El teléfono explota de notificaciones. En muros y mensajes directos de las redes sociales más diversas (tres) se acumulan las condolencias. Me saludan por la muerte de una persona que jamás vi en mi vida, con quien ni siquiera mantenía una relación parasocial. De hecho, no creo que haya visto más de cuatro o cinco de sus películas. ¿Por qué, entonces, tanta gente se acordó de mí cuando falleció Chuck Norris? Por una estupidez, claro.
Corría el año 2004 y, durante una lectura en el inodoro, me encontré con una nota en la revista Rolling Stone que hablaba de lo fácil que era crearse un blog. Ya no se necesitaban conocimientos de programación, sino conexión a internet y una cuenta. Terminé de hacer lo que estaba haciendo, fui hasta mi cuarto y creé mi propia bitácora digital. Era realmente sencillo, excepto por un detalle: el nombre.
Un tiempito antes, creo que para abrir una cuenta de Hotmail, había llegado a la conclusión de que todos los nombres cortos y gancheros ya estaban tomados. Como en esa época coqueteaba con “lo bizarro”, que es una especie de apropiación heterosexual de lo camp (igual lo dejamos para otra charla), tomé a un héroe de acción total y absolutamente devaluado, hundido en el ostracismo pop, y me bauticé “Hijo de Chuck Norris”. Decidí que el blog seguiría con aquel branding.
Nunca fue una página muy popular, aunque muchos lo recuerdan por mis reseñas de Juego de Tronos escritas la madrugada siguiente al estreno de los episodios. Pero aquella relación filial con Carlos Ray Norris me acompañaría hasta el fin de sus días. Que sorprendieron a una gran parte de la humanidad, ya que se lo consideraba inmortal, entre otras infinitas hazañas imposibles.
El chiste se popularizó pocos meses después de que comenzara el blog, e imagino que alguno me habrá tildado de oportunista. En aquella internet que servía para algo (aunque fuera para perder el tiempo) explotaron los Chuck Norris Facts o “hechos sobre Chuck Norris”, chistes exagerados y absurdos sobre sus capacidades y su masculinidad.
“Chuck Norris no duerme. Espera”. “La gripe se da una vacuna contra Chuck Norris todos los años”. “Chuck Norris puede dividir entre cero”. “Las lágrimas de Chuck Norris curan el cáncer. Qué lástima que nunca lloró”. Y así miles.
Esta nueva popularidad estuvo fogoneada por Conan O’Brien, figura ineludible de la late night television estadounidense y reciente conductor de la ceremonia de los Oscar. Su programa Late Night with Conan O’Brien era un germinador de ideas delirantes, ridículas, bizarras. Y una de ellas era utilizar una enorme palanca para presentar escenas fuera de contexto de Walker, Texas Ranger, programa que emitía un canal de la misma cadena.
Con más de 200 episodios estrenados entre 1993 y 2001, en los que Norris interpretaba al ranger del título, había muchísimas escenas de acción (con su legendaria patada giratoria), pero también momentos ridículos de una televisión que ya parece lejana y estaba pensada para acompañar al público con una veintena de episodios por año.
En el medio hubo cameos recordados como el de Pelotas en juego (Dodgeball: A True Underdog Story), y por supuesto que la explosión de los Facts le dio un empujón mediático. Para 2012 fue permitido su ingreso al Olimpo de héroes de acción que fue la saga de Los indestructibles (The Expendables), cuya segunda entrega es el mejor homenaje a la época de oro de todos esos machotes que exportaban el American way of life aunque los otros países no lo quisieran.
Así como Chuck abrazó su renovada fama, yo conseguí algún merchandising específico, como las figuras de acción de la serie animada de 1986 Chuck Norris: Karate Kommandos, pero nunca terminé de abrazar la marca. De hecho, en cuanto pude, me hice un correo electrónico diferente, porque es muy vergonzoso decirlo en voz alta cuando estás hablando por teléfono en el ómnibus. Y el blog terminó rebautizándose “Sobredosis Pop” cuando hice un rebranding en todas mis redes sociales (tres).
Chuck Norris murió el 19 de marzo a los 86 años. Dejó atrás un montón de momentos televisivos y cinematográficos que quedarán para el mejor de los recuerdos. Y un montón de opiniones personales rancias y reprobables que no merecen la menor difusión. Para cerrar, lo mismo que respondí a los mensajes que me llegaron: “Gracias por acompañarme en este momento de tanto dolor ficticio”.