, puso como prioridad, luego de la dictadura, reemplazar el catolicismo por el evangelismo de derecha en el país, enviando misioneros estadounidenses y fortaleciendo a los predicadores brasileños.

Es una película inquietante, por momentos escalofriante. Probablemente Brasil nunca se convierta en una teocracia, pero supongo que en la década de 1950 alguien hubiera dicho lo mismo de Irán. Me quedan algunas imágenes en la mente: dos bellas muchachitas sonrientes ostentando con ternura un cartel de un Club Antifeminista, cientos de tumbas improvisadas para las víctimas de la covid, el Maracaná repleto para recibir a Billy Graham y todos sacudiendo alegremente banderitas estadounidenses, la Policía Federal reteniendo autos con pegotines de Lula el día de las elecciones presidenciales, y las multitudes con camisas verdeamarillas gritando sincronizadamente “¡Fuerzas armadas S.O.S.!”, es decir, pidiendo el regreso de la situación dictatorial, y el estado de euforia en los momentos previos a la invasión vandálica de los tres poderes.

Apocalipsis en los trópicos. 110 minutos. En Netflix.