En mayo de 1969, Elvis Presley llegó a Las Vegas para brindar su primer concierto tras nueve años de ausencia de los escenarios. Un lucrativo arreglo con el International Hotel lo había convencido –y seguramente también a su eterno mánager, el infame coronel Tom Parker– de iniciar una residencia en la ciudad del pecado como puntapié de una nueva etapa en su carrera.
“Había un hombre nuevo ahí fuera. Un hombre adulto con pantalones negros de campana, túnica y pañuelo, sin pucheros ni caricias, delgado, sexy, totalmente alerta, nervioso pero de sonrisa fácil. Por alguna razón, se había teñido el pelo de negro. Tenía el mismo largo de siempre, pero peinado hacia abajo en lugar de recogido en una cola de pato. Empezó con ‘Zapatos de gamuza azul’”, escribió Ellen Willis en agosto de ese año, enviada a cubrir uno de los shows de Elvis para la revista The New Yorker.
Es cierto: Elvis quería renacer, aburrido de hacer el mismo papel de galán pícaro una y otra vez en películas que Hollywood le fabricaba en serie con el esmero de elaborar un chorizo condimentado. Además, soñaba con darle otros aires a su música y a su fama con giras por Europa y Japón (que nunca se concretaron).
Lo que sí pasó, como puede verse desde el comienzo de Epic: Elvis Presley in Concert, fue la consumación de un repetido acto de resurrección. Tal vez en el peor lugar de la Tierra para esos fines, aunque las imágenes no registran una sola queja del público que concurrió a aquellos shows con entradas agotadas. Los de su residencia en Las Vegas, que arrancó en 1969 y se extendió hasta diciembre de 1976, fueron un total de 636.
Si se agregan los de sus giras por Estados Unidos entre 1969 y 1977, la cifra supera los 1.100 conciertos. Solo entre 1975 y 1977 sumó 150 presencias, en una gimnasia escénica que de inmediato recuerda la cantidad de tablados que puede hacer una murga en carnaval o las numerosas presentaciones que una orquesta tropical uruguaya puede acumular en un fin de semana.
La experiencia cinemática
La película que mejor define el carácter atrevido y para nada ingenuo del director australiano Baz Luhrmann –que da notas vestido de forma no menos excéntrica que Elvis– es su desfachatada versión de Romeo + Julieta (1996). La principal característica de su estilo es la edición vertiginosa y musical, plasmada con éxito en Moulin Rouge! y The Great Gatsby, esta vez junto al editor y productor Jonathan Jojo Redmond.
En 2018, Luhrmann y Jojo, convertidos en socios muy cómplices, se embarcaron en la producción de Elvis (2022), una biografía ficcionada protagonizada por Austin Butler (como el Rey) y Tom Hanks (el Coronel). Redmond recibió una nominación al Oscar por ese trabajo y Luhrmann se obsesionó un poco más con Elvis.
Mientras investigaba para conocer a fondo al personaje, el rumor de unas cintas escondidas llegó a sus oídos. Según cuenta esta leyenda lanzada al viento a modo promocional, la pista hizo viajar al director hasta una mina de sal en Kansas, donde aparecieron 69 cajas con cintas fílmicas que registraban varios de aquellos shows en Las Vegas, incluidas escenas de ensayos y backstage. “Aquello olía a vinagre”, le contó el cineasta al periodista estadounidense Ben O’Shea sobre la primera impresión que le produjo el tesoro encontrado: películas inéditas de 35 mm y 8 mm, con sonido muy defectuoso o inexistente.
En ese discurso detrás de la magia también hay gánsteres y coleccionistas celosos de sus discos y grabaciones. “Tuvimos que recurrir al mercado negro”, confiesa Luhrmann al explicar cómo logró agregarles sonido a esas películas tan valiosas como mudas. De inmediato le da crédito a Peter Jackson y su equipo –The Lord of the Rings, The Beatles: Get Back– por el asombroso trabajo de restauración, compaginación y edición de audio.
Epic: Elvis Presley in Concert se nutre de ese material inédito e incluye escenas de los especiales Elvis: That’s the Way It Is (1970) y Elvis on Tour (1972), además de fragmentos de sus películas románticas para Hollywood.
La narración encontró su versión definitiva en una de esas grabaciones de audio inéditas, en la que Elvis cuenta su propia historia. A lo largo de la hora y 35 minutos no hay voces ni caras que tomen ese rol para agregar otras perspectivas.
Antes de ver la película, a Luhrmann lo escuché muchas veces hablar de “una experiencia cinemática” y no me terminaba de llamar la atención hasta que recordó la naturalidad con la que algunos conviven con las plataformas de streaming, a las que más tarde o más temprano van a parar todas las latas digitales para su consumo doméstico. Efectivamente, Epic… despierta todos los estímulos y la memoria de quienes alguna vez vivieron la experiencia de grandes salas y pantallas con una película musical nunca antes vista.
La mejor definición de lo que puede pasarte en el cine al ver Epic… se la escuché a Lenny Kaye, guitarrista de Patti Smith, que vio a Elvis en 1972 en el Madison Square Garden: “Era la sensación de ver algo en tres dimensiones por primera vez, después de haber visto su foto muchas veces. Era demasiado real”. En mi caso tenía en la cabeza al Elvis uruguayo de Fabio Alberti en Cha Cha Cha, al de Peyo Barrios, a Sandro, a Ricardo Fort, a Disco Stu de Los Simpson, al intrépido motociclista Duke Caboom de Toy Story, al Elvis recluido y paranoico y al de las grabaciones en blanco y negro.
Cada escena de esta película afirma los motivos de sus versiones paródicas o caricaturescas alrededor del planeta, pero a la vez nos muestra a un Elvis espléndido en su faceta artística y humano en su entrega y sus tonterías humorísticas. “La fisicalidad que él trae a la música es hipnótica”, remarca Jojo en el podcast Las crónicas del Rey, contagiado de los encantos del cantante nacido en Tupelo, Misisipi, en 1935.
La primera media hora tiene una edición avasallante. Las imágenes, que cuentan con rapidez los inicios del cantante, su paso por el cine y su alistamiento en el ejército estadounidense, se superponen y avanzan sin tiempo para reflexiones concienzudas. Te llevan puesto como los juegos de un parque de diversiones, con la lógica y los ritmos del lenguaje musical y el apuro de llegar a un lugar más importante.
El efecto de ensoñación febril es parte del juego que propone la película, y funciona. A propósito, sus realizadores se han encargado de aclarar que el film no tiene un solo frame intervenido con inteligencia artificial.
“Si estuviera en tu lugar me largaría aquí”, le advierte a Elvis un hombre disfrazado de perro –¿el primer therian?– en una escena rescatada del largometraje Live a Little, Love a Little (1968), antes de que el Rey interprete “Edge of reality” en una secuencia surrealista que no era la excepción, sino la norma en el colorido y desproporcionado mundo de fantasía de fines de los 60, cuando Elvis ya se veía un poco atrapado.
Cerca de la hora, el film se queda definitivamente sobre el escenario, el único lugar donde el propio Elvis decía sentirse muy cómodo. Allí reside lo más sabroso de este encuentro: tanto se puede disfrutar de los detalles mínimos de gestos y movimientos como de las decisiones recurrentes a la hora de comunicarse con sus músicos y con su público.
La calidad de las imágenes deja sin aliento, y el sonido vuela la cabeza no solo por su nitidez en alta definición, sino por la fina labor en la mezcla y la ecualización. Podría haber algún que otro truquito, alguna capa de sobregrabaciones instrumentales que solo juegan a favor de la experiencia del espectador.
En los ensayos este Elvis no para de hacer bromas y en ningún momento suena pesado. Esa faceta, descubierta en la intimidad de su banda musical, entrega a un Elvis amigable y sin actitud de divo. En el escenario se lo ve en su salsa, disfrutando de cada interpretación y cada muletilla actoral de su espectáculo.
Si de música se trata, hablemos de lo bien empastada que suena su banda: James Burton en la guitarra principal, John Wilkinson en la guitarra rítmica, Jerry Scheff en el bajo y el notable Ronnie Tutt en la batería, junto con el coro de The Sweet Inspirations. La mezcla de country, gospel y rhythm & blues se escucha como un género salvaje y sofisticado, para nada antiguo, que perfectamente podría dialogar con el trap actual, con el carácter y la fuerza de una novedad.
La banda sonora incluye un fragmento de “Get Back”, de The Beatles, una versión feroz de “Tiger Man” y otra épica de “You’ve Lost That Lovin’ Feelin’”, pero la canción que mejor muestra las destrezas del artista es la versión extendida de “Polk Salad Annie”, de Tony Joe White. “Vamos a ponernos un poco sucios con ustedes, damas y caballeros”, arranca el cuento en un crescendo sin apuros, que incluye onomatopeyas de la alimentación, postales de pobreza rural y una muchacha, tal vez, entregada al pecado.
Epic: Elvis Presley in Concert. 97 minutos. Próximamente en Prime Video.