“En todo momento tenemos que decidir qué camino tomar. A veces encontramos caminos muy difíciles y otras veces se aplanan”, decía Linda Kohen con una voz calma, sin resignación. Entre todos los caminos posibles, ella eligió el de la pintura.

La artista, que falleció el 21 de enero, había nacido como Linda Olivetti Colombo en 1924 en Italia. Su familia, de origen judío, debió abandonar el país en 1939 por las leyes raciales del régimen fascista. Ya instalada en Uruguay, nunca pudo retomar sus estudios liceales porque, debido a la guerra mundial, los papeles no llegaban. Sin embargo, encontró en el taller Torres García, y luego junto con José Gurvich, un espacio de formación y pertenencia. La influencia de la Escuela del Sur le enseñó proceso, disciplina y síntesis. Ella declaraba que sus principales referentes eran sus amigas. En 1946 contrajo matrimonio con Rafael Kohen.

Contemplativa, caminaba despacio, pero con paso seguro. Pintaba haciendo ruido con el pincel, casi refregándolo contra la tela, para luego difuminarlo con un paño. En ese desenfoque construía líneas que insinuaban soledad, incertidumbre y nostalgia a través de escenas cotidianas: sus pies en la cama, una mesa servida esperando la cena familiar.

Sus obras mantienen una estructura compositiva sin alejarse de la figuración. No trabaja desde el universalismo constructivista torresgarciano, aunque se sirvió de reglas áureas y de la composición con libertad, siempre al servicio de sus temas. El misterio de la vida y la soledad inherente al ser humano atraviesan un cuerpo de obra inmenso.

Partía del ámbito doméstico para abordar preguntas casi metafísicas, con una mirada que por momentos recuerda a Giorgio de Chirico, con quien compartía el origen piamontés. Algo de esa raíz italiana aparece en Las recetas tradicionales y preferidas de Linda Kohen, un libro publicado por Pozo de Agua, con una segunda edición auspiciada por la embajada de Italia, que celebraba los 100 años de la artista.

Margaret White, quien representará a Uruguay en la próxima Bienal de Venecia, recuerda que Kohen nunca persiguió hitos para insertarse en el sistema del arte: “Ella era su obra: personal, cotidiana, muchas veces solitaria. Trataba temas simples, siempre muy internos. Veías su pintura y veías más allá de lo que estaba pintando. Pintaba sus pies, su silueta, la ventana, la mesa..., pero todo tenía otro trasfondo. A veces me ponía triste o angustiada. Tal vez también por su infancia y por haber tenido que huir de la guerra”.

Kohen mantuvo un vínculo profundo con Gurvich, a quien visitaba en su “casita” del Cerro. Ese lazo transformó su mirada artística y humana. La directora del museo Gurvich, Vivi Honigsberg, recuerda que Kohen no medía tiempo ni trayectos para ver al maestro en el Cerro, y siempre estuvo vinculada al museo. Honigsberg la evoca llegando despacito a las inauguraciones, junto con la pintora Eva Olivetti, otra artista que debió huir del nazifascismo, casada en Uruguay con el hermano de Linda Kohen.

“Creo que su obra y su forma de vivir el arte nos dejan una enseñanza muy valiosa: la de la espera, la atención y la profundidad en tiempos de apuro. Ese modo de estar, tan humano y honesto, es parte de su legado más fuerte”, opina la actual directora nacional de Cultura, Maru Vidal.

Foto del artículo 'Linda Kohen (1924-2026): elegir el camino del misterio'

Foto: Manuela Aldabe

Con el tiempo, la artista desbordó los límites del universalismo constructivista. Incorporó collage, salió del cuadro para crear biombos y llegó a realizar una instalación laberíntica expuesta en el Palais de Glace de Buenos Aires y en el Centro Cultural de España. “Lo que creo entender es que el nexo que une mis trabajos, lo que yo pretendo transmitir, es la idea del misterio, ese misterio que es parte de la condición humana, que tratamos infructuosamente de penetrar y con el cual debemos convivir”, dijo Kohen en el catálogo de su muestra Sola, montada en el Museo Nacional de Artes Visuales en 2012.

Para Linda, el mejor lugar para mirar arte eran los libros: “Aunque te pierdas la pincelada, lo ves sin la angustia de no poder volver a ver esa obra”.

El realizador Pincho Casanova solía decir que Kohen debería haberse llamado “Divina”: “Era de una calidez entrañable, acompañaba a otros artistas en sus inauguraciones, con empatía y compromiso. Hablaba de la soledad como condición humana, pero también de los encuentros y del amor como sostén esencial. Y de la comida”.

Macarena Montañez, integrante, como Casanova, del equipo del programa televisivo El monitor plástico y productora editorial del recetario de Kohen, explica que el libro nació de una tradición familiar: regalar a cada integrante un cuaderno con recetas que luego se continúa escribiendo toda la vida. El de Linda comenzó con platos piamonteses, sumó la cultura sefardí de su marido y recetas rioplatenses y brasileñas. Fueron territorios atravesados por sus exilios, primero escapando del exterminio y luego de la dictadura uruguaya.

En sus pinturas, Kohen también ofrece nutrientes difíciles de saborear, pero igual de profundos: presencias y ausencias, espera, contemplación casi onírica. En paletas apagadas se condensan sabores agridulces. Cada cuadro es como un plato que, con su poder de síntesis, nos recuerda el misterio de la vida, la importancia de elegir nuestros caminos en nuestros propios laberintos y lo imprescindible que es compartir, estar, amar.

En su siglo de vida supo recorrer ciclos y laberintos.

A los 99 años volvió a su liceo Beccaria, en Milán, donde a modo simbólico le restituyeron su calidad de estudiante. Había vuelto al país como expositora en la Bienal de Venecia, invitada por el pabellón italiano. Cuenta el curador Pablo Thiago Rocca que Kohen había realizado su primer dibujo inspirada en la película Blancanieves, cuando tenía 13 años. Es curioso que una de sus últimas series, la de la pandemia, termine con una escena de reencuentro en una sala de cine. Algunos caminos comienzan y terminan en el mismo punto, pero eso no quiere decir que no haya habido recorrido: no importa dónde llegamos, sino el misterio que, como decía la misma Linda, nos mantiene vivos.