Parte del rock emergente de la vecina orilla forjó su identidad durante el período de confinamiento establecido por el gobierno argentino en pandemia: “Este es el factor que impactó a un grupo de gente con impulso artístico y mucho talento que se puso a hacer cosas realmente increíbles”, escribe la periodista argentina Delfina Montagna en su libro Hacer bandas es gratis (2024). Allí traza una cartografía de esta escena con un mapa que refleja el vínculo entre artistas, sellos, locales, periodistas, productores y espacios en los medios. La narración coral incluye testimonios de los protagonistas de esta movida, que coinciden con el efecto generado por aquel encierro: “Para el indie fue lo mismo pos Cromañón que lo que es ahora pospandemia. Porque no hay nada, tenés que empezar de cero. Es la catástrofe como motor para la actividad humana”, señala el músico Augusto Figueroa.
Entre las bandas procedentes de aquella generación emparedada se destaca Sakatumba, con la talentosa frontwoman Renata Bade en guitarra, bajo y una interpretación vocal que transmite gravedad y misterio. Si bien existe la tendencia a encasillar estas propuestas dentro del vasto pospunk, Sakatumba tiene méritos para integrar tal escudería asociada con climas opresivos fomentados por la alienación agobiante, oscuridad, melancolía, y atmósferas sombrías. No sucede lo mismo con Winona Riders, también proveniente de la escena pospandemia, porque sus referencias musicales más explícitas son otras y aparecen estampadas en remeras del grupo que dicen: “Stooges? Velvets? Spacemen?”.
Winona Riders.
Foto: @winona.riders
Quizás por razones de espacio no quepan allí influencias tan o más notables, como la psicodelia garagera de The Brian Jonestown Massacre, con quienes compartieron escenario en Buenos Aires y le dedicaron el tema “Anton” a su fundador, Anton Newcombe. Otra influencia es The Jesus and Mary Chain, hecho que denotan desde los pasajes noise pop que despliegan sus guitarras estridentes, pasando por un álbum de versiones acústicas que hizo Ariel Mirabal (cantante y uno de sus guitarristas) hasta una mención explícita en la letra de “Sucio para jugar” que abre su nuevo disco, Quiero que lo que yo te diga sea un arma en tu arsenal (2025). Del mismo modo asoma la influencia de Primal Scream y The Stone Roses en El sonido del éxtasis (2023), su segundo álbum, editado meses después del debut discográfico. Desde entonces hay una mayor presencia de texturas electrónicas, como sucede en “V.V.”, iniciales de la vicepresidenta argentina Victoria Villarruel, quien inspira la toma de posición política más explícita del grupo, manifestada en el penúltimo Lollapalooza, cuando cerraron su actuación proyectando la bandera argentina con el sol llorando sobre los colores de la estadounidense.
Es parte de la actitud desafiante de una banda con arrogancia juvenil que titula “¿A qué suena la revolución?” uno de sus primeros simples, toca cuatro horas en su show debut en Obras y habilita el moshing, que a veces vira en combate cuando los encargados de la seguridad del escenario terminan en una batalla (que suelen perder) ante tantos imberbes escurridizos y saltarines.
Rosario siempre estuvo cerca
Una característica de esta escena es la mayor cantidad de mujeres que participan, superior a la de cualquier otra década. Entre las artistas emergentes más destacadas está Nina Suárez, descendiente de la dinastía indie argentina: Rosario Bléfari y el bajista Fabio Suárez son sus progenitores. Hereda mucho más que la fisionomía de su madre, el apellido que nombra a una de las bandas argentinas más memorables de la década de 1990 y parte del ánimo experimental familiar. También evoca imágenes mediante las palabras, se asemeja en el modo de cantar y transmite cierta melancolía que se emparenta con la de su madre y aquel paraíso perdido de su infancia, aunque en Nina es fundamentalmente el desamor.
En su álbum más reciente (El lado oscuro, 2025) suele mirar aquellas relaciones a través del espejo retrovisor y durante “Los buenos días” practica la intertextualidad cuando parafrasea los primeros versos del clásico de Vox Dei “Presente (el momento en que estás)”. Nina despliega la lucidez que a veces acompaña al dolor, cuando todo se ve tan absurdo y lejano que es posible proyectar “quedan mil amores nuevos por destruir” (“Amores nuevos”) o cantar “no se puede encerrar lo ideal” (“Esos barcos”). Otro de los puntos altos es “Tiburón”, donde su música se endurece sin perder la ternura de historias mínimas íntegramente realizadas con la materia prima del cotidiano. El lado oscuro revela una evolución respecto del debut discográfico (Algo para decirte, 2023), no sólo en sus letras (compuso las del álbum anterior cuando tenía entre 16 y 17 años), sino también en el sonido de este trío que completan Juana Muschietti en bajo y Manolo Lamothe en batería. Suena más explosivo, por momentos áspero y guitarrero, con capas, efectos y solos, a tono con el aire fatal que respiran sus canciones.
Otra de las artistas sobresalientes del nuevo rock argentino es la cantante y guitarrista Sol Bassa, con varios discos y colaboraciones en su haber, producto de una versatilidad que puede llevarla a interpretar el clásico de Moris “De nada sirve” en un álbum de Los Auténticos Decadentes o a tocar en el homenaje por los 40 años de La dicha en movimiento, de Los Twist. En la era del feat, sus asociaciones con otros músicos son por demás atinadas para cada género que aborda; muestra de ello es “Fuente de conexión”, su lanzamiento más reciente, donde une fuerzas con dos figuras emblemáticas del indie argentino como María Zamtlejfer (ex Las Ligas Menores) y Mariano Manza Esain (músico y productor), quien posee un vasto recorrido desde los años 90 con bandas como Martes Menta, Menos que Cero y Valle de Muñecas, entre otras.
Sol Bassa.
Foto: @sol.bassa
El virus de los amplificadores
Esta escena alternativa incluye a algunos músicos con un recorrido más extenso, como el cantante y guitarrista Julián Della Paolera, quien integró La Nueva Flor y Victoria Mil (fue Victoria Abril hasta que la actriz española los obligó a cambiar de nombre), dos de las bandas argentinas más creativas de los 90. Hace más de una década fundó Ok Pirámides, un grupo en mutación constante de integrantes y sonidos; acaso el shoegaze y la psicodelia sean sus géneros más frecuentados. Suele procurar una estética colocada con guitarras reverberantes, voces perturbadoras montadas en cámara lenta, un bajo que protagoniza la densa gravedad de sus incursiones dub, más una batería seca pospunk.
A este sonido brumoso lo atraviesa una lírica voceada con delay, acorde a la cadencia de los fraseos intimidantes que disparan las guitarras, que contribuyen a la atmósfera narcótica de varias canciones. Otras veces la banda recurre al humor que está presente desde sus primeras grabaciones, cuando editaron el EP Gianni (2018), en homenaje al actor argentino Gianni Lunadei, quien aparece sampleado durante el tema homónimo y su versión instrumental. Es notable la continuidad entre Ok Pirámides y los antecedentes musicales de su creador, oriundo del sur del conurbano bonaerense, zona pródiga en nombres de localidades resonantes (Burzaco, Turdera, Temperley, Longchamps) y grupos de rock que conjugan lo experimental con cierta veta pop, como Babasónicos, Juana la Loca, Los Brujos y Copiloto Pilato, liderada por Adrián Paoletti, quien escribió varias de las canciones más populares de Fuerza natural (Gustavo Cerati, 2009).
También oriundo de ese territorio, pero del norte, arriba Camionero, integrado por Joan Manuel Pardo en guitarra/voz y Santiago Luis en batería. Este dúo propone un sonido garagero, aunque lejos de la rudeza que inspira el imaginario camioneril. Una de sus canciones más populares en plataformas es “La distancia”, donde bajan las revoluciones con una melodía pop sepia. En la era del “ponele experiencia a todo”, esta banda asegura la colisión sensorial con el vértigo rutero que inspira a su tema más escuchado (“Guerrero atípico”) y el universo que construye en torno a sus conciertos gracias a la tracción a sangre de sus fans que formaron el Club Camionero. Esta iniciativa incluye un fanzine oficial del grupo, llamado La Transmisión, una feria autogestiva que vende su merch, y La Rueda de Auxilio, donde la comunidad camionera colabora con organizaciones y causas sociales. Esa complicidad generacional entre la mayoría de estas bandas y el público es un común denominador de esta nueva escena, tendiente al “hacelo vos mismo”.
Otro diferencial que presentan algunos de sus exponentes respecto de generaciones anteriores es cierto discurso iconoclasta sobre las figuras consagradas y un sonido más cercano al under oscuro de los años 80, con la primera etapa de Sumo y Todos Tus Muertos, o Don Cornelio y la Zona. Más allá de cualquier conexión estilística, la marca de rock pospandémico (a veces deformado en pospunkdémico) no responde a un sonido, sino a una circunstancia histórica y la respuesta de artistas jóvenes que en las páginas de Hacer bandas es gratis comparan esta situación con otras crisis. “En Inglaterra en el 77 no tenían laburo y no había futuro, Rotten lo pintó en una pared. Gobiernos de derecha súper extremistas, la policía reprimiendo... ese es el semillero para que haya una cultura de resistencia, y el primer paso es el arte”, dice Estanislao López, del sello indie Casa del Puente.