Dios se mueve de formas extrañas, me convencí, mientras caminaba por las largas cuadras de las canteras del Parque Rodó, y comenzaba a extrañar el intenso aroma que produce la combinación de lana, carne y abono de nuestros animales más caros. Extrañaba también los muros antiguos de los galpones de donde se exhiben los mejores exponentes del ganado en pie, los angostos pasillos de pavimento y la armonía formal de algodón acaramelado que no encontré. Extrañaba la Rural del Prado, donde hasta el año pasado se celebraba el Cosquín de Montevideo.

Esta vez, después de la suspensión del sábado por lluvias, el Cosquín Rock Uruguay en su edición 2026 nos daba la bienvenida en un lugar del todo diferente, en el predio ubicado en la rambla del Club de Golf de Punta Carretas, frente al Río de la de Plata, con un interminable espacio verde y una calle liberada para la compra de chorizos, hamburguesas, empanadas, gaseosas y cervezas. A eso de las 22.00 sería casi imposible transitar por ambos lugares en la edición más convocante del evento hasta la fecha.

El Kuelgue

El Kuelgue

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Cerca del acceso principal del público se había instalado el escenario más pequeño y más rústico de los cuatro del festival. En una tarde de cielo despejado y temperatura agradable, la emergente Rueda de Candombe aguantaba el fuerte sol y veía pasar a la multitud caminante y curiosa a su costado, mientras interpretaba “Amándote” de Jaime Roos.

Varios metros más adelante, un segundo escenario de mayores proporciones sostenía la actuación del grupo argentino Kapanga con una concurrencia para nada despreciable en ese comienzo de la larga tardenoche montevideana.

Y en los espacios libres de la caminata, la gente hacía largas filas en pequeñas sedes comerciales muy bien adornadas para probar una pomada para la piel, una marca de cervezas y otros tipos de productos que no llegué distinguir, distraído por los sillones blancos de uno de esos paradores.

Foto del artículo 'Crónica del Cosquín Rock 2026: Wos fue el gran agitador de la noche y La Vela Puerca despidió el sol de la rambla junto a su multitud'

Mucho más adelante, los dos escenarios principales le ponían límite a la travesía. En uno de ellos, el bullicioso público de Abuela Coca desplegó las primeras banderas futboleras y festejó con pogos y un coro activo la ya tradicional actuación en el festival del grupo uruguayo liderado por Chole Gianotti y Gonzalo Brown.

Al lado, y sin demoras, comenzó el show de los argentinos El Kuelgue. Su frontman, Julián Kartun, eligió el impacto de una peluca de largo pelo negro para hacer su gran aparición. De la mano de las canciones de su disco Hola Precioso y un par de superhits del rock argentino, como una versión potable de “Mil horas”, de Los Abuelos de la Nada, con facilidad refrescaron su romance con los fieles locales, que adhieren a su mezcla de funk y soul de sensibilidad rosarina y textos de deformidad delirante que muchos asocian con la cultura del cannabis.

La Vela Puerca, a la que le tocó una actuación tempranera, no deja de sorprender. El festejo extendido de sus 30 años ya había tenido al menos cuatro funciones relevantes en Uruguay y, sin embargo, gente de todas las edades siguió corriendo de forma desesperada para llegar al comienzo de su actuación. Llama la atención un fanatismo que no decae y la diversidad de su público, no solo compuesto por aquellos que vieron nacer a la banda, sino por generaciones nuevas que cantan de memoria sus canciones, apretados sobre la valla, en el medio del pogo, en plena caminata y todavía lejísimos del escenario, tirados en el pasto o, como una mujer de avanzada de edad, en la comodidad de un puesto de comidas desde donde se podía ver una de las dos pantallas ubicadas en las puntas de los dos escenarios principales.

La Vela Puerca

La Vela Puerca

En “Zafando”, Wos improvisó su versión junto a la banda uruguaya, y en el final de su show, Sebastián Enano Teysera se quedó solo en escena para interpretar con su guitarra y el hilo de una voz rota una bella versión de “José sabía”. Una multitud, de las más grandes del festival, y una botella inflable y gigante de una marca de fernet, fueron parte de la postal con las últimas gotas del sol.

