El Poder Ejecutivo anunció la rescisión del contrato con el astillero gallego Cardama, al que se le había encomendado la construcción de unas patrulleras oceánicas durante la administración anterior, de otro signo político. Este ha sido el principal tema público en Uruguay, tratado con el guion habitual que incluye declaraciones cruzadas entre oficialismo y oposición, promesas de comisiones investigadoras –que tal vez se investiguen entre sí– y vestiduras rasgadas. Se sostiene que podría haber habido algunas irregularidades en este asunto naviero, que ha suscitado dudas sobre la probidad de unos u otros. Hay quienes, incluso, podrían ser o haber sido víctimas.

Así, en medio de enrevesadas discusiones políticas, jurídicas y navales, le tocaba el turno al diputado blanco Gabriel Gianoli, quien, en la incomodidad de una transmisión por internet desde su casa emitida por televisión, dijo que “al Estado uruguayo le va a ser muy difícil comprobar que Cardama los estafó”, oración que fue capturada como elocuente título. Quien esto escribe, en condiciones cómodas y de manera presencial, tal vez habría dicho algo como al estado uruguayo le va a ser muy difícil comprobar que Cardama lo haya estafado.

La entrevista, en su media hora de duración, más allá de ciertas dificultades para comprender los entresijos de la cuestión y las idas y venidas políticas, dejó otros momentos de interés lingüístico. Por ejemplo, cuando el legislador le dice a un periodista “hablás en condicional” a raíz de que este menciona algo que habría sucedido; cuando analiza que “la semántica permite: cada uno toma lo que quiere”, aludiendo a la posibilidad de destacar o soslayar datos o mensajes según la conveniencia a la hora de argumentar; en el momento en que dice “yo no soy abogado, soy chapista de autos” (aunque con conocimientos gramaticales, según se veía en los casos anteriores), o cuando alguien del panel inquisitivo regulariza un participio y dice “descubrido”, lo cual enmienda velozmente al decir “descubierto”. Como se ve, entreverado como trote de vaca.

Pero, volviendo a la interesante expresión, ¿por qué los estafó? En primer lugar, ¿a quiénes refiere ese pronombre? ¿Quiénes fueron esos estafados? Asumimos que se trata de un grupo de personas, que bien pueden ser todos hombres o puede tratarse del uso no marcado del morfema de género para referirse a un grupo integrado tanto por hombres como mujeres, asunto que ha propiciado extensas y fermentales discusiones sobre la morfología de nuestra lengua. En todo caso, se refiere a un ellos, ya que si el hablante se hubiera percibido como víctima, habría dicho nos estafó. ¿Quiénes son ellos? El hablante pertenece tal vez a un grupo del que los estafados no formarían parte. ¿Habla esto de facciones dentro de una gran colectividad?

Y, por supuesto, he allí el rotundo estafó, verbo en pretérito perfecto simple del modo indicativo. Como señala el Glosario de términos gramaticales (GTG) de la RAE, fuente si las hay, el indicativo es “propio de una oración (de modalidad) declarativa, en la que el hablante presenta como real el estado de cosas que describe, percibe o comunica. Así, es posible atribuir un valor de verdad a los enunciados independientes construidos en modo indicativo, de forma que se puede decir de ellos si son verdaderos o falsos”. Ese es el modo que emplea el prosecretario de Presidencia, Jorge Díaz, cuando cuestiona que la oposición “revindique con tanta fuerza a quien los engañó”, con lo cual da por hecho que la empresa gallega mintió o incumplió el contrato.

Si el entrevistado hubiera dicho haya estafado, habría utilizado (y este es un condicional compuesto) una forma en modo subjuntivo, que suele hallarse “especialmente en predicados que introducen estados de cosas virtuales o presentadas como conocidas”, como, típicamente, en contextos “no reales, no verificados o no experimentados” (de nuevo el GTG). En tal caso, colocaría la estafa en el terreno de lo eventual, lo hipotético o no probado. En la oración que efectivamente emitió, muchos podríamos llegar a entender que Gianoli ve el hecho como algo que sabe que sucedió.

Dándole más vueltas a la cuestión, habría que suponer que tal vez pudiera estar produciéndose un cambio en nuestra variedad del español consistente en la presencia de formas del indicativo donde habitualmente se hallaban subjuntivos. Sería interesante materia para una difícil tesis de gramática que tal vez alguien haga, aunque es más factible que se busquen elementos iluminadores de este intríngulis en las páginas de la novela montevideana El astillero, de Juan Carlos Onetti, ambientada en una fábrica inactiva e insolvente, con unos personajes tristes que no parecen dirigirse a buen puerto.