Montevideo en verano afloja, se vacía un poco y baja sus pulsaciones. Es como si quedara suspendida, a la espera de que algo extraordinario la conmueva. En pleno diciembre de 1980, a la hora más lenta, su textura conservaba todavía una estética setentera tardía: la rambla, los bares, los cines, las radios encendidas. El final de la dictadura estaba en el aire y la ciudad sonaba a Brindis por Pierrot, aunque Jaime Roos todavía vivía en Holanda y acababa de grabar su disco Aquello –que se editaría en 1981– en Francia. En ese momento, el mundo vino a jugar al fútbol.
La celebración por los 50 años del primer Mundial no pudo tener lugar en julio, ya que en Europa estaban abocados a la Eurocopa y a los Juegos Olímpicos de Moscú. Por tanto, no quedó otra opción que elegir una fecha improbable y llamativa: la Copa de Oro, o simplemente Mundialito, se jugaría en ese momento del año que funciona como un gran paréntesis: entre el 30 de diciembre de 1980 y el 10 de enero de 1981.
Esto le pareció disparatado a mucha gente, como por ejemplo al defensa holandés Ruud Krol, quien se ausentó del torneo manifestando que trasladarse al otro lado del mundo en épocas navideñas excedía sus obligaciones como futbolista profesional. En Holanda, tanto como en Canadá, también sabían que los ensayos se complican en esa época del año.
Pasada la Navidad, las delegaciones visitantes llegaron a Montevideo y la pelota empezó a rodar. 65.000 personas contradijeron a Krol el 30 de diciembre y se acercaron al estadio Centenario para presenciar el partido inaugural entre Uruguay y Holanda. El 1º de enero, apenas unas horas después del brindis de Año Nuevo, fueron 60.000 los espectadores que prefirieron ver a Argentina dar vuelta el partido contra Alemania antes que bajar a la playa con una sandía. Para muchos, tal vez iba a ser la única oportunidad de ver en vivo y en directo a las grandes figuras del fútbol mundial.
La prensa uruguaya observaba con curiosidad cómo actuarían los alemanes ante el cambio de año. La delegación resolvió que el 31 de diciembre sería, para ellos, un día de trabajo como cualquier otro: entrenamiento matutino en el Franzini y reconocimiento del Centenario por la tarde, a la espera del partido. Incluso el brindis fue motivo de discusión. No lograron ponerse de acuerdo sobre si debía hacerse a las doce de la noche hora uruguaya o alemana –las 20.00 en Montevideo–, así que optaron por una solución práctica: levantar la copa todos juntos a las diez de la noche.
Corren tres millones
Se suele decir que en Uruguay hay dos momentos en los que casi toda la sociedad se detiene: los días de elecciones y cuando juega la celeste. El Mundialito tuvo lugar justo en el punto de cruce. Un mes antes, el 30 de noviembre de 1980, se había votado el plebiscito para reformar la Constitución y llevar adelante la legitimación del régimen militar. La victoria del No fue un golpe simbólico fuerte al gobierno de facto y empezó a generar cierto “deshielo” en el ambiente social. Aun así, la represión seguía estando latente.
Fue en ese marco –con un fútbol todavía analógico, con el mundo y el país en transición– que varios íconos en estado germinal escribieron algunas páginas de su leyenda. “El fútbol en Uruguay es como el gran escenario de construcción de mitos. Allí surgen los grandes relatos, con los héroes reconocidos como tales. Y allí se fabulan ciertas historias que finalmente terminan teniendo una proyección filosofal”, dice Gerardo Caetano en el arranque del documental Mundialito (2010).
Así, las luces del estadio se fueron enfocando sobre un Diego Armando Maradona de 20 años, todavía sin el mito de México 86; sobre Karl-Heinz Rummenigge antes del Balón de Oro; sobre Sócrates, antes de que la Democracia Corinthiana le diera nombre a su compromiso. También sobre el aura goleadora de Waldemar Victorino, aún lejos de convertirse en el Ramón Victorino de Supercampeones, o sobre Daniel Passarella, sin sospechar que dos décadas más tarde estaría en ese mismo estadio como entrenador de la selección uruguaya.
2 de enero de 1981 a las 10 de la mañana. Maradona está en el hotel Oceanía con la delegación argentina cuando le proponen hacer una nota junto con Rummenigge, que se está alojando en el Columbia Palace. Diego tiene que dar una conferencia en el Centro para anunciar su vínculo con Coca-Cola, y desde allí será trasladado junto con su colega alemán en un Renault 12 hasta Punta Gorda. Argentina y Alemania se enfrentaron en el primer día del año y sus dos figuras están ahí para una producción de fotos y una nota con la revista El Gráfico.
Se juntan en la rambla de Punta Gorda. Llueve bajo el cielo melancólico de una ciudad capaz de recibir a dos de las figuras más importantes del fútbol mundial casi con pudor. “El mundo habla de ellos”, titula El Gráfico. Ellos, Diego y Karl-Heinz, conversan sentados en un bote llamado Montevideo. Rummenigge le pide a un intérprete que le diga a Maradona: “Te deseo la mejor suerte del mundo en tu carrera profesional”.
El sonido ambiente de un instante
Anclado entre la nostalgia y el olvido, el Mundialito no puede tener otra textura que el blanco y negro en el que lo ve la gente en Uruguay mientras el resto del mundo lo ve en colores. Es el olor de la playa, el humo del asado, las tribunas colmadas del Centenario. Son Marcenaro, Pinocho Vargas, el Chifle Barrios y Cascarilla Morales tomando agua en vasos de Pilsen en el banco durante el partido contra Italia. Es Maradona aprovechando el día libre el 6 de enero para pasear por Atlántida con su familia, la gente que llena cines y bares, las camisetas pesadas, los botines negros.
45 años después, se puede admirar como un mosaico de melancolía. Sigue vibrando en la memoria como un collage sonoro en el que dialogan el candombe beat, el rock argentino de un Maradona que está por convertirse en ícono global y el samba intelectual de Sócrates, con un poco de Krautrock traído en la valija del tímido Rummenigge y la voz de Víctor Hugo Morales como instrumento solista que armoniza con las jugadas de los cracks.
Se puede mirar en retrospectiva desde los ojos de Obdulio Varela en la entrevista que le hizo El Gráfico, omnipresente como cronista de la historia. Hay algo puro en la mirada del viejo centrojá sobre ese fútbol todavía arte, en tránsito hacia industria global, con mitologías que están por estallar en los años sucesivos.
“Ese Maradona es bueno, es vivo, va al frente... y ahora, cada vez quedan menos vivos en el fútbol”. “Me gusta [Venancio] Ramos, pero le falta levantar un poco la cabeza cuando llega a la línea de fondo; Ruben Paz me parece que es bueno”. Para rematar, en esa edición que registra todo lo sucedido en el Mundialito, el Negro Jefe habla de que hay que admirar el pasado, pero mirando siempre para adelante: “Y lo lindo de los botijas es que están jugando en el 81. Y eso es lo que vale ahora”.
La historia sigue contando que, ese 10 de enero de 1981, hubo gente que durmió frente a las boleterías del Centenario para ver la final contra Brasil. Gran parte de ese público ya había hinchado por los norteños en el partido contra Argentina.
A ellos los lideraba Sócrates, un manifiesto andante que mezclaba fútbol, música y política, un personaje que podía ser el protagonista de una de las novelas de Chico Buarque. Consciente de la situación política en Uruguay, convenció a sus compañeros de dar la espalda a cualquier acto oficial y centrarse nada más que en el torneo. Fuera de la cancha, llamaba mucho la atención de la prensa por ser médico y por su nombre de filósofo griego. En el Centenario lucía su elegancia de siempre, pero todavía no había caminado las calles de Florencia para leer a Antonio Gramsci en la lengua original.
Uruguay era barba, bigote, mota desordenada, sobriedad, unidad. Una selección sin “repatriados” dirigida por Roque Máspoli, héroe de Maracaná. Fueron el Chifle y Victorino comandando una esperanza con sus abrazos con la red, los 71.250 que compraron entrada y alguno más en el último piso del Clínicas, Víctor Hugo diciéndole a Obdulio que se quedara tranquilo porque los muchachos no iban a dejar cambiar la historia, un pueblo que en un 57% les dijo que No a los militares. Euforia popular, festejos masivos, alivio emocional, resurgir del optimismo. Uruguay, te queremos ver campeón y se va a acabar la dictadura militar.
Tras la vuelta olímpica y con los jugadores uruguayos celebrando en el agua del foso de la Colombes, la euforia de aquel verano ya se había apagado. Al otro día parecía como que no hubiera pasado nada. Es una época en la que Montevideo siempre afloja, se vacía un poco y baja sus pulsaciones. Casi como si quedara suspendida en el tiempo, otra vez a la espera de que aparezca algo extraordinario y la conmueva.