Entrada la noche, y de vuelta por el escenario mediano, la rochense Florencia Núñez dio uno de los mejores espectáculos de todo el festival. Vestida de traje blanco y armada de una banda en la que se destacan su bajista y su baterista, la cantante y compositora festejó la convivencia artística -por momentos se colaba la música de los escenarios principales- y, al contrario de lo que suele suceder con los escenarios alternativos, el público acompañó su propuesta en gran número.

Divididos

Divididos

Algo de lo eclesiástico o del ritual cristiano, intencionalmente elaborado por Núñez, sobresale en la puesta en escena de sus canciones y combina a la perfección con su forma de cantar, los arreglos musicales y su poesía folclórica de ecos insospechados.

De vuelta en los escenarios principales, el argentino Alejo Nahuel Acosta, más conocido como YSY A, brindó una actuación explosiva sin más acompañamiento que unas visuales caleidoscópicas y la ayuda del autotune. Su pesada cadena de oro, en la que podía leerse la palabra trap, enfatizaba su imagen, la de un exponente orgulloso de los últimos días del subgénero urbano.

Poco después, ni bien comenzó a sonar “Paisano de Hurlingham”, Divididos recordó de forma aplastante como es que suena de verdad eso a lo que todavía se conoce como rock.

Sobre el final de la noche otros de los destaques se lo llevó el célebre combo argentino Illya Kuryaki and the Valderramas, cuya impresionante calidad técnica y musical se sostiene en buena medida por la inclusión de los locales Matías Rada en guitarra eléctrica y Francisco Fattoruso en bajo. Lo mejor de la IKV fue una versión prolongada de “Latin geisha”.

En el otro extremo de la rambla, Nacho Algorta y la Selección Uruguaya Sinfónica, acompañados de Ernesto Tabárez, entre otros cantantes, le daban vuelo de cuerdas y acordeón a una versión de “Jordan” de Eté y los Problemas.

Divididos

Divididos

Al argentino Valentín Oliva, Wos, le llegó su turno a las 21.00, y todo lo que sucedió a su alrededor lo confirmó como la figura más relevante del rock del río de la actualidad. Minutos antes de comenzar su actuación, en el sector de los fotógrafos, bien cerca del escenario, un enjambre de niños, influencers y músicos de los más encumbrados intentaron echar mano a sus supuestos privilegios, hermanados en un fanatismo o un compromiso con el artista como pocas veces se puede ver. O dicho de otra manera, Wos es el artista que las estrellas y los hijos de las estrellas de rock quieren ver y escuchar, ahora mismo.

Si la multitud que acompañó a La Vela fue de las más grandes de la jornada, la que trajo el cantante, rapero y compositor argentino la superó, aunque tuvo características similares. El efecto Wos no es fácil de explicar, pero lo que provoca su música es grosero y evidente. Vestido con ropa entre gris y plateada, de tintes cinematográficos, canta y rapea canciones breves como videos de Tik Tok que revientan en los primeros versos y se expanden entre su público como la palabra más oportuna para resolver un conflicto o encender su resolución.

Su actuación es clásica. Como sus saltos de rana, su forma de cantar y su mirada melancólica siguen la emotividad contenida de sus textos con los que sabe conmover de igual manera a niños, adolescentes y adultos mayores. Su poesía, existencialista, política y revolucionaria, siempre a flor de piel, encuentra su cercanía común en la aventura de todos los días y en un sentido trágico que mueve hacia adelante. El mejor de los ejemplos es una de las canciones que la multitud cantó muy fuerte o casi en secreto, para sus adentros, con una devoción de las que trasciende la idolatría pop y se vuelve razón propia: “Y no tengo pensado hundirme acá tirado / Y no tengo planeado morirme desangrado / Y no me pidas que no vuelva a intentar / Que las cosas vuelvan a su lugar…”.