Para la mayoría de los citadinos la desconexión con el mundo del campo es abrumadora y absoluta: no sabemos de dónde proviene lo que comemos ni qué tratamiento tienen los alimentos que llegan a nuestra cocina, ni mucho menos cuáles son procesos productivos que atraviesan quienes trabajan la tierra. Todo se ha vuelto distante y automatizado. Compramos alimentos embolsados, limpios, pelados y precocidos con la idea de que “facilitan” nuestra vertiginosa cotidianidad, y es posible que lleguemos a pensar que todo lo que comemos proviene de grandes superficies, cuando una buena parte, en realidad, viene de pequeños emprendimientos familiares.

Este asunto es el que aborda Chacra, ópera prima como director del uruguayo Ernesto Gillman, de larga trayectoria en el sector audiovisual como asistente de dirección, productor, realizador, docente y entrenador de animales para cine. La películal tuvo su preestreno en MontevideoDoc 2023, su estreno comercial en salas en diciembre de 2025 y ahora está en la sala B del Auditorio del Sodre.

El documental busca, en un punto, mostrar el valor cultural de la comida. Entre otras cosas, rescata el hecho de sentarse a comer como una práctica familiar, social y emocional. A través de sus protagonistas, Juan Moreira y Olga González, un matrimonio con más de 50 años de casados dueños de una chacra en Sauce, se narra el día a día de la vida en el campo, con sus animales, sus plantas, su sacrificado trabajo y también su historia de amor, dedicación y compañerismo.

Chacra no intenta traducir ni aleccionarnos sobre la vida rural, sino que busca que nos integremos a ella. A través de una observación silenciosa y paciente, el documental registra la transformación de los alimentos y los vínculos en un microuniverso que tiene su ritmo propio: el día a día de Juan y Olga, con sus pausas, sus gestos mínimos, las relaciones invisibles que allí se dan, la vida y la muerte. Contemplar este ciclo es, en definitiva, reconocer que somos también parte de él.

Hay algo de la vida chacrera que emana resistencia al olvido, y Chacra lo transmite perfecto. Se sostiene en un sensible registro de esa agricultura familiar, que toma vastos conocimientos que no están en los manuales, sino en la memoria del cuerpo. Es el retrato de una herencia que se niega a desaparecer, mientras el avance técnico amenaza con enterrar la sabiduría artesanal que familias como las de Juan y Olga siguen sosteniendo.

Hay también un hondo planteo sobre la mirada urbana de la muerte. Ver a los animales como sustento del humano nos enfrenta a una verdad: el vínculo primario y sacrificado que existe entre lo que muere y lo que nos alimenta.

Fruto de un proceso de 20 años de memoria y observación, desatado luego de que su director sintiera el impacto de presenciar el sacrificio de un animal, y dedicada a Mirna y Nené, vecinos de Gillman, Chacra es un hermoso documental que cuestiona la profunda desconexión con lo que comemos y con la naturaleza y la disociación entre lo que nos llega a la mesa y de dónde proviene. A través del paisaje de Sauce y el cinturón verde que nutre a Montevideo (retratado con una brillante fotografía de Arauco Hernández), el documental nos interpela y funciona como un necesario registro de una herencia técnica y humana en vías de extinción, buscando rastrear el origen de nuestra comida antes de que la modernidad termine por llevárselo puesto.

Chacra. 70 minutos. En la sala B del Auditorio del Sodre.