Japón (bueno, Tokio) tiene la condición mágica de ser un sitio sumamente occidentalizado, reconocible por sus masas de trabajadores caminantes y sus marquesinas de urbe capitalista, pero que a la vez posee condiciones ajenas. Sobre todo en cuanto a la idiosincrasia de sus pobladores, que podrán utilizar teclados de la misma marca en sus oficinas, mientras por dentro les marchan procesiones muy diferentes.
En ese marco tenemos una típica historia del pez fuera del agua, que en este caso también es el típico “personaje punto de vista”, siempre dispuesto a poner cara de sorprendido y preguntar qué está pasando frente a las otredades más notorias de la sociedad japonesa, siempre en comparación con el ideal de este hemisferio que nos presenta el cine y la televisión. Hemisferio que Donald Trump ya ha decretado como estadounidense, así que acostúmbrense. But I digress...
Phillip es un actor proveniente de Estados Unidos, que en una versión más cutre que la de Perdidos en Tokio logró meter un par de publicidades destacadas, entre ellas la de una especie de Míster Músculo de los dentífricos, y desde entonces no ha logrado repetir aquella gloria. Que el encargado de interpretarlo sea Brendan Fraser, quien regresó del ostracismo hollywoodense y fue premiado con el Oscar a la historia de vida por La ballena, le da un pequeño paralelismo poético.
El disparador de la acción, el revelador de la otredad, es que lo contratan de urgencia para un trabajo de actuación, que resulta ser como asistente a un velorio en el rol de “estadounidense triste”. No contenta con esa sorpresa, la directora Hikari nos revela que el muerto en realidad está vivo, y que lo que quería era ver a un montón de gente preocupada y diciendo buenas cosas de él.
Con un ritmo al que nos tienen acostumbradas cientos de películas, Phillip descubre el servicio de las “familias en rentas” del título (Rental Family en el original) y lo convencen de sumarse porque precisan a un caucásico con el que cubrir diferentes trabajos. Ellos, explica el dueño de la empresa como buen personaje que tiene que darnos información, “venden emociones”. Algo que podríamos emparentar con el juego de roles, tanto lúdico como terapéutico (si es que corresponde; yo estudié Comunicación). A la pasada se “revela” que esto existe debido al estigma respecto de la salud mental.
De nuevo, la historia coescrita por Hikari y Stephen Blahut no innova narrativamente ni pretende hacerlo, sino introducir al personaje en este mundo ajeno (aunque de él no lo es tanto, porque lleva siete años allí y maneja bastante bien el japonés) y utilizarlo para revelar luces y sombras de esa práctica tan extraña. Para eso hay que conseguirle empleos que cubran diferentes emociones y proporcionen diferentes obstáculos; será desde un novio a punto de casarse hasta el compañero ideal para jugar videojuegos.
Dos de estos empleos son los que se convierten en columna vertebral de la película. Por un lado, es contratado como “periodista” para entrevistar a un actor venido a menos (un Akira Emoto que ya nos hará llorar) y hacerlo sentir importante. Por el otro, es contratado como “padre” de una niña cuya madre quiere que la acepten en un prestigioso colegio. La joven Shannon Mahina Gorman tiene un papel fundamental y con mucha naturalidad logra que la historia llegue a buen puerto.
Con respecto a la fotografía, recién en la segunda mitad hay tiempo para que los paisajes japoneses se luzcan un poco. Del resto de la película se destaca el uso de las diferentes ventanas de los edificios, incluyendo la de Phillip, como pantallas o monitores en los que transcurren diferentes acciones. Quienes vivimos frente a otro edificio sabemos que somos, a la vez, actores y espectadores.
No hay grandes riesgos creativos en una película segura, en todos los sentidos. Fraser hace muy bien su papel, que necesita vendernos dos o tres momentos de incredulidad en los que, si te parás a pensar, lo que te sale decir es “¿Y qué pensaste que iba a pasar?”. Porque fingir ser el padre de la niña lo deja pronto para golpes dramáticos que de este lado del mundo vimos en numerosas películas adolescentes de novias de alquiler y promesas de salir con la menos linda de la clase. ¿Qué pensaron que iba a pasar?
De todos modos, está bueno volver periódicamente a este cine que busca llevarnos por varias emociones, que si lo logra es gracias a su elenco, y que tiene un ritmo capaz de hacer que los 110 minutos no se sientan. Arroja sobre la mesa un par de conflictos esperables y los resuelve con optimismo, sin que el protagonista peque (demasiado) de “salvador blanco”.
Con trazas de la primera temporada de El ensayo de Nathan Fielder (recuerden al niño actor que se encariñaba con él), Familia en renta nos recuerda que la gente está muy sola en cualquier parte del mundo. Lo único que cambia son las formas de afrontar este hecho.
Familia en renta. 110 minutos. En cines.