El fin de semana, el estadounidense Alex Honnold, estrella indiscutida de la escalada, trepó los 508 metros del edificio Taipéi 101, en Taiwán, en la modalidad “solo integral”, mientras la plataforma Netflix transmitía en directo. Y se tomó una selfi: en la cima.

Hace casi 50 años, en 1978, el equilibrista Karl Wallenda, de 73 años, cayó de la cuerda floja que unía las torres del hotel Condado Plaza de San Juan de Puerto Rico. Su muerte fue transmitida en directo por televisión y puede verse en Youtube. Después se supo que tenía miedo de caer, y dio nombre al “efecto Wallenda”, un concepto que refiere al temor al fracaso como un factor decisivo para una acción fallida. También dejó en herencia la constatación de que su última actuación tuvo una trascendencia histórica que nunca hubiera alcanzado de completar su rutina con éxito.

Solo

La modalidad solo integral consiste en que el escalador no lleva protección ni herramientas, ni cuerda de seguridad. La única diferencia con andar por casa es un calzado flexible llamado “pies de gato” que le permite usar el arco y los dedos para sujetarse, y una bolsa de magnesio que absorbe la humedad de las manos. Si bien el peligro compone gran parte del encanto, esta modalidad se distingue en técnica y en física de otros tipos de escalada. No se carga peso ni ningún objeto que requiera atención. Permite, y también exige, mayor velocidad, ya que no hay apenas posibilidad de descanso. Depende de la improvisación y la elección acertada de rutas, y confiere al escalador una sensación de libertad y autodependencia que lo obligan a seguir adelante.

Sin embargo, también existe la modalidad “escalada libre”, en la que el escalador va sujeto a una cuerda de seguridad. Esta alternativa ha generado cuestionamientos éticos a la modalidad solo integral, que muchos consideran arrogante e innecesaria, entre ellos el checo Adam Ondra, considerado el mejor escalador del momento.

Transmisión en vivo

No sabemos si Wallenda fue un apasionado, un ambicioso que perdió su vida por popularidad y dinero, o si quedó atrapado en un personaje del que no supo salir a tiempo. Sí sabemos que Honnold se sometió a un estudio del cerebro que mostró que, al igual que otros deportistas extremos, su amígdala tenía menor actividad ante imágenes perturbadoras que la de la mayoría de la gente. No hay conclusiones claras, sin embargo, sobre si este fenómeno se debe a condiciones innatas o a la exposición sostenida a situaciones de riesgo.

De cualquier modo, Honnold está muy lejos de parecer un loquito aventurero. Además de un deportista disciplinado y talentoso, es un padre de familia de imagen cuidada y un empresario organizado, dueño de un producto sin competencia y sabedor de que sus años de rendimiento óptimo tienen un límite. En 2017 llegó a la cumbre de su carrera acompañado, a considerable distancia, por un equipo de filmación para un documental ganador del Oscar, mientras sorteaba, por primera y única vez, una pared vertical de granito de 900 metros en la montaña El Capitán, en California.

Un edificio con estructura regular y previsible, en una ciudad grande, rodeado de gente y camarógrafos colgando, parece un objetivo más orientado al espectáculo que al espíritu de libertad y realización personal que supone la disciplina. El desafío era poco más que rutinario para Honnold. Aun así, ha sufrido múltiples caídas durante su carrera y cualquier desliz lo hubiera llevado a la muerte. La plataforma Netflix no sólo era consciente del riesgo, sino que ese fue el producto que compró.

Hay un debate sobre el monto que recibió Honnold por la hazaña, que ronda el medio millón de dólares. Sin duda, una suma importante para cualquier persona normal. Las críticas se basan en la comparación con otros deportistas de élite (Cristiano Ronaldo cobró unos seis millones de dólares por partido en 2025) y con otros protagonistas del entretenimiento (Winona Ryder facturó 1,25 millones de dólares por capítulo en la última temporada de Stranger Things) que, aun siendo mucho más populares, no pusieron en riesgo sus vidas.

Hay que tener en cuenta que Honnold estaba vendiendo casi una sesión de entrenamiento, y que esa suma viene acompañada de una salida del nicho de los deportes extremos, algo que hasta ahora sólo había conseguido en su país, y de los contratos y espónsores que le puede traer, cuando ya casi no le quedan metas deportivas con las que impresionar.

Ética empresarial

Como otro aprendizaje del caso Wallenda, la transmisión se emitió con diez segundos de retraso, para poder interrumpirla ante cualquier incidente. Es decir, la empresa paga a alguien para que arriesgue su vida, pero no expone al consumidor a imágenes violentas.

La lógica de la ética empresarial no es sencilla. Las tomas de posición forman parte de la construcción de una imagen como estrategia publicitaria. En 2014 la empresa de bebidas energéticas Clif Bar retiró el patrocinio a Honnold y a otros escaladores, alegando incompatibilidad ética con la modalidad solo integral. En épocas de corrección política y cancelaciones, se ha vuelto más redituable para algunos atenerse a ciertos principios en concordancia con los creadores del discurso aceptado como bueno, o de su círculo de consumo. El solo hecho de hacer público su distanciamiento de estos deportistas puede haber sido una movida publicitaria exitosa para Clif Bar.

Pero las modas pasan, y quizás lleguemos a ver a las empresas cambiar sus modelos propagandísticos. Es indiscutible el valor económico que conlleva el lado contrario. El escándalo, la transgresión a la intimidad, la violencia explícita también tienen su público masivo. El retraso en la transmisión con que Netflix protegió a sus espectadores también tiene su lado ganancial. En caso de falla, la empresa tendría en su poder exclusivo imágenes siniestras de alto valor económico, que, de haberse transmitido en vivo, hubieran sido capturadas por millones de usuarios. Dado el caso, habría llegado también el momento de la “filtración” a través de enigmáticos mercados, en tiempos en que la deep web casi ha desaparecido, ya que todo se puede conseguir por los canales regulares, y Telegram, entre otras plataformas, patentó la fórmula para convertir la clandestinidad en un negocio legal.