Los multimillonarios son los villanos perfectos del cine. Lejos quedaron las épocas en las que Hollywood demonizaba varias veces por semana a los soviéticos, los chinos o los árabes. El flujo de información global permitió ponerles caras a esos “otros” que eran tan fáciles de demonizar, al tiempo que dejó bastante claro que, como en las películas de terror, a veces la llamada telefónica viene desde dentro de la casa.
Suena atractivo, entonces, pegarle a ese porcentaje ínfimo de personas que tiene un porcentaje desmedido de poder. Incluso es atractivo para los propios multimillonarios, que financian las grandes películas, disfrutan de sus ganancias y ven cómo las ganas de guillotinarlos se subliman en inofensivas aventuras cinematográficas. Pero esa es otra historia.
En 2019 se estrenó la comedia de horror Ready or Not, cuyo título refiere al “punto y coma” al comienzo del juego de las escondidas, pero que aquí llegó como Boda sangrienta. Samara Weaving era la scream queen que, inmediatamente luego de casarse con el heredero de unos magnates de los juegos de mesa, se convertía en víctima de una cacería mortal. Resulta que el Diablo, metáfora obvia de “don Dinero”, exige sacrificios periódicos para aplacar su ira y no meterse con la plusvalía. Grace (Weaving) era condenada a jugar a las escondidas para salvar su vida y debía cargarse a toda su familia política mientras corría vestida de novia.
Todo terminaba en un baño de sangre brutal, que es justo como comienza Boda sangrienta 2 (en inglés Ready or Not 2: Here I Come, o Punto y coma 2: el que no está se embroma). Porque si hay algo que al demonio le encanta en estas películas es hacer que las personas exploten desde adentro.
Si la primera película tenía el final clásico con la protagonista golpeada –pero triunfante– y la Policía llegando –tarde como siempre– al lugar, acá en los primeros minutos se juega con el “¿y qué pasa después de una matanza?”. Al estilo de Sarah Connor en la segunda película de la saga Terminator, Grace termina convertida en sospechosa y debiendo escapar de un hospital para salvar su vida... porque el juego continúa.
Boda sangrienta 2 no es Terminator 2, entre otras cosas, porque ese puente entre una persecución mortal y otra es muy breve; ni bien el resto de los multimillonarios satánicos del mundo se enteran de lo que ocurrió con la familia política de Grace, se activan nuevos protocolos que la tendrán como protagonista.
La cosa arranca bien, con una picante referencia a un “alto el fuego” protagonizada por el mismísimo David Cronenberg, quien tiene un papel cortito. Él encabeza a una de las cinco familias que deben pugnar por ser quien comande el directorio de multimillonarios satánicos del mundo. ¿Quién ganará? Pues la que encuentre (y mate) primero a la sobreviviente de la boda. Por eso el 2 en el título: esta es una secuela bien directa, que merece que los espectadores hayan visto la anterior (disponible en Disney+).
Es más, esta es una secuelísima, en el sentido de aquellas “segundas partes” que eran más de lo mismo, pero a la vez más grande. Ahora no es una familia sino cinco las que andan detrás de la pobre Grace, quien además carga con su hermana (Kathryn Newton en un personaje demasiado “posmo” para esta historia). Las escondidas no se juegan en una mansión, sino en un complejo turístico, y encima de todo hay un representante del Maligno (Elijah Wood) atento a que se cumplan todas las reglas.
El problema es que son demasiadas reglas. Si la primera película era el Monopoly, la segunda es el Catán, que a todo el mundo le encanta, pero seguro lleva más tiempo aprenderse las reglas. Y si bien algunas existen solamente por su efecto de comedia (en esta secuela hay más personas explotando desde adentro), terminan rezagando la persecución.
La “secuelitis” de Boda sangrienta 2 también se nota en el vuelco más pronunciado hacia la comedia. Aquí el humor se pinta con una brocha ligeramente más gruesa que en la anterior, lo mismo que los personajes, que en ocasiones quedan cerca de la caricatura racial, como si El menú 2 cambiara a Ralph Fiennes por Jackie Chan.
El sentimiento de claustrofobia de la mansión acá se pierde en una serie de corridas por el bosque. Por último, lo que no puede fallar en una comedia, por oscura que sea, son las frases ingeniosas. Acá no suelen estar a la altura y se suma un “¿hace cuánto querías tirar esa frase?” que hace que uno revolee los ojos.
No significa que la película falle en su misión de entretener; simplemente el contrato narrativo (que no pagamos con sangre, sino con tiempo de vida) está un poco más alejado. Escenas como la de ponerse de nuevo el traje de novia ensangrentado, la pelea a ciegas o el cochinísimo final hacen que la ida al cine haya valido la pena. Eso sí, al otro día tempranito a afilar las guillotinas, ¿está claro?
Boda sangrienta 2. 108 minutos. En cines.