La sala Petrona Viera del museo Blanes reúne por primera vez la serie Jaguarão del artista fronterizo Claudio Silveira Silva (Río Branco, 1935 – Barcelona, 2007). Xilografías en color y en blanco y negro, pobladas de animales y arquitecturas reconocibles, devuelven en clave de bestiario la memoria de la frontera Uruguay-Brasil.
En una de las imágenes, una enorme ave negra sostiene en su cuerpo una casa de fachada rosada; una cadena nace de sus patas y se pierde en el suelo. Es la casa paterna de los Correa Silveira, donde vivieron la bisabuela de Héctor, sus abuelos y parte de sus tíos y primos. En otra estampa, una casona se levanta sobre una loma verde bajo una luna desmesurada. Más allá, gallos, serpientes y figuras aladas se repiten en pares: versión en blanco y negro, versión en color.
La inauguración de Lembranças: serie Jaguarão formó parte de una constelación de homenajes por los 90 años del nacimiento de Silveira Silva. En el “año Claudio”, de acuerdo con el hijo del artista, Héctor Silveira, se realizó el traslado del museo Claudio Silveira Silva de Durazno a la casona donde funcionó el antiguo taller de artes plásticas de la ciudad, con la reinstalación de Un Cristo en la cruz, el conversatorio en el Pequeño Teatro de Durazno, donde amigos, vecinos y exalumnos lo recordaron como “el hombre, el amigo, el vecino”, en un tercer acto en Montevideo, la exposición en el Blanes.
Lembranças es, ante todo, la memoria de la infancia de su padre en Río Branco y Jaguarão, aseguró Héctor Silveira el día de la inauguración. Propuso una clave de lectura simple y poderosa: “En esta serie mi padre siempre pone en primer plano un animal; en segundo plano, un lugar o una casa, espacios de sus vivencias; y en todos ellos, en un tercer plano más pequeño, figuras humanas, donde, diría, nos presenta sus recuerdos, sus vivencias, como si fueran fragmentos de cuentos”.
Animales que cuentan una frontera
Lo primero que sorprende al entrar es que la exposición está llena de animales. Gallos que dominan casi todo el cuadro, aves de cuello tenso, cuerpos híbridos que parecen mezclar caballo y pájaro, serpientes enrolladas en torno a figuras humanas, peces, jabalíes. A veces aparecen solos, recortados sobre fondos negros; otras veces integran escenas donde conviven con casas, cerros, lunas o pequeñas edificaciones.
La curaduría organiza las obras en series de variaciones. Un mismo motivo se muestra en dos versiones: una xilografía en blanco y negro y otra con una gama reducida pero intensa de colores (rojos, naranjas, verdes). Así, una casa iluminada por la luna cambia radicalmente de clima según el color del cielo o del cerro; un gallo frontal se vuelve más amenazante o festivo según el contraste cromático. La repetición de matrices, con mínimas modificaciones, funciona como un laboratorio visual de la memoria: la misma lembrança, pero filtrada por distintos estados de ánimo.
Los animales cumplen varias funciones a la vez. Son protagonistas, lo primero que se ve desde lejos, pero también son contenedores: dentro de sus cuerpos aparecen fragmentos de ciudades, siluetas humanas, objetos. Es como si Silveira hubiera decidido que la historia de Jaguarão y Río Branco podía contarse desde ese bestiario, donde cada animal porta una escena y un recuerdo.
Un artista entre dos orillas
La pared de entrada lo resume en pocas palabras: “Claudio Silveira Silva. Río Branco, 1935 – Barcelona, 2007”. Hijo de esa ciudad fronteriza frente a Jaguarão, Silveira ingresó en 1955 a la Escuela Nacional de Bellas Artes de Montevideo, donde estudió pintura con Vicente Martín e Iberé Camargo y grabado con Adolfo Pastor. En los años 1960 obtuvo becas para la Escuela de Bellas Artes de París, donde se perfeccionó en la técnica de la estampa con Johnny Friedlaender. Desde 1974 se radicó en Barcelona, sin dejar de exponer periódicamente en Uruguay.
Entremedio, dejó una huella profunda en Durazno: fue docente, dirigió el taller de artes plásticas y produjo obras emblemáticas como Un Cristo en la cruz (1969) para la iglesia San Pedro. Ese Cristo, tallado en madera de naranjo y policromado, es hoy una pieza central del museo duraznense.
Su biografía recorre exactamente los tres vértices que se activan con esta exposición: frontera, interior y diáspora. La frontera es el punto de partida concreto, Río Branco/Jaguarão, y también simbólico: esa identidad binacional, de portuñol y mezcla cultural. El interior aparece en su larga vida duraznense, que hoy se cristaliza en un museo propio. La diáspora se encarna en Barcelona, ciudad hacia donde emigró, trabajó y murió, y desde donde siguió mirando al Río de la Plata.
Esa trayectoria lo convirtió en una figura algo lateral dentro del relato más “oficial” del arte uruguayo, centrado muchas veces en Montevideo y en ciertas tradiciones urbanas. Lembranças se inscribe en un movimiento inverso: traer al centro del canon una obra que se construyó mirando la frontera y el campo.
Bestiario de Jaguarão
La serie Jaguarão puede leerse como álbum de recuerdos y como mapa simbólico. Las casas con galería y alero, plantadas sobre lomadas de pasto, remiten a arquitecturas reconocibles de su entorno natal. La luna insistente, casi siempre grande y baja, sugiere noches de campaña y de río. Los personajes humanos, cuando aparecen, están en actitud de tránsito: alguien carga algo, alguien se inclina, alguien parece ofrecer una figura pequeña a otro.
En ese escenario, los animales funcionan como mediadores. Muchos de ellos son aves de proporciones exageradas, con cuerpos que contienen escenas o edificios en su interior, como si la ciudad viviera literalmente “dentro” de un gallo. Otros parecen guardianes, apostados a la entrada de una casa o de una loma. Hay también serpientes que rodean a figuras humanas y criaturas compuestas que desbordan cualquier clasificación zoológica.
El uso alternado de blanco y negro y color refuerza la idea de memoria en capas. Las versiones monocromas se acercan a la estampa tradicional, con fuerte contraste y cierta dureza; las versiones coloridas introducen matices emocionales: una casa puede ser refugio cálido o lugar inquietante según el rojo o el verde que la rodea. En términos formales, se vuelve una y otra vez sobre las mismas escenas, pero nunca se las ve igual.
Más allá de las referencias específicas a Jaguarão, la serie habla de un modo de habitar la frontera. No hay líneas rectas ni mapas administrativos; lo que hay son historias, animales, casas que parecen caminar, cerros que se curvan como lomos de bicho. Es una geografía afectiva más que cartográfica.
Entre el museo y el campo
La disposición de las obras en la sala también dice algo. A un lado, las xilografías enmarcadas de Silveira recorren las paredes blancas sobre el parqué pulido. Al fondo, en la galería izquierda, se recorta la figura en yeso de Tránsito, de la escultora argentino-uruguaya María Carmen Portela: una mujer desnuda de gran tamaño, original de la obra cuya copia en bronce fue una de las primeras esculturas de una artista mujer instaladas en el espacio público montevideano, en una fuente de Carrasco. Restaurada hace poco por el equipo de conservación del Blanes, la escultura se planta sobre el piso damero y mira de soslayo hacia los gallos y las casas de Silveira Silva.
El diálogo entre esa pieza moderna, parte del acervo histórico del museo, y el bestiario fronterizo de la serie Jaguarão es inevitable y productivo: no se trata de oponer canon académico y arte popular, sino de recordar que la historia del arte uruguayo también se escribe desde estas imágenes de campo, de negritud, de mezcla.
La muestra del Blanes se articula además con lo que viene ocurriendo en Durazno. Este año, el museo Claudio Silveira Silva fue trasladado a la casa donde funcionó el taller de artes plásticas, y el Cristo de madera volvió a exhibirse, cumpliendo el deseo del propio artista de que, si no estaba en el altar mayor, su obra estuviera en un museo. Más cerca en el tiempo, el Pequeño Teatro organizó un conversatorio/homenaje en el que vecinos, colegas y exalumnos lo recordaron a partir de anécdotas mínimas: el profesor de dibujo, el vecino, el diseñador de logos, el amigo que regalaba grabados originales.
La combinación de estos tres gestos –un espacio monográfico renovado en el interior, un homenaje comunitario en el teatro y una exposición focalizada en Montevideo– ayuda a entender la escala del artista: lo local y lo nacional no son niveles separados, sino capas que se superponen.
En ese sentido, Lembranças no es sólo una exhibición de obra gráfica, es también un ejercicio de política cultural. Pone en diálogo a una institución emblemática de la capital con un artista que hizo gran parte de su camino lejos de ella, y ofrece al público montevideano la posibilidad de leer la frontera no como periferia exótica, sino como uno de los centros posibles del país.
Lo que queda resonando
Al salir de la sala, la sensación es que hemos recorrido un bestiario íntimo. Los animales de Silveira Silva no son ilustraciones naturalistas ni símbolos fáciles: son formas de recordar un territorio que se vive siempre en tránsito, con un pie en cada orilla. La insistencia en las parejas de grabados –color y blanco y negro, día y noche, fiesta y amenaza– subraya que toda memoria de la frontera es ambivalente.
La exposición deja abiertas varias preguntas que vale la pena seguir explorando. ¿Qué lugar ocupa la frontera Uruguay-Brasil en nuestra imaginación colectiva cuando pensamos “arte uruguayo”? ¿De qué manera las instituciones culturales capitalinas pueden seguir dialogando con producciones que nacieron en otros territorios y lenguas? ¿Qué otras “series Jaguarão” permanecen guardadas, en talleres privados o en museos del interior, esperando ser mostradas?
Al margen de esas discusiones, Lembranças: serie Jaguarão ofrece algo muy concreto: la experiencia de pararse frente a un gallo que contiene una casa entera, frente a una loma que parece un animal dormido, frente a una serpiente que abraza una figura humana y preguntarse qué historias de frontera se están contando ahí. Esas imágenes, nacidas de la madera y de la vida de Claudio Silveira Silva, encuentran por fin un espacio central desde el cual seguir pensando y disfrutando el arte uruguayo.
Lembranças, de Claudio Silveira Silva. En el museo Blanes, de martes a domingos de 12.00 a 18.00. Hasta el 9 de febrero. Entrada libre.