Su llegada a Uruguay no le resulta del todo ajena, ya que tiene una hermana menor mitad uruguaya, aunque le gustaría que los exponentes de la escena musical experimental de América Latina estuvieran más conectados.
“Crecí bajo la dictadura de Alberto Fujimori, cuando un velo de desesperanza parecía cubrirlo todo”, avisa un texto con el que la artista peruana Alejandra Cárdenas, Ale Hop, presenta en Bandcamp su disco A Body Like a Home, editado de forma independiente en noviembre de 2025.
“Estas canciones y poemas”, dice, “trazan el inevitable vínculo entre las heridas privadas –la adicción, la violencia doméstica, la intimidad fracturada– y las cicatrices nacionales del Perú, talladas por el colonialismo”, en el marco de una historia que aún no tiene resolución.
“Escribir y componer se convirtieron en un ritual de búsqueda de significado, en lo enterrado, disfrazado o renombrado, hasta que el propio cuerpo se convirtió en un archivo viviente”, explica la artista.
La música del disco es acuática, de formas mutantes y detalles que jerarquizan el minimalismo sonoro y la recreación de paisajes naturales, a veces cerca del Amazonas, a veces en algo que parece el planeta Marte, con instrumentos analógicos y digitales.
Ya pasaron diez años desde que Cárdenas –licenciada en Historia del Arte y cofundadora del festival berlinés Radical Sounds Latin America, además de directora de la plataforma editorial Contingent Sounds– decidió continuar su carrera de performer, productora e investigadora musical en Berlín, Alemania, en donde actualmente trabaja como profesora invitada en el programa de Estudios del Sonido de la Universidad de las Artes.
A comienzos de 2025, junto con el guitarrista congoleño Titi Bakorta y con la firma de Ale Hop, lanzó el bullicioso y percusivo Mapambazuko. Grabado en Kampala, Uganda, el álbum obtuvo excelentes reseñas, como la del periodista británico Ben Cardew, de Pitchfork. “Pocas veces las fusiones musicales suenan tan perfectamente equilibradas y absolutamente irresistibles, un éxito de dibujos animados de alegría delirante”, escribió el crítico junto a un preciado 8,1 de puntaje.
“Yo crecí en Chorrillos, un distrito de la ciudad de Lima que da cara al océano Pacífico”, cuenta la artista a la diaria sobre el que sigue siendo uno de sus lugares preferidos en el mundo.
“Me solía gustar pasear por la playa en invierno con el perro, cuando estaba vacía. Pienso en ese espacio a menudo ahora que vivo en Europa. Me daba tranquilidad saber que el territorio se acababa en ese punto”, dice, y acota: “Ahora vivo en una ciudad que está rodeada de otras ciudades”.
Sus presentaciones en vivo, anuncia la biografía de su página oficial, “fusionan la fisicalidad del sonido con estados emocionales crudos” y se basan en un juego de capas de sonido e intrincadas técnicas de guitarra que se combinan en una música de profunda intensidad.
En la previa del show que dará este miércoles en Montevideo, describe el procedimiento con pragmatismo: “En vivo toco la guitarra eléctrica, la cual proceso a través de modulares analógicos, y me acompaño de beats que suelto de una computadora, y de algunas narraciones de voz que recito en vivo”.
Su recorrido como multiinstrumentista e investigadora de instrumentos arrancó con una flauta dulce y siguió “con revistas de tablaturas para batería”, dice, con las que aprendió algunos patrones rítmicos básicos que luego le sirvieron de fundamentales insumos para comenzar a programar música electrónica con un software.
La guitarra eléctrica llegó en su adolescencia y la ayudó a sumarse a proyectos con amigos durante algunos años en Lima, y la sigue acompañando casi como un faro guía en el caos creativo de su constante experimentación.
Su trayectoria en la escena experimental y underground de Lima comenzó en la década del 2000 e incluye capítulos en los que formó parte de bandas pop y de música electrónica, antes de emprender su camino solista.
En los discos previos a A Body Like a Home, como Ruinas arqueológicas y Agua dulce (junto con la percusionista Laura Robles), las combinaciones sonoras tienden a la experimentación de texturas y frecuencias, casi libres de melodías ortodoxas.
En ese camino, su último trabajo supone la inauguración de su voz poética y narradora, en un trabajo personalísimo distinto de todo su material previo.
“Este nuevo álbum lo empecé a componer en 2019, sin saber que estaba haciendo un disco”, relata. “Conceptualmente, es una memoria vista desde varias perspectivas: la personal, la macrohistórica, la sociopolítica”, dice sobre un proceso largo que abandonó y retomó muchas veces.
“En 2018 decidí quitar el alcohol de mi vida, lo que desencadenó unos procesos internos que se manifestaron en mi forma de abordar la guitarra y, finalmente, en la decisión de armar esta memoria para narrar estos procesos”, explica la artista, cuyo vínculo con la música, asegura, fue cambiando con el tiempo: “Diría que la música me salvó la vida. Antes solía pensar que era como un escape de todo, pero ahora pienso que más bien es una condensación del mundo, como si en unos minutos pudieras vivir o revivir procesos muy largos”.
Ale Hop, Ino Guridi y Krishna Della Valle. Miércoles a las 21.00 en Bluzz Bar (Canelones esquina Florida). Entradas a $ 330 en mientrada.com.uy.