“La inteligencia artificial [IA] llegó para quedarse”, gritan una y otra vez los dueños de las empresas que las desarrollan, que necesitan que la burbuja se mantenga hasta que creamos que no se puede vivir sin una herramienta que te devuelve resultados cuestionables cuando buscás algo en internet. De todos modos, la IA (además de burbuja) es un paraguas que cubre aplicaciones bien diferentes, y en esa mezcolanza los que ganan son los gritones.

Hay procesos que automatizan y aceleran la revisión de datos, y están dando buenos resultados (por ejemplo) en el área de la medicina. En el otro extremo está la IA generativa que confunde la creación artística con la escritura de comandos que dan como resultado un montón de engendros de tinte amarillento. En el medio de ese espectro está la IA sobre la que gira la película Sin piedad (Mercy), un simple divertimento que escapa cada vez que se acerca a la posibilidad del pensamiento crítico.

La historia se desarrolla en 2029 en una ciudad de Los Ángeles arrasada por la violencia. No nos preocuparán las causas, sino las consecuencias: ya ni los juicios abreviados son útiles, así que hay que depender de una IA que es “juez, jurado y verdugo” y analiza casos en 90 minutos. Si el acusado (que a la vez es su propio abogado defensor) no logra que la jueza virtual considere que existen “dudas razonables”, la silla desde la que desarrolla su defensa será la causante de su muerte.

Apenas se registraron 18 casos de esta modalidad, y todo comienza ni bien el acusado número 19 se despierta en el banquillo que a su vez es cadalso. Chris Raven (Chris Pratt) es un policía de Los Ángeles que arrestó a más de uno de los 18 condenados y ahora debe convencer a la jueza virtual Maddox (Rebecca Ferguson) de que no es el asesino de su esposa, por más que toda la evidencia esté en su contra.

Lo más interesante de la película dirigida por Timur Bekmambetov (el mismo de Se busca) está en los límites que él y el guionista Marco van Belle le ponen a la narrativa. Si bien no entra en el género conocido como screenlife, en donde vemos toda la acción en una pantalla de teléfono o computadora, la historia transcurre completamente dentro de la sala del juicio, en elementos visuales proyectados alrededor de la silla del acusado. Allí se despliegan distintas imágenes: la jueza, el porcentaje de culpabilidad, la cuenta regresiva de 90 minutos y toda clase de carpetas con evidencia audiovisual (que Raven debe solicitar), así como las videollamadas que realice a posibles testigos o involucrados en la investigación.

La interfaz es similar a la que venimos viendo desde que nos la presentó Steven Spielberg en Sentencia previa (2002), con gráficos que se despliegan y se mueven con suavidad frente a nuestros ojos, aunque algo apagados si uno está utilizando lentes 3D. Hay una instancia de transcripción automática que se ve muy bien, pero no es aprovechada. La película también incluye momentos de imagen envolvente o inmersiva, como en las exposiciones de Van Gogh, y una escena que me hizo recordar a Nathan Fielder caminando entre los restos de un accidente aéreo en la segunda temporada de la maravillosa The Rehearsal.

El otro condimento de Sin piedad, aunque menos notorio, es que la acción transcurre en tiempo real (no lo cronometré, pero la película dura 100 minutos en total). Esto significa que casi todo el tiempo tendremos la cuenta regresiva en pantalla y el policía irá entrando en pánico ante la posibilidad de sufrir lo que varios de sus arrestados experimentaron.

Para elaborar su defensa, Raven recorrerá la escena del crimen en forma virtual, ayudado por su colega Jaq (Kali Reis, coprotagonista de la cuarta temporada de True Detective) y su moto voladora. Habrá callejones sin salida, sospechosos descartados y descubrimientos importantes a un ritmo que me recordó los primeros juegos de computadora en CD-Rom, donde hubo varios títulos en los que uno hacía las veces de detective que se enfrentaba a la evidencia y debía descubrir al culpable.

Chris Pratt no parece ser la mejor opción para interpretar a ese policía que arruinó su matrimonio por volver a caer en la bebida, mientras que Rebecca Ferguson hace lo que puede para poner cara de circunstancia y parecer una IA, aunque el guion le haga decir cosas como “¿qué es una corazonada?”. No sé, jueza, buscalo en el diccionario.

Ambos deberán atravesar una especie de arco narrativo. El policía, por las características de su personaje, deberá sufrir el doble para poder redimirse. La jueza, mientras tanto, irá más allá de su programación. Sobre el final habrá un par de vueltas de tuerca y una frase que dice más o menos así (la escribí a oscuras): “Humanos o IA, todos cometemos errores y aprendemos”. Esa es la clase de reflexión (o no reflexión) de Sin piedad, que termina siendo un entretenimiento de ambiciones bajas por su formato y que aun así tiene un alto porcentaje de culpabilidad, lejos de las dudas razonables.

Sin piedad. 100 minutos. En cines